Hoy debuta en el Grupo de Estudios de Historia militar un nuevo colaborador, Jordi Arbos, con un artículo sobre la batalla de Punta Araya, que enfrentó a españoles y holandeses en el Caribe.

El conflicto entre España y los rebeldes holandeses también se libró más allá de Flandes. Uno de estos escenarios de guerra tuvo como protagonista un producto que hoy en día es muy común pero que, en tiempos, bien valía el derrame de sangre y recursos para controlarlo: la sal.

La guerra entre las dos potencias provocó el cierre de la principal fuente de este mineral para los holandeses, las salinas españolas peninsulares. La más conocida, la de la ciudad portuguesa de Setúbal, que proporcionaba a los holandeses una sal de gran calidad que utilizaban para la conservación del arenque –una de las principales industrias del país– y para la elaboración de mantequilla y quesos.

Con la imposibilidad de abastecerse de cantidades importantes del mineral en territorio europeo, los holandeses comenzaron la exploración de nuevas rutas, lo que les llevaría a las islas españolas de Cabo Verde e Isla de Sal. Aunque estas fuentes también les serían negadas ya en el reinado de Felipe III.

Los holandeses, obligados de nuevo a buscar fuentes de donde extraer sal, dieron al fin con una salina que podía abastecer satisfactoriamente su industria y con la rentabilidad necesaria. Esta estaba localizada en la costa venezolana de Punta de Araya, situada en la Península de mismo nombre, bajo dominio español. La misma ya había sido descrita en crónicas a principios del siglo XVI, pero los españoles, que ya que disponían de las salinas ibéricas antes mencionadas, no la explotaron.

La presencia holandesa en esta parte del Caribe no tardó en aumentar y los barcos que cargaban la sal no vinieron solos. Mientras estos estaban fondeados en la bahía de Refriegas, las embarcaciones más pequeñas se lanzaron al contrabando, al comercio de rescate y a asaltar las barcas españolas que se dedicaban a la pesca de perlas. Esto hizo que el contrabando se disparara, la recolección de perlas disminuyera y que las comunicaciones intercontinentales españolas en la zona se quebraran.

Las hostilidades entre españoles y holandeses no tardaron en iniciarse. En un primer momento solo fueron pequeñas escaramuzas, fruto de las expediciones de los rebeldes en busca de agua dulce en la costa venezolana, ya que en Punta de Araya no podían encontrarla. Los holandeses, por su parte, seguían con la explotación de la salina y empezaron a construir infraestructuras que facilitasen la extracción del mineral.

Esto preocupó al gobernador de Nueva Andalucía, don Diego Suárez de Amaya, que pidió a Madrid la construcción de un fuerte para impedir a los holandeses seguir explotando la salina. Su plan fue aprobado y, mientras se ganaba tiempo para la preparación en secreto de la operación, se envió, en septiembre de 1605, una flota al mando de Luís de Fajardo.

Esta flota, que tenía como destino oficial Flandes, se desvió hacía su nuevo destino donde los neerlandeses no la esperaban. Fajardo calló encima de Ancón de Refriegas donde fondeaba la flota holandesa, y la aniquiló capturando nueve navíos y una embarcación corsaria. La suerte de los supervivientes fue el cautiverio, su envío a Cartagena y finalmente, galeras.

continuará…

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