Coincidiendo con el surgimiento de la hegemonía de Francia a mediados del siglo XVII las potencias europeas fueron abandonando progresivamente los usos militares del pasado y adoptando el modelo de ejército permanente que tan buenos frutos había dado a España desde el siglo XVI.

A partir del segundo cuarto del siglo XVII las otras naciones marítimas europeas se encontraban en plena expansión en América y Asia. Tras el final de la Guerra de los Treinta Años el poderío militar español había queadado muy resentido y la nación estaba agotada pero su modelo de ejército permanente fue interiorizado y mejorado por las nuevas potencias, en especial por la Francia de Luis XIV. Se dibujaba en el horizonte un proceso de concentración de los actores europeos, que fue provocando la paulatina desaparición de pequeños estados incapaces de garantizar su supervivencia fuera de ligas y coaliciones.

Las fronteras debían ser guardadas permanentemente y los fondos necesarios para ello habían de llegar forzosamente del comercio de ultramar. Nada nuevo, pues España se había visto en esta tesitura desde el primer cuarto del siglo XVI. Estas circunscancias acabaron creando un círculo vicioso. Sin las riquezas de ultramar no se podía sostener un ejército que protegiera los dominios europeos y ultramarinos y sus rutas de comunicación.

Ambas tareas requerían una fuerza regular de soldados entrenados y veteranos que pudieran entrar en campaña en cualquier momento. Debido a que el proceso de entrenamiento de un soldado podía prolongarse hasta cinco años los soldados se convirtieron en capital muy preciado para los estados, que comenzaron a reclutarlos de por vida. Atrás quedaban los días en que se levantaban tropas para una campaña determinada, en la que los ejércitos vivían del terreno y en la que se licenciaban las compañías una vez entrado el invierno.

El armamento y el equipo no solo eran caros, también llevaba su tiempo fabricarlos, así que se establecieron arsenales y polvorines para la fabricación y almacenamiento de armamento, munición y material de guerra de todas clases. Las ciudades fronterizas fueron fortificadas y se dotaron de guarniciones permanentes. También se construyeron caminos para uso militar, que permitían a las reservas reunirse y marchar rápidamente.

Mientras que desde el punto de vista estratégico se prestó mucha atención a la construcción de enclaves defensivos, los generales en camapaña tendieron a la maniobra de sus ejércitos y a amenazar con ella las líneas de sumnistros de sus adversarios, no aceptando batalla si entendían que no estaban en las mejores condiciones. El soldado regular era una pieza demasiado preciada para ser lanzada frontalmente contra una formación enemiga. Este nuevo concepto de maniobra contra las líneas de aprovisionamiento enemigas y de obligar con ello al enemigo a abandonar sus posiciones fortificadas fue muy practicado por el vizconde de Turenne.

Éste, tenido por el mejor táctico de su tiempo, es generalmente considerado por la historiografía anglosajona como el sucesor de Gustavo Adolfo de Suecia, y tras su muerte en 1675 sus ideas fueron continuadas y plasmadas por el marqués de Louvois, ministro de la guerra de Luis XIV. Se formó un cuerpo de intendencia bajo la supervisión de un Intendente General, y todo el ejército fue organizado de forma permanente en brigadas y regimientos. Se instauró un mismo estándar de instrucción, entrenamiento y disciplina que hicieron cumplir al pie de la letra los inspetores del rey. Uno de ellos, el coronel Jean Martinet, primer Inspector General de la Infantería, se convirtió en sinónimo de férrea disciplina.

En lo que se refiere a las tácticas tuvo lugar una revolución. La introducción de la bayoneta de encaje tubular propició que hubiera una única clase de soldado de infantería. Esto simplificaba de manera significativa las formaciones de batalla y las tácticas. A partir de entonces los mosqueteros podían recargar y enfrentarse a la caballería sin la protección de los piqueros, de la misma forma que podían hacerlo con lluvia o con viento, que reducía notablemente la potencia de fuego.

La formación de líneas de tres en profundidad, que facilitaban el disparo con salvas, fue adoptada tanto por la infantería como por la caballería, siendo una de sus consecuencias la expansión de la línea de frente. Por ejemplo, un batallón francés de 600 hombres ocupaba 200 metros de frente. Otra causa que incrementó el espacio que ocupaban los ejércitos en el campo de batalla fue la expansión de su número de efectivos. La infantería suponía en este tiempo tres cuartas partes del total de tropas.

Las formaciones de infantería combatían en la manera tradicional, esto es, en el centro de la línea con la caballería guardando los flancos. La tendencia seguía siendo la de concentrar la artillería delante de la infantería, pero los cañones debían estar más espaciados. Las unidades integrantes de un ejército debían dominar la maniobra de manera que sus soldados respondieran exactamente a las órdenes de despliegue mediante el sonido de pifanos, tambores y trompetas. Los tiempos de los sargentos mayores ordenando los escuadrones a gritos y golpes de alabarda en el campo de batalla frente al enemigo se habían acabado.

En la siguiente entrada continuaremos describiendo los nuevos ejercicios que debían asimilar los soldados regulares y las concepciones tácticas de Turenne.

Continua en Ejércitos y Tácticas en los días de Luis XIV (2ª Parte)

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