A raíz de la reciente publicación del libro Los Brandeburgueses de Hitler, extractamos una operación de asalto a un puente, en esta ocasión el de Gennep en la invasión de los Países Bajos en 1940, que constituye un ejemplo de manual de este tipo de operaciones.

A la compañía del teniente Walther se le habían encomendado cinco puentes que tomar: el puente ferroviario de Gennep; el puente ferroviario sobre el Mosa de las inmediaciones de Mook, el puente de carretera de Malden; la esclusa del Mosa en Heumen; y el puente de carretera en Hattert. Walther en persona dirigiría el ataque sobre el puente de Gennep, empelando tres Kampfdolmetscher holandeses disfrazados de gendarmes de la Marechaussee, entre cuyos cometidos se encontraba el de policía militar del ejército holandés. Estos hombres se infiltrarían en las defensas fingiendo ser la escolta de seis «desertores» alemanes, llevando cada uno armas ocultas.

A las 22:00 horas del 9 de mayo, la compañía se puso en marcha hacia la frontera desde su campamento del Reichswald con el objeto de preparar su cruce a primera hora de la mañana. Los seis alemanes vestían uniformes reglamentarios de la Wehrmacht mientras que los holandeses recibieron sus disfraces y armas en el área de reunión adelantada. Los «desertores» de Walther habían perfeccionado el ocultamiento de sus armas y cada uno vestía un abrigo largo desabrochado sin cinturón, un subfusil colgado bajo la axila, una pistola y cizallas ajustadas en sus pantalones en la parte posterior de la cintura y los bolsillos llenos de granadas de mano de mango y de huevo.

A las 2:30 horas, la pequeña columna de hombres cruzó la frontera y comenzó su trayecto hacia el puente de Gennep. Uno de los holandeses cambió de opinión nada más pasar al otro lado y Walther encargó sin demora a uno de sus hombres que lo escoltase de vuelta al puesto avanzado en territorio alemán, dónde debía ser internado para evitar cualquier posible brecha de seguridad. El resto continuaron adelante y llegaron puntuales al puente, deteniéndose a 800 metros para un último repaso de los detalles. El grupo emergió entonces a la vista y sus miembros anduvieron lentamente hacia su blanco. El sargento bávaro Hermann Stöhr, segundo de Walther, recordaría posteriormente el ataque:

«El puente en sí, una imponente construcción de hierro, tenía unos 150 metros de longitud y un sistema defensivo con búnkeres y una guardia permanente de alrededor de una sección, si no más. Creo que todos en nuestro “comando” notaron cierta indisposición cuando lo vieron. Pero la insolencia se impone; algo que demostraríamos poco más tarde.

Una carretera despejada llevaba hasta el puente y los holandeses ya nos habían visto. A la entrada del mismo salieron cuatro holandeses a nuestro encuentro. ¡Era el momento de actuar! ¿Pensarían todavía que éramos prisioneros? y, de ser así, ¿era un peligro este puñado de soldados alemanes, había más tropas germanas todavía por aparecer? ¡Quién sabe!

El teniente Walther y yo pusimos de súbito nuestras pistolas contra el pecho de los guardias, siendo esta acción invisible para los que estaban al otro extremo del puente. Walther no perdió de vista a los centinelas mientras yo avancé los dos pasos que me separaban de la garita, respiré hondo, saqué mi cuchillo y corté todos los cables que estaban a mi alcance. No me percaté de lo que sucedía a mi alrededor, ya que solo tenía ojos y oídos para los cables. Entre tanto, parece que un holandés había sospechado y había disparado, produciendo nuestro primer herido grave. Todavía sigue siendo un misterio para mí hoy en día el que no me enterase de nada».

En efecto, de modo milagroso, los hombres que defendían el otro extremo del puente no mostraron reacción alguna al disparo. Walther y Stöhr, junto con otro brandeburgués y un intérprete holandés, Martin van Haalen, continuaron su avance a lo largo de toda la extensión del puente, manteniendo su disfraz, mientras el resto de miembros del grupo de Walther se ponían a cubierto en la orilla occidental. Los cuatro hombres pasaron sin oposición junto a un guarda estacionado a mitad del puente y llegaron al otro extremo, donde descubrieron que los guardias restantes los estaban apuntando.

Walther improvisó gritando con todas sus fuerzas por encima del rugido de los aviones alemanes que volaban sobre sus cabezas, «Fliegerdeckung!» («¡Aviones, al suelo!»). Cuando todos los hombres presentes se agachaban en busca de cobertura, los brandeburgueses sacaron sus armas ocultas y desarmaron rápidamente a los guardias. Los tres búnkeres fueron tomados mediante una combinación de «armas y astucia» y unos 40 holandeses fueron capturados, aunque algunos defensores continuaron libres y disparando sobre el pequeño grupo de brandeburgueses. Con el extremo oriental del puente asegurado, Walther disparó una bengala de señales para que acudiese el tren blindado (Eisenbahn Panzerzug No. 1) que aguardaba en la frontera alemana, y que llegó poco después, silenciando una única pieza de artillería holandesa emboscada que había comenzado a disparar.

Viene de Historias de Brandeburgueses (III) – Mosty, la primera acción de la Segunda Guerra Mundial (5 días antes de su comienzo)

  1. Dani says:

    Desde luego le echaban pelotas, pero no me parece que la planificación fuera muy buena, más bien se aprovecharon de soldados recién movilizados que aún no saben lo que es la guerra.

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