No deja de ser una noticia curiosa. La investigación sobre este punto empezó hace ya tres años cuando el Servicio Histórico del Ejército Ruso empezó a investigar sobre la temporal caída en desgracia del Mariscal Zhukov durante los primeros meses de 1943. Documentos originarios del NKVD indicaban que el mariscal soviético había sido investigado concienzudamente a raíz de un revés militar que no revelaban.

 

Vista aérea de la ciudad.

El  cotejo de estos documentos con documentos históricos pertenecientes a otras agencias, entre ellos el censo de prisioneros alemanes capturados en el gran cerco de Stalingrado, reveló que la cantidad de prisioneros tomados a las divisiones de infantería 76 y 113, así como a la 24ª División Panzer, era desproporcionadamente bajo si se tiene en cuenta el número de tropas de estas unidades que combatieron dentro del <<kessel.>> Haciendo un estudio estadístico, se calcula que, entre las tres divisiones, podrían faltar entre 6.000 y 8.000 combatientes.

Una nueva pista sobre esta historia se encontró en el análisis exhaustivo de los escuetos historiales divisionarios soviéticos. En concreto, se encontraron relevos masivos de oficiales en la 252ª División de Infantería y en la 121ª Brigada de Carros de Combate. Los informes indican que una buena parte de los oficiales fueron cesados por <<falta de espíritu patriótico. >> Curiosamente algunos de los nombres de dichos oficiales aparecieron más adelante en las listas de deportados al GULAG, mientras que otros muchos no han sido localizados en ningún otro registro histórico, incluyendo la lista de oficiales jubilados del propio ejército soviético.

 

Un cañón de asalto atacando, en la primera fase de la batalla.

Si se tiene en cuenta que ambas unidades, pertenecientes al 65º Ejército del General Batov, se hallaban en alguna parte del noroeste del cerco, cabe pensar que los combatientes alemanes que faltan pudieron escapar por allí, lo que habría motivado la caída en desgracia de los oficiales a cargo del sector.

Tal ve cosa no habría quedado en más, pero investigaciones recientes en el  Militärarchiv de Koblenza, efectuadas por el Dr. Bruno Grosswitz, han encontrado datos que podrían corroborar este suceso, es decir, que un número importante de soldados alemanes consiguieron romper el cerco y llegar a sus propias líneas, cruzando el helado río Don. Estos documentos, archivo RH 235-78/12, indican la llegada al sector de  Millerovo de una gran cantidad de soldados en torno al 15 de febrero de 1943, es decir, casi dos semanas después del final del cerco.

 

Cuando llegó el invierno y se cerró el cerco… 

Como indican los mucho más precisos documentos oficiales alemanes, parece ser que la reacción de las altas instancias del gobierno alemán fue fulminante y todos ellos fueron acusados de desobediencia, traición o espionaje. La acusación de desobediencia parece tener que ver con el abandono del cerco a pesar de que Hitler había dado la orden de <<resistir hasta el último hombre. >>; la de traición con el abandono de sus propios camaradas por un lado, y en estrecha relación con la de espionaje, por otro, ya que se consideró que eran los propios soviéticos los que les habían permitido escapar para que actuaran como agentes soviéticos dentro de las fuerzas armadas alemanas.

Los destinos de todos ellos fueron dispares. Parece que todos los oficiales fueron juzgados y condenados a muerte. Una serie de lagunas en las ubicaciones de algunos de los oficiales del más alto rango del ejército alemán en el sur de Rusia nos llevan a pensar que fueron ellos quienes presidieron dichos consejos de guerra.

Por otro lado, los suboficiales fueron, en su mayoría, enviados a campos de concentración bajo diversas acusaciones, y los soldados a batallones penales, con la firme advertencia de no hablar nunca de los motivos de sus condenas, bajo pena de que sus familias sufrieran las consecuencias.

 

Prisioneros de los soviéticos, tal vez fueron ellos los que tuvieron suerte, a fin de cuentas.

