Biografía extraída del capítulo «Indios célebres de la República Mexicana. Biografías de los más notables que han florecido desde 1521 hasta nuestros días. Antonio Carrión». Incluido en «Memorias para la historia de las revoluciones en México» de Anastasio Zerecero, p. 478-482

Ilustración de Luis Armando Alarcón

Este valeroso indio, hijo de un noble texcocano descendiente de Nezahualcoyotl, nació en Texcoco, por el año de 1517 y se llamó en su gentil infancia Xicalchalchilmitl. Después que los españoles entraron a México fue bautizado y se llamó Juan Bautista Valerio de la Cruz; fue su padrino el procurador mayor de la ciudad de México, D. Bernardino de Santa Clara.

Desde el año de 1527 que se bautizó, es decir, a los diez años de su edad, comenzó a servir en las milicias del rey el joven Juan Bautista, y el año de 1529 ascendió a alférez de la guardia real de lanza y adarga: disfrutó este empleo hasta el año de 1531 que se retiró del servicio del rey y se fue a Texcoco, a donde permaneció ocupado en la labranza de varias tierras que poseía cerca de cuatro años.

En 1534 volvió a seguir la carrera de las armas, saliendo para Jilotepec al mando de 80 arcabuceros españoles y 400 indios flecheros a conquistar dicha ciudad; llegado que hubo a Jilotepec, recibió allí una orden del virrey D. Antonio de Mendoza para que levantara gente de guerra y marchara a conquistar Tula, Tepetlan, San Juan del Río, San Miguel el Grande, villa de San Felipe y demás pueblos que invadían y donde estaban los bárbaros chichimecas.

Al irse para el Perú, D. Antonio de Mendoza el año 1550, nombró a D. Juan Bautista Valerio de la Cruz cacique y señor de las ciudades y pueblos que fuera conquistando. En las «Memorias piadosas de la nación indiana», manuscrito original que existe en el archivo general de la nación, hay bastantes noticias de Valerio de la Cruz; dicho manuscrito dice que el virrey D. Luis de Velasco primero, escribió al príncipe D. Felipe, hijo del emperador Carlos V, una larguísima carta relatando y encomiando los grandes servicios que Valerio de la Cruz prestaba a la corona española y participándole que el mes de mayo de 1559 lo había nombrado capitán general de los chichimecas.

La contestación a esta carta del virrey fue una real cédula del emperador Carlos V, en la que con fecha de 30 de octubre de 1559, le concedía al valiente indio Valerio de la Cruz el uso del escudo de armas que como descendiente de los reyes de Texcoco debía usar; la aprobación del nombramiento de capitán general de los chichimecas y como premio a su valor y constancia en la guerra, le concedió también el príncipe D. Felipe la cruz y hábito de la nobilísima orden de Santiago.

Valerio de la Cruz fue nombrado capitán general de los chichimecas por la siguiente real provisión:

«D. Luis de Velasco, virrey y capitán general de esta Nueva España y presidente de la real audiencia que en ella reside por el presente, en nombre de su majestad, nombro por capitán general de los chichimecas a D. Juan Bautista Valerio de la Cruz, cacique y principal de la provincia de Jilotepec, y como tal gran capitán usaréis de la armas que dicho oficio requiere, así ofensivas como defensivas, que se os permiten atendiendo al provecho espiritual de las almas que se pierden de los bárbaros chichimecas.

Y como  tan gran capitán, yo os mando que os arméis de punta en blanco, para distinguiros de los demás indios, que os encargo, de arco y flecha, amigo de la fe católica y de su majestad; y como tal, con vara de capitán de guerra, lo seréis general en los pueblos de San Miguel el Grande, San Felipe, Itio Verde, Nueva Galicia, Villa de Celaya y valle de Huichapan y demás pueblos de sus alindes donde vénganlos bárbaros a quienes acometeréis como a enemigos de la tierra; y como tal gran capitán general de las tres provincias, usareis de todos los instrumentos de guerra, capa, clarín y pífanos, señal de derramamiento de sangre, sin ceder, ni pesar de manera alguna sino condenando a muerte, horca, desmembramiento de huesos, al que así no os obedeciese y no tuviere respeto como tal su capitán y no guardaren la orden que os remito con este nombramiento de que ya informado de todos los que acudieren con vuestra nobilísima persona para que tengan atención a vuestros méritos y os honren como vos lo merecéis, y de ninguna manera paguéis ni hagáis entero, so pena de mi merced, sin que persona alguna os ponga impedimento alguno; y para mayor cumplimiento, no consentiréis que ninguno se arme de punta en blanco, reservado a vos solo; y sobre el pecho, delante de la mano siniestra del corazón, os mando os pongáis sobre dichas armas y el acero, un águila de otro que se requiere para la señal de mayor, pendiendo para la parte sobredicha del pecho que demuestra vuestra nobleza, y que os tengan en conocimiento de verdadero caballero y principal, uno de los primeros que habrá en esos chichimecas.

Hecho en México, en 12 de mayo de 1559 años. – D. Luis de Velasco – Por mandado de su Excelencia, Eustaquio Estea».

Antigua iglesia conventual franciscana, hoy catedral de Tula

D. Juan Bautista Valero de la Cruz era tan piadoso como agradecido; por cuyas dos causas y recordando los inmensos sacrificios y el ardiente celo de los primeros misioneros franciscanos, que tan amantes y protectores se mostraron, hizo donación perpetua a la religión seráfica de la iglesia y convento de Tula. Esta población le debe también la importante mejora del famoso puente de Tula, llamado también de México, que mandó hacer y en cuya fabricación empleó ciento cincuenta operarios.

Como es natural, las noticias de todos estos servicios llegaron a oídos del monarca español, no con poca sorpresa y admiración, y queriendo dar una prueba más de su aprecio al célebre Valerio de la Cruz, expidió una real cédula fechada en Barcelona el día 20 de agosto de 1550 [debe ser errata, 1559], por medio de la cual le concedía el uso de otro escudo de armas que en su gentilidad usaba, y según dice en las «Memorias piadosas de la nación indiana», el padre Vega, era partido en dos partes: en la una un. Nopal, árbol de tuna, y sobre él un águila coronada; al otro lado una casa fuerte con una víbora encima; y su majestad le añadió en medio de dichas armas la venera y cruz del hábito de Santiago y unas letras alrededor que decían: «Sodatas regia magna operata tua».

Siguió pues, D. Juan Bautista de la Cruz, prestando grandes e importantes servicios en las milicias reales hasta el año de 1572, que murió en México. Sus funerales se hicieron de orden del virrey con tanta pompa como solemnidad y su cuerpo fue sepultado, según su última voluntad, en el convento de franciscanos de Santiago Tlatelcoco.

Nadie volvió a recordar al bravo capitán Valero de la Cruz hasta el año de 1699, en que el sabio indio texcocano D. Francisco Isla, escribió con el título de «El capitán general de los chichimecas, caballero de la real y nobilísima orden de Santiago, cacique y principal de Jilotepec, D. Juan Bautista Valerio de la Cruz», una erudita relación en mexicano de la vida, conquistas, fundaciones y hechos de armas de este célebre texcocano.

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