Cuando uno pregunta, un poco, sobre la Primera Guerra Carlista, la respuesta más habitual, he tenido ocasión de comprobarlo, es que suena, que tiene que ver con el siglo XIX y con una monarquía alternativa, la rama borbónica que parte de la figura de Carlos María Isidro, hermano menor de Fernando VII y pretendiente al trono como Carlos V, quien se enfrentó con su sobrina Isabel II por la corona de España. Luego, los hechos se desvanecen en le bruma, la misma de la que surge, por cierto, Tomás de Zumalacárregui e Imaz, líder principal de los carlistas durante los primeros años de guerra, un personaje tan fugaz como singular.

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Ni que decir tiene que, hasta que tuve la ocasión de empezar a trabajar en este tema para la revista Desperta Ferro, cuyo número de Historia Moderna sobre Zumalacárregui y la Primera Guerra Carlista acaba de salir a la venta, yo también hubiera dado estas respuestas de las que hablaba anteriormente.

Sin embargo, cuando uno profundiza en la cuestión, el panorama que encuentra es interesantísimo, digno de guerras más conocidas: líderes invictos, ejércitos desmoralizados, marchas y contramarchas, cargas de caballería, emboscadas, golpes de mano, todo ello en un terreno reducido –pues los focos carlistas fueron de escasa extensión: el País Vasco y Navarra, el Maestrazgo, algunas regiones de Cataluña–, pero en un tiempo dilatado, pues la Primera Guerra Carlista duró siete años.

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Zumalacárregui y el pretendiente Carlos V, con su Estado Mayor.

Vamos a centrarnos, por esta vez, en dos de ellos, veinte meses, los primeros de la guerra, que empiezan en noviembre de 1833, cuando el alzamiento carlista del País Vasco y Navarra ha sido prácticamente aplastado, y terminan en junio de 1835 con la muerte del Tío Tomás. Fueron los tiempos de un líder carismático, cuyas primeras palabras a los voluntarios que lucharán junto a él es que les va a reducir la paga a la mitad, pero no les importa porque a cambio, aunque ellos aún no lo saben, los va a llevar de victoria en victoria. Para entender esto, lo primero que tenemos que hacer es escapar del concepto decimonónico de victoria, pues si entonces las batallas las ganaba quien conservaba el campo al finalizar esta, Zumalacárregui da un vuelco a la cuestión y decide que, a partir de ahora, quien gane será quien haya sufrido menos bajas.

Para ello crea un ejército muy especial, formado por batallones territoriales: navarros, alaveses, guipuzcoanos, vizcaínos, castellanos… todos de menor tamaño que los batallones a los que se enfrenta, ¿pero que saben sus enemigos de ello? Todos capaces de dispersarse en un momento dado, incluso de volver a sus casas, para reunirse de nuevo donde su líder los llame y batir otra vez el enemigo gubernamental.

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El Museo Zumalacárregui, en Ormaiztegui, un lugar que merece la pena visitar.

¿Y cómo opera este nuevo ejército? Algo hemos adelantado. Podemos añadir que las tropas de Zumalacárregui viajan ligeras, golpean fuerte y por sorpresa, resisten lo indecible, aprovechan cada bala pues la munición les es escasa y, finalmente, desaparecen para volver a empezar en otro sitio. ¿El resultado? Generales tan famosos como Rodil, Espoz y Mina o Genaro Valdés (que compagina sus acciones militares con el puesto de Ministro de Guerra) acabarán por ser vencidos y humillados por el genial caudillo carlista. Solo dos se librarán, más o menos, de la debacle: el general Marcelino Oráa, el “lobo cano”; y el general Baldomero Espartero.

Zumalacárregui murió de una forma un tanto absurda. Mientras observaba las maniobras del sitio de Bilbao, una bala rebotó y le hirió en la pierna. La cosa no era grave, incluso para los estándares médicos de la época, y la única complicación era que, al haberse desviado la trayectoria al topar con el hueso, la herida era difícil de sondar. La bala tendría que permanecer en la herida. Sin embargo, en una época en que es posible que la ciencia médica no fuera tan bien comprendida como hoy, el herido prefirió que lo atendiera “el Petriquillo”, un famoso curandero, en vez del doctor Grediaga. En medio de una tragicomedia, el curandero y dos cirujanos: Gelos y Belloqui, extrajeron la bala de la pierna del paciente; y mientras todos celebraban lo que sería su pronta recuperación, Zumalacárregui murió, apenas habían pasado unas horas, era el 24 de junio de 1835.

  1. dani says:

    Decir que a partir de ese momento las victorias iban a ser para el que tuviera menos bajas es simplificar demasiado.
    El ejército de Fernando VII que era con el que se había empezado la guerra, se desfondó y eso fue lo que propició que los carlistas pudieran consolidar un dominio territorial en el Norte.

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