Afganistán es una de esas guerras tan cercanas que no sabe uno si calificarla como historia o como noticia y, de hecho, forma parte de ambas. Todo recomenzó el 11 de septiembre de 2001, cuando un brutal atentado derribó las torres gemelas de Nueva York, variando el skyline, la línea que formaban los edificios sobre el horizonte y una de las imágenes emblemáticas de la ciudad, para siempre. No cabe duda que fue un acontecimiento traumático, lo suficiente como para que años, cuando tuve la ocasión de visitar Nueva York, los vendedores callejeros aún siguieran vendiendo “de tapadillo” los poster en los que se podían ver las torres gemelas. Un acontecimiento traumático que tuvo su primera repercusión al otro lado del mundo, en un país que se debatía entre el olvido y las primeras planas, en Afganistán.

Allí, todo había comenzado mucho antes del 11/9. La historia reciente del pueblo afgano es sin duda una de sinsabores, en parte de producción interna, y en parte potenciados por fuerzas externas. Primero fue la invasión soviética, promovida por un régimen que pretendía ampliar su área de influencia hacia el océano Índico recuperando una de las antiguas aspiraciones de los zares, solo que en esta ocasión la oposición no fue el imperio británico, sino el nuevo imperio estadounidense, que lo había sustituido en 1945. Norteamérica y, por supuesto, los propios afganos, los muyahidín, que se hicieron lo suficientemente famosos como para ser retratados –por supuesto como luchadores a favor de la libertad– en una de las entregas de Rambo, asaltaron las primeras planas de los periódicos, en el marco de la guerra fría.

Durante aquellos años occidente vio una parte de los afganos, la que le gustaba, pero al final los rusos se fueron, dejando un gobierno soviético, el de Najibulá, que aún aguantó unos años, hasta que aquellos heroicos muyahidín lo derrocaron. Se supone que, entonces, el país tendría que haber entrado en una nueva era de paz y prosperidad, al menos según los cánones de muchos, pero no fue así. Los “libertadores” empezaron a luchar entre ellos, a disputarse el gobierno de la nación liberada, a llegar a compromisos, alianzas s y desacuerdos, a la guerra civil. Hazaras, uzbekos, pastunes, tayikos… Dostum, Masud, Rabbani, Hekmatyar… Y entonces surgieron los talibán.

Afganos frente a las montañas bombardeadas, una acción que se repitió a menudo en Tora Bora, donde Bin Laden estuvo a punto de ser capturado.

Es posible que al principio solo quisieran traer la paz al país. Es probable que en el fondo fueran tan radicalmente islámicos como las demás facciones, mucho, un “detalle” olvidado cuando occidente miraba a la parte afgana que le gustaba. Pero lo que es seguro es que se hicieron con el control del país muy rápidamente. Por supuesto, no estaban solos. Si al principio habían sido los soviéticos, y luego los estadounidenses, ahora les tocaba a los pakistaníes intervenir en una región que consideraban su patio trasero y que querían convertir en estable y amiga. La facción del mulá Omar resultó ser la más eficaz, pero eso no significa que los pakistaníes dominaran a los talibán, más bien podríamos pensar en una alianza de conveniencia.

Y entonces occidente descubrió la parte que no le gustaba de los afganos. Los burkas, que los talibán no habían inventado ni sido los primeros en imponer, pero que se multiplicaron bajo su gobierno, y la destrucción de los budas de Bamiyán, y que alojaran a Al Qaeda. El 11 de septiembre de 2001 la presencia de Osama bin Laden en Afganistán no era ningún secreto. Sus campos de entrenamiento ya habían sido bombardeados en 1998, después de los atentados contra las embajadas estadounidenses de Kenia y Tanzania; pero después de los ataques de Nueva York (y Washington, no olvidemos ni el pentágono ni el cuarto avión, que se estrelló) ya no era posible limitarse a meros bombardeos, la amenaza tenía que ser eliminada definitivamente, y no solo esta. En un mundo en que la guerra asimétrica se había convertido en costumbre y la guerra convencional en algo del pasado, la respuesta, errónea o no, pero al menos bienintencionada para muchos, fue la Guerra Global contra el Terrorismo, cuyo primer blanco fue Afganistán.

Tropas americanas recién desembarcadas de un helicóptero, como sucedió durante la Operación Anaconda.

Por una vez, fueron los estadounidenses los que ejecutaron una guerra de guerrillas, o más bien de operaciones especiales, donde pequeños equipos dieron apoyo a las tropas de la Alianza del Norte, los combatientes antitalibán, para derrocar a estos. Durante el proceso, entre septiembre y noviembre de 2001, surgió un posible líder para el país: Hamid Karzai, y un plan para acabar con Al Qaeda y los talibán, pacificar el país y reconstruirlo. La derrota inicial en el norte fue el paso previo a la toma de Kabul, y esta a la conquista de Kandahar, acontecimiento que marcó el fin del régimen talibán y la huida de Al Qaeda. Sin embargo, combates como los de Tora Bora o del valle de Shar-i Kot (Operación Anaconda), demostraron que no iba a ser tan fácil, y los acontecimientos de los años posteriores han puesto de relieve que la victoria es un bien preciado, caro y difícil de conseguir.

Quien quiera saber más sobre estos hechos, encontrará mucha información en el número que hoy sale a la venta de Desperta Ferro Historia Contemporánea, dedicado a la invasión de Afganistán por la Coalición en 2001-2002, pero que también se extiende a los acontecimientos anteriores y, tal vez, dé una visión más equilibrada del pueblo afgano, tan diverso como cualquier otro.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

You may use these HTML tags and attributes:

<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.