Habíamos dejado a Vassili Subbotin en plena retirada. Era el año 1941, la Wehrmacht había reventado violentamente las puertas de la Unión Soviética y los soldados alemanes se expandía como una marea por Ucrania, persiguiendo a los restos de las unidades del Ejército Rojo, entre ellas la de nuestro protagonista, que se retiraba, de noche, hacia las luces de una localidad llamada Shepetovka, en la antigua frontera soviético-polaca, muy a retaguardia de la obtenida por Stalin tras la invasión y anexión del este de Polonia. Subbotin esperaba combatir, en Shepetovka, pero pronto iba a verse desilusionado.

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Los restos de un convoy soviético durante la retirada de 1941

“Cuando amaneció, las luces se habían desvanecido, y a fecha de hoy no sé lo que eran”.

“A medio día llegamos al río, que separaba dos localidades Volochisk y Podvolochisk [se trata del Zbruch. Llegados a este punto, es interesante indicar que Subbotin debía de estar bastante perdido, o le fallaban sus recuerdos, pues Shepetovka está a más de 130 km de estas dos localidades. Otra opción es que la Shepetovka a la que se refiere sea otra que no hemos sido capaces de encontrar]”.

“Cerca de mí había un capitán muy alto. Se había apretado bien el cinturón y la Orden de la Estrella Roja resplandecía en la guerrera limpia de su uniforme. Por aquel entonces, esta condecoración era muy rara. Las mirábamos con deseo siempre que nos encontrábamos con alguien que la llevara. El capitán tenía toda la apariencia de haber participado en la guerra de invierno, contra Finlandia, que ya había terminado. De vez en cuando me miraba de lado. Era delgado y elegante, con aspecto de niño, y traté de acercarme a él. Cada vez que me dejaban atrás, trataba de alcanzarlo con todas mis fuerzas. Sin duda era tan robusto como yo”.

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Una imprenta soviética en el frente. Subbotin no tardaría en trabajar como periodista para una de estas.

“‘Me pregunto’, me dijo una vez, mirándome medio con pena medio sonriendo, ‘me pregunto de dónde has sacado tanta fuerza. Yo me quedo atrás ¡pero tú sigues y sigues!’. Yo no tenía fuerza. ¿De dónde hubiera podido sacarla? Además, no había comido nada en cuatro o cinco días. Solo me mantenía con la idea de seguir adelante, como todos nosotros”.

“Los fascistas se nos habían acercado por la izquierda y por la derecha, y siempre estaban frente a nosotros. Sentíamos que nos habían rodeado. El quinto día llegué a Proskurov [actualmente Jmelnitsky, a unos 70 km]. Si. Se estaba bien en Proskurov. En aquel lugar mi sargento mayor y yo recibimos por fin algo de comer. Nos dieron una hogaza fresca y blanca a cada uno. Apreté la mía contra el pecho como si fuera un bebé. Pero entonces empezó a llover en Proskurov, como ante Kamenez, Podolsk, Volochisk y Podvolochisk, según nos íbamos alejando de Tarnopol a través de los campos de trigo. Tuve que ponerme la guerrera, que había llevado colgada del hombro. No tenía otra cosa, ni mochila ni arma. Entonces, para sorpresa del capitán, saqué un mendrugo del bolsillo. Yo también estaba sorprendido. El capitán me miró como si fuera un mago. ¡Iba con un mendrugo en el bolsillo y había estado a punto de morirme de hambre! Parece que había estado allí mucho tiempo. Lo compartí con el capitán. Qué ligera había parecido aquella chaqueta en comparación con el abrigo empapado que llevo ahora”.

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Por muy espectaculares que fueran sus avances de 1941, los infantes alemanes, como los que podemos ver aquí haciéndose curas en los pies, también tuvieron que marchar kilómetros y kilómetros.

“Así fue como nos distanciamos del Óder –Subbotin nos trae de regreso a su presente, frente a Berlín, en 1945, y con él terminamos esta entrada–marchando y evitando los charcos. Sin poder sentarnos para descansar”.

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