Arabia siempre ha sido una tierra de inmensidades desiertas, de leyendas y de espejismos, y también madre de un pueblo, los árabes, que crearon un imperio y una religión nuevos que cambiaron la historia del mundo. Sin embargo, el país acabó cayendo bajo el dominio de los turcos otomanos hasta que, en su esfuerzo por independizarse, los árabes prendieron la chispa de una rebelión que regalaría a occidente su propio espejismo: Lawrence de Arabia.

Dilucidar qué sucedió en los desiertos pétreos del Hedjaz durante 1916 y 1917, y luego más al norte, en las tierras baldías de Siria, no es difícil. En los años convulsos de la Primera Guerra Mundial, la rebelión árabe atrajo el interés de ambos beligerantes, turcos y británicos, que mientras luchaban entre si empeñaron sus medios estratégicos para liquidar o fomentar la lucha de las tribus, y casi cada acontecimiento quedó anotado en los informes de unos y otros. Sin embargo, en medio de encarnizada guerra de guerrillas hubo militares que decidieron actuar por su propia cuenta. Fajri Pachá, el comandante turco de Medina, que no se rendiría hasta dos meses después de terminar la guerra, fue sin duda uno de ellos, su actuación parece estar clara; otro fue Thomas Edward Lawrence, y en este caso la historia y el espejismo parecen mezclarse sin rubor.

¿Quién fue Lawrence de Arabia? Esta pregunta acechará siempre a los historiadores del período. Según Lowell Thomas, el periodista estadounidense que lo encumbró, fue un héroe, un romántico caballero del desierto, una especie de Robín Hood que convirtió Arabia y Siria en su bosque de Sherwood particular para desencadenar y dirigir una guerrilla contra los opresores turcos; pero el espectáculo organizado por el periodista tras la guerra mundial, debidamente sazonado de músicas exóticas y bailarinas, ha de ser necesariamente parcial.

También han de serlo, qué duda cabe, los escritos del propio Lawrence. En Los siete pilares de la sabiduría, su libro fundamental, nos cuenta sus aventuras al frente de la rebelión árabe, tal vez otorgándose un protagonismo excesivo en los acontecimientos de la misma. Uno de los elementos narrativos más discutidos de la obra citada podría ser, precisamente, su confianza con el jerife Faisal. ¿Es posible que en apenas unos meses lograra tan alto ascendiente sobre uno de los descendientes de Mahoma e hijo del rey del Hedjaz? Algunos historiadores los desmiente, el hecho de que fuera él quien manejaba los fondos con los que los británicos apoyaron la revuelta, ya da que pensar. Sin embargo, en sus memorias, Lawrence es firme: Faisal lo escuchaba, incluso le permitía entrar en su tienda privada, un privilegio al que muy pocos tenían acceso.

Sin embargo, muy pocas de las aventuras que Lawrence narra en su libro de posguerra trascienden en sus informes durante la contienda. Los textos que publicaba el Arab Bulletin parece que fueron muchos más fríos. ¿Tal vez puramente militares? Es algo que sin duda nunca sabremos, porque a las palabras del héroe, glosadas y repetidas a menudo por sus biógrafos y otros historiadores occidentales, tal vez se opongan las de los historiadores orientales, que no solo han estudiado al personaje, sino que también han podido entrevistar directamente a quienes vivieron sus aventuras con él.

Planteemos una duda fácil. Lawrence dice a menudo en su libro que él estaba al mando de las expediciones y que en ellas mandaba a los contingentes árabes que lo acompañaban, pero también explica en sus consejos para otros oficiales occidentales que lo mejor era adoptar un perfil bajo, susurrar sus consejos en privado a los emires para que ellos dieran las órdenes adecuadas, jamás llevarles la contraria, renunciar a la fama propia para acrecentar la de ellos. ¿Cómo se concilian ambas cosas? ¿Cómo es posible afirmar que uno está al mando cuando deja que sea otro el que da las instrucciones? La línea es sutil, mucho, y a menudo se difumina, más cuando esos mismos jefes afirmarían posteriormente que eran ellos los que habían tomado las decisiones efectivas, y dado las órdenes. Pero, una vez alcanzada la victoria. ¿Sería posible que dieran todo el mérito a un occidental sin guardarse nada para sí mismos?

Este es, finalmente, uno de los muchos misterios de Lawrence, algunos más de los cuales esboza el número de Desperta Ferro Contemporánea que acaba de salir a la vente, aunque no los resuelve, porque como todo buen espejismo, cierto o falso, Lawrence de Arabia fue un misterio. Un genio –como lo definiría el propio Faisal– pero no para su tiempo.

  1. Dani says:

    Es como el refrán; consejos vendo pero para mi no tengo.
    De todas formas es posible que se hiciera lo que el quería pero dejara que las ordenes las dieran los emires.
    Según la novela «Exodus» de León Uris, la contribución a la victoria aliada de los árabes fue ínfima, siendo mayor la de los pocos judíos que vivían ya en Palestina que organizaron un batallón que luchó con los ingleses. Pero claro barría para casa.

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