En todo caso, la brutal reacción alemana no puede basarse tan solo –por grave que pudiera ser- en la desobediencia a la orden de Hitler. En un ambiente en que se trataba de convertir la derrota de Stalingrado en un revitalizante para la lucha a ultranza que se quería ejecutar, y en que se pretendía hacer creer al pueblo alemán que el <<Führer>> no había abandonad nunca a sus soldados, el hecho de que un grupo tan numeroso de hombres llegaran a escapar por sus propios medios suponía un mazazo a ambas <<verdades>> que el régimen nazi no se podía permitir; menos aún después de la rendición de von Paulus, el único Mariscal de Campo que llegó a hacer tal cosa, y la formación del Comité de Oficiales para la Alemania Libre (prosoviético).

Así pues, aunque la historia está en embrión, y aún falta conocer cual fue el destino de los que sobrevivieron a la <<purga>>, parece que pronto habrá que reescribir todos los manuales sobre la batalla de Stalingrado. Una tarea interesante, sin duda.

 

  1. Wolfsschanze says:

    Jajaja, me lo creí casi del todo y ya pensaba en la de artículos y comentarios que se iban a escribir del tema. Hasta que llegué a la parte de las represalias a las familias, internamiento en campos y maltrato a los soldados y oficiales, ahí ya me olía algo….me pareció increíble del III Reich y más propio de los soviets y aliados. Bien currado de todas formas. No me he atrevido hasta ahora a felicitaros pero ya aprovecho…excelentes artículos, no me pierdo ni uno. ¡Gracias y próspero año!

