Aprovechando la publicación del Histocast 75 – Sitios y Asedios Legendarios IV, donde tratamos el sitio de San Telmo, dedicaremos esta entrada a analizar el arsenal de fuego griego del que disponían tanto caballeros cristianos como turcos.

Se conocía por fuego griego toda una panoplia de armas incendiarias utilizadas en el Mediterráneo en asedios, batallas y encuentros navales que se hizo especialmente famoso durante la época de las cruzadas. Tuvo su origen en el Imperio Bizantino, suponiendo inmediatamete una ventaja tecnológica que supuso su hegemonía en tiempos cruciales como la expansión árabe. El Fuego Griego era un arma altamente secreta, y tanto los ingredientes como el proceso de fabricación se transmitían de maestro a pupilo.

Su composición exacta variaba según los artilleros o ingenieros, y los materiales disponibles; y las numerosas fórmulas existentes eran secretos celosamente guardados. En general, el fuego griego era una masa pegajosa y altamente inflamable compuesta de  salitre, azufre, brea o resina de pino, sales de amoniaco sin refinar y aguarrás o trementina, que era más o menos líquida según el arma que se pretendiera fabricar.

En una de sus modalidades, se depositaba la mezcla en frágiles recipientes de barro, que se rompían fácilmente. Según Bosio, historiador de la Orden de Malta, los recipientes debían caber en la mano de un soldado y ser arrojados a unos 20 o 30 metros de distancia. El fuego Griego utilizado de esta forma constituía un arma antipersona, precursor de la granada de mano o del coctel molotov.

Las bocas de los recipientes debían ser estrechas y se sellaban con lino o papel grueso. Se sujetaba todo con cordones empapados en azufre, y cuatro de sus extremos se dejaban libres, a modo de mecha. Justo antes de lanzar un tarro de Fuego Griego, se prendían uno o todos los cordones, asegurándose así que cuando el tarro se rompiera, se prendiera el material inflamable.

Había también unos tubos huecos de madera o metal, fijados a pértigas llamados sifones. Al igual que los tarros de Fuego Griego, estaban llenos de dicha mezcla inflamable, pero ésta era más líquida por la adición de aceite de linaza o trementina. Cuando se prendía un sifón continuaba desprendiendo furiosas llamaradas a varios metros de distancia durante un gran periodo de tiempo. Siendo un claro percursor del lanzallamas.

Recreación de la llamarada de un sifón

Una versión más pequeña del sifón se amarraba a la punta de una pica. Éste, a menudo tenía un mecanismo más ingenioso: cuando se había casi consumido, esparcía dos pequeños cilindros de hierro cargados con pólvora y trozos de bolas de plomo, actuando así como una bomba de fragmentación tras haberse consumido.

Otra modalidad de fuego griego eran los llamados Aros de Fuego, cuya invención se atribuye al caballero aragonés Ramón Fortuni. Estaban hechos de madera ligera. En un primer paso se maceraban en licor, luego se embadurnaban  con aceite, y se cubrían con lana y algodón empapados con otros licores y mezclados con salitre y pólvora. Cuando el preparado estaba frío, se repetía todo el proceso varias veces. Durante un asalto, se prendían los aros, se alzaban con una especie de tenazas y se lanzaban en mitad de los atacantes, atrapándolos con su fuego mortal.

Con esta imagen podemos hacernos una idea de su funcionamiento

Los turcos también tenían su propio arsenal de fuego griego. Debido al equipo de combate de los cristianos, que como vimos aquí contenía numerosos elementos acorazados, los otomanos habían diseñado una modalidad que los caballeros llamaron Sacchetti (del italiano «bolsa»). Se trataba de un  artefacto incendiario diseñado para pegarse a la armadura o al cuerpo, de manera que los caballeros tocados se asaban vivos literalmente dentro de sus armaduras. Para evitar el problema, los cristianos ponían barriles de agua en las murallas y aquellos que resultaban alcanzados se arrojaban de cabeza a ellos extinguiendo así las llamas.

Los sacchetti debieron tener un aspecto parecido a este

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