El siguiente relato es un resumen del capítulo del libro del Capitán Palacios «Embajador en el Infierno», dedicado al motín del campo de prisioneros de Borovichi.

El plante de Borovichi, llevado a cabo por doscientos españoles, no deja de ser un hecho singular. La rebelión no se produjo contra los malos tratos, los sufrimientos corporales, el hambre o el abuso de poder, sino a causa de un entrañable motivo moral. Los prisioneros que estaban resignados a morir -en aquella época había muerto ya el 30 por ciento de sus miembros- no se resignaron, en cambio, a la retención, por parte de las autoridades soviéticas, de la correspondencia que les llegaba y no les era entregada.

Los españoles veían como alemanes, austriacos y húngaros, recibían cartas de los suyos. Veían como los hombres más enteros se escondían para moquear como chiquillos, con un pedazo de papel entre las manos. Acudieron los españoles a Makaro, el lacharni del lager n.º 3, de Borovichi, pidiendo acogerse a este derecho que tan injustamente se les negaba. Y éste les sugirió que elevaran, uno a uno, instancias de súplica a Bousenski, el ministro del Gobierno de quien dependían los prisioneros de guerra. Así lo hicieron todos, pero Makaro se quedó con las instancias y las destruyó sin cursarlas.

Empezaron a intuir que las cartas llegaban, pero que no les eran entregadas. Una prueba inequívoca fue el envío, a través del enlace secreto de Victoriano Rodríguez, de la correspondencia a ellos dirigida que yo había robado de la oficina antes de su destrucción. Otra prueba fue la relación que por el mismo conducto le envié, de unos paquetes que habían llegado a La Mina, y cuyos destinatarios eran españoles de su campo (el capitán Palacios, que habla en primera persona, estaba con otro grupo de españoles en un campo vecino a Borovichi).

Yo no puede robarlos por su volumen, pero les avisé para que estuviesen alerta y los reclamaran. Otra prueba, y ésta ya definitiva, fue el encuentro casual del envoltorio de un paquete que había recibido un antifascista alemán, donde sobre un nombre tachado, los rusos habían escrito torpemente un falso destinatario. Estudiaron lo que ocultaban las tachaduras, las rasparon y, al fin, reconocieron, reconstruyéndolo, un nombre español. ¡La correspondencia no solo era, pues, retenida, sino que, cuando venía acompañada de paquetes o donativos, la entregaban a los soplones o chivatos del campo, como premio, como precio de su infame proceder!

Esta fue la gota que colmó el vaso. La consigna de que la injuria no sería tolerada corrió de boca en boca, encendiendo los ánimos y espoleándolos a la rebelión. Se juramentaron todos para el desafío, se organizaron para la lucha y el 5 de abril de 1951, como primer escalón de lo que vendría después, cincuenta hombres en pie de rebeldía se negaron a salir al trabajo y declararon la huelga de hambre colectiva.

Una violenta sacudida de ira colectiva, un viento implacable de rebeldía azotó a los españoles del vecino campamento de Borovichi. Fue un «¡basta ya!»€ tremendo y desesperado que puso en pie a los que se creían muertos. Makaro golpeó impaciente la mesa al ser informado.

-«¡Otra vez los españoles! ¿Qué les pasa hoy a los españoles?

El confidente se explicó. El lacharni, sin inmutarse, ordenó que encerraran a los rebeldes en la cárcel del campo e informó rutinariamente a Novgorod, la capital del distrito, de cuanto ocurría.

– Mañana serán menos- se limitó a comentar.

Pero he aquí que al día siguiente Makaro dio un salto en su asiento cuando le dijeron:

-Ya no son cuarenta, sino ciento.

Y al tercer día:

-Cien hombres más se han sumado a la huelga. Hoy son ya doscientos los que se niegan a trabajar y a comer.

Como en la cárcel no había sitio para todos los rebeldes, la mayoría permaneció en las barracas. Muchos enfermos del hospital, enterados de lo que ocurría, abandonaron sus lechos, algunos con altísimas fiebres, y se unieron a los huelguistas. Los médicos acudieron en su busca llamándoles suicidas, pues sumarse a un plante de hambre seres distróficos, tuberculosos, anémicos, era tanto como sentenciarse a sí mismos.

Al quinto día, penetrar en las barracas equivalía a cruzar las puertas de hospitales de moribundos. Ciento cincuenta hombres (cincuenta más estaban en la cárcel) yacían sobre los camastros o en el suelo, la respiración jadeante, los ojos abiertos y sin brillo, dispuestos a morir y algunos en estado precomatoso, recibiendo ya las primeras caricias de la muerte….Por las mañanas, los rusos retiraban la comida intacta dejada la víspera al alcance de los huelguistas, y la sustituían por otra nueva. Los conspirados les dejaban hacer sin mirarles siquiera. Ni un acto de violencia, ni un gesto de agresión se había registrado hasta entonces. (Todos recordaban las penosas hambrunas de 1947, donde se vieron obligados a comer carne cruda de lagarto y de serpiente, hierba de los prados, la piel de un reno sobre brasas y hasta las hojas de un bosque con las que se intoxicaron, muriendo el catalán Mayol. También recordaban una ocasión en la que robaron, mataron y comieron en menos tiempo que se presigna un cura loco, al propio perro del jefe del campo de concentración.

Capitán Palacios

El prestigio de Makaro ante sus jefes estaba en juego. Diariamente recibía llamadas de Novgorod pidiendo ampliación de noticias. «€œO soluciona usted el paro», €“le habían dicho- «o tendremos que acudir nosotros a solucionarlo»€. De dos en dos comenzaron a sacar de la cárcel y las barracas a los más caracterizados. Entre los médicos y los sicarios de la MWD les abrieron la boca, haciendo palanca entre los dientes con hierros para introducirles comida y poder después decir a los restantes españoles que sus jefes fueron los primeros en desertar. Pero no solo no consiguieron su propósito, sino que al llegar los primeros forzados a la barraca, bañados los dientes en sangre, los labios rotos y la cara desfigurada por la lucha mantenida, el efecto fue contrario al pretendido, pues los amotinados se dispusieron a evitar por la fuerza que los rusos se llevaran a ninguno más. Para ello montaron una guardia de centinelas a la puerta de la barraca. Uno de éstos fue el que dio la voz de alarma.

-«¡Los españoles de la cárcel piden auxilio!»

Salieron todos al aire libre y comprobaron que, en efecto, los reclusos, agarrados a los barrotes, a grandes voces gritaban:

-Han secuestrado a varios compañeros para martirizarles. ¡Sacadnos de aquí!.

Sin medir las consecuencias que tal acción pudiera ocasionar, acudieron los libres en socorro de los privados de libertad, echaron a bajo la puerta de la cárcel y sacaron de ella a los prisioneros.

El Relato Sigue aquí  Borovichi 1951 – Los españoles se sublevan (II)

  1. Hugo A Cañete says:

    Hola Carlos, tenían lo que podían. Retazos y retales de cualquier prenda que se pudieran poner,bien fuera de uniformes de los distintos ejércitos del eje, bien prendas conseguidas de cualquier manera.

    Las fotos que acompañan las entradas no son de los prisioneros de Borovichi (ya lo hubieramos querido) pero reflejan bien el aspecto de los prisioneros de guerra.

    saludos

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