  2. Javier Veramendi B says:

    Buenos días caballeros. Ante todo agradecer vuestros comentarios, porque fue todo un trabajo encontrar una noticia que pudiera parecer verosímil.
    Por otro lado, y aprovechando, como siempre, la posibilidad de que se abra un debate, hacer algunas puntualizaciones al comentario del amigo Wolfsschanze.
    Personalmente opino que meter en un mismo saco a los ejércitos aliados occidentales, alemanes, soviéticos y, por que no citarlos, japoneses, es de una simplificación excesiva. Cada uno de ellos tuvo sus circunstancias y modos propios que, si bien permiten comparaciones, opino que estas no pueden hacerse de un modo tan simple.
    Partiendo del hecho militar, y de una situación de guerra, donde los soldados, si no pueden ser convencidos, tienen que ser compelidos a luchar, y de la existencia de toda una serie de mecanismos a nivel del mando para lograr este objetivo, ni su aplicación ni su intensidad fueron los mismos en los diferentes ejércitos.
    Los ejércitos de los aliados occidentales fueron los más suaves de todos aquellos que combatieron en la segunda guerra mundial. El hecho de que fueran ejércitos democráticos, donde sus líderes militares podían ser sometidos a crítica en casa, y donde sus líderes políticos podían perder la reelección, tuvo bastante que ver. El que ni el Reino Unido, ni los Estados Unidos, ni Francia ni otros muchos pequeños países practicaran ideologías delirantes también influyó. No puedo recordar, ahora mismo, ningún caso en que se obligara a una guarnición aliada a < >, ni que los soldados fueran sometidos voluntariamente a brutales carencias de todo: empezando por la ropa de abrigo; ni, por supuesto, de la existencia de represalias sobre las familias y allegados de los soldados, ni tan siquiera en casos de deserción. Es más, fue en los ejércitos aliados donde se empezaron a tratar los casos de < >, cuya existencia fue sistemáticamente clasificada como cobardía en otros ejércitos. La verdad, no me imagino a Rommel siendo cesado por abofetear a un soldado con fatiga de combate en un hospital (todos conocemos el incidente).
    El ejército alemán tuvo un enfoque más radical. Empezando por el hecho de que una guerra de agresión con la propia nación en el centro del campo de batalla siempre es mucho más exigente, lo cierto es que la propia ideología imperante en el III Reich descartaba cualquier tipo de reconocimiento de una debilidad. La fatiga de combate tenía que tener señaladísimos efectos para ser atendida. Básicamente, el soldado tenía que volverse loco, y a veces ni aun así. Desde luego las posibilidades de ser < > o por < > fueron mucho más elevadas en el ejército alemán que en el aliado (donde la pena solía ser de cárcel). Hay que añadir que esta situación no mejoró con el transcurso de la guerra y la llegada del tiempo de derrotas. Hitler se fue volviendo cada vez más paranoico, y toda la maquinaria estatal se fue haciendo cada vez más represiva. Las órdenes de Hitler, muchas de ellas auténticas aberraciones militares, condenaron a miles de soldados a morir en posiciones inútiles, solo para satisfacer la visión cartográfica de la guerra del dictador. El último año de la guerra fue el peor de todos. Cada vez que una ciudad fue designada (que no convertida en realidad) como < >, se hizo presión sobre los oficiales amenazando a sus familias, y sobre los soldados, que supuestamente debían morir allí hasta el último hombre, obligando a la población civil a quedarse dentro de la ciudad. Los debates en torno a la ruptura del cerco de Budapest son interesantísimos en este sentido, ya que en todo momento Hitler exigió que, si se rompía el cerco, las tropas alemanas que defendían la ciudad se quedaran dentro. A título más particular también podemos citar a personas como Rommel, obligado a suicidarse con la promesa de que dejarían en paz a su familia, o a von Esebeck, que acabó la guerra en un campo de concentración bajo la sospecha de haber sabido del intento de asesinato contra Hitler. Finalmente, el aspecto más delirante fue lo sucedido en las ruinas de Berlín, con la guerra total y absolutamente perdida, donde cuadrillas de matones se dedicaron –con el beneplácito de un III Reich moribundo al que le importaba un comino su población civil- a ejecutar a cualquiera que, supuestamente, debiera estar en el frente y no justificara su presencia fuera de él.
    Sin duda, por lo que hoy sabemos de él, el del ejército soviético fue el caso más extremo. Los batallones de castigo eran auténticas unidades de muertos vivientes, las familias fueron sistemáticamente convertidas en garantes de la conducta de los oficiales en el frente, la vuelta a casa del soldado desde los países conquistados tuvo que pasar por purgas estrictísimas que enviaron a Siberia a gente que no había hecho más que combatir honradamente en toda aquella barbarie, y cuyo < > había sido averiguar que el paraíso no era precisamente comunista… etc. Como supongo que estaremos más de acuerdo, no abundo más en este sector, igual que no me meteré en las particularidades del ejército japonés, que también las tuvo.

    Un saludo a todos.

  3. Wolfsschanze says:

    Efectivamente, estoy muy de acuerdo (y sin posibilidad de réplica dado el muy superior conocimiento de los detalles históricos del Sr. Veramendi). Mi comentario estuvo errado en cuanto a «ése» detalle en particular sobre el ejército aliado (que no incurrió en brutalidades contra sus propias tropas pero sí en las ajenas, y no pocas aunque es otro tema), pero no obstante lo que me decidió a escribir fué la sistemática credulidad de las personas en cuanto se menciona algún hecho escabroso en el contexto de las palabras «Segunda Guerra Mundial» y «alemán». Parece que la asociación nos lleva siempre a una tercera palabra: «brutal». Ciertamente habría que analizar cada una de las circunstancias en los ejércitos objetiva y estadísticamente, aunque creo que en cuanto a crueldad que ya es inútil esa diatriba infantil de: «malo tú»; «no, malo tú». La guerra potencia lo mejor de un ejército cuando va ganando y hace aflorar lo peor cuando las orejas de la derrota asoman en el horizonte.

  4. Omar Scaglione says:

    Si muchos escaparon algunos murieron en la estepa helada otros lo lograron pero no fueron juzgados ni encarcelados según decía mí abuelo que combatió en esa guerra que los sobrevivientes fueron reubicados como reemplazos en otras divisiones para seguir luchando….

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