No podemos acudir a la imagen tópica de los inmensos Könistiger surgiendo de entre la nieve y la niebla para arrollar las posiciones de vanguardia de los estadounidenses, sembrando muerte y caos entre los pozos de tirador y las posiciones de las ametralladoras, sería demasiado fácil. Sin embargo, la realidad de aquel 16 de diciembre tiene su propio glamour, qué duda cabe. Proyectiles de cañones y lanzacohetes surcando el cielo nocturno en la hora oscura que precede al alba, soldados infiltrándose por la nieve, en silencio, en largas columnas que se dirigen hacia el oeste, como en los tiempos de gloria de 1940, y la luminiscencia fantasmagórica de los focos antiaéreos, apuntando a las nubes y rebotando hacia los campos nevadas de las quebradas Ardenas.

La última gran ofensiva alemana de la Segunda Guerra Mundial es una de las batallas más evocadas por aquellos que quieren pensar en escenarios alternativos, en lo que hubiera podido ser y no fue. En cierto modo, quienes así lo hacen tienen algo de razón pues hacía mucho tiempo que los alemanes no habían sido capaces de lanzar una ofensiva a semejante escala. Tras los desastres sufridos en el segundo semestre de 1944 parecían acabados, hasta tal punto que los ejércitos de los aliados occidentales estaban convencidos de que la guerra acabaría antes de Navidad. Sin embargo se les iba a acabar el resuello, y los germanos iban a aprovechar el paso (o el salto) atrás para atacar mejor.

La mañana de las Ardenas, todo hay que decirlo, fue el resultado de la última sublimación de la capacidad operacional y de planificación de los alemanes, un arte que habían refinado durante años y que les sirvió bien, pues el día en que empezó la ofensiva habían sido capaces de concentrar diecisiete divisiones, cinco de ellas de blindados, frente a unas posiciones aliadas prácticamente desguarnecidas. La sorpresa fue total y ya el primer día el frente se había roto en múltiples lugares y más de la mitad de una de las tres divisiones que defendían el sector había sido cercada, mientras las demás se descomponían en retirada. Sin duda no eran los cientos de miles de soldados soviéticos de las glorias de 1941, pero en la escala del frente occidental era un logro considerable aunque, todo hay que decirlo, obtenido contra una 106.ª División bisoña.

El Sherman con cañón de 76mm fue uno de los principales antagonistas de los grandes carros alemanes.

Sin embargo, en el tiempo que los alemanes tardaron en reducir a las tropas cercadas la situación se había puesto muy difícil en el flanco norte de su ofensiva. Bien atrincheradas, las tropas de la 99.ª, la 2.ª y la 1.ª divisiones de infantería habían contenido a las SS, cuyas fuerzas no habían conseguido romper el frente en Krinkelt-Rocherath y cuya vanguardia había quedado aislada en La Gleize, de modo que fracasaran estrepitosamente. Tal vez no había sido buena idea ponerlas en vanguardia, afirman algunos.

El legendario Tigre II, Königstiger, antes de entrar en acción.

Lo cierto, es que a pesar de los comandos de Skorzeny, a pesar de los paracaidistas de Von der Heydte, a pesar de los inmensos Königstiger y a pesar del fanatismo de los soldados de las SS, fue en el centro donde la ofensiva demostró que tenía posibilidades. Tres divisiones Panzer, la 116.ª, la 2.ª y la División Lehr consiguieron penetrar profundamente en el dispositivo aliado, casi hasta el Mosa, pero dejándose atrás un cruce de carreteras clave, llamado Bastogne. Iban a lamentarlo amargamente.

Saint Vith, en el momento de ser abandonada por el CCB de la 7.ª División acorazada estadounidense

En el extremo sur volvió a repetirse, en parte, el mismo fracaso que en el norte. Cruzar el río que separaba Alemania de Luxemburgo fue una ordalía, construir los puentes por los que iban a cruzar los blindados bajo el fuego de la artillería aliada un suplicio, y conquistar los pueblos en los que se enquistaron pequeños núcleos de tropas estadounidenses, mortal. Pero a todo esto hay que añadir un peligro más, si en el norte las tropas norteamericanas que acudieron a contener la ofensiva estaban agotadas por los combates del bosque de Hürtgen, en el sur las tropas de refuerzo estaban bajo el mando de un jefe enérgico y violento que en aquellas fechas vivía su momento de gloria: George Patton, pero esa es otra historia, por ahora, todo lo que hemos comentado y mucho más podréis leerlo en Desperta Ferro Contemporánea N.º 15, dedicado a la ofensiva alemana en las Ardenas.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.