El asedio de Tobruk fue uno de los más largos y es uno de los más conocidos de la guerra. Entre abril y noviembre de 1941, los alemanes tuvieron cercado el  perímetro defensivo del puerto, sin poder tomarlo. Por parte británica, el perímetro de Tobruk, asentado sobre la vía de comunicaciones y de suministro de Rommel,  sirvió como puesto avanzado de la defensa de Egipto,  tan eficazmente que, finalmente, el Áfrika Korps tuvo que detenerse y esperar al ataque británico que habría de devolverlo a la Tripolitania.

Uno de los aspectos llamativos de este asedio fue la forma en que los defensores se organizaron para pasar sus horas de descanso, tan absolutamente necesarias cuando terminaban la jornada de lucha.

Además de trincheras individuales, también había amplias cuevas, en los acantilados, en las que los hombres podían instalarse.

Así, Leonard Tutt, del Essex Yeomanry, nos cuenta como era la trinchera en que dormía:

<<Mi agujero en el suelo tenía alrededor de siete pies de largo, cuatro de ancho y cinco de fondo (2,13 x 1,22 x 1,52 metros). Cuando me metía en la cama, por las noches, me sentía como en un cómodo ataúd.

“Cama” parece una palabra un tanto pretenciosa, pero para los soldados se había vuelto imprescindible disponer de una estructura de palos colocada sobre cuatro latas de combustible, en la que se enganchaban un par de sábanas.

El suelo era de una especie de arenisca de color queso, y era fácil excavar en ella con una navaja. En las paredes junto a mi cama había cavado agujeros de determinados tamaños para colocar mis posesiones personales: platos metálicos, taza, un libro y una lámpara para leer hecha con una lata de tabaco rellana con parafina y con un trozo de cuerda a modo de mecha. Una vez que había tapado mi agujero con una vieja pieza de tela de toldo, podía leer tranquilamente, resguardado del frío exterior>>.

Otras posiciones, como este cuartel general, eran más cómodas, pero también más visibles.

Sin embargo el Mayor John Devine, posicionado cerca de Fuerte Pilastrino, lo tenía un poco más crudo. Para evitar que la arena se lo comiera tenía que dormir envuelto en una toalla, y con sus gafas de tormenta puestas. Y eso no era lo peor:

<<En mi primera noche me retiré temprano a dormir, y comencé una batalla perdida de antemano contra las ratas. Se perseguían y se atacaban unas a otras por todo el refugio, de tal modo que lo sacudían todo, y cuando los fogonazos del fuego antiaéreo, los rayos de los focos y los bruscos relampagueos de las explosiones de las bombas me hacían saber que Tobruk estaba siendo bombardeado, las ratas hacían tanto ruido que no se podían oír las explosiones.

Mapa de las posiciones defensivas de tobruk.

Tenían la juguetona costumbre de corretear alrededor del parapeto, justo por debajo del techo del refugio, y cuando uno estaba durmiendo profundamente, le arrojaban encima suciedad y polvo. Una noche me desperté con un dolor en un dedo, y me encontré con que estaba sangrando a causa de pequeñas mordeduras. Una rata sedienta había estado royéndolo. Si se dejaba una botella de agua a mano, era seguro que las ratas iban a mordisquear el corcho debido a su humedad>>.

Noches complicadas, sin duda.

Sigue en Ratas de Tobruk. ¡Bichos!

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