La Campaña de Francia de 1940 había supuesto por fin la ansiada Victoria Decisiva que tanto anhelaba el Estado Mayor Alemán, la que no pudo conseguir en la Primera Guerra Mundial.

De la Blitzkrieg a Tormenta del Desierto – Robert M. Citino. Ediciones Salamina

La victoria fue de tal calibre, en tan poco tiempo y con tan pocas bajas que desde entonces ha sido perseguida por los estados mayores de todos los ejércitos del mundo. Fácil de definir pero difícil de obtener. Se trata de la Guerra a Nivel Operacional, la búsqueda de la victoria decisiva. También los soviéticos tenían su propia guerra operacional, la Batalla en Profundidad, aunque les costó resucitarla después de las purgas stalinianas. Muchos ejércitos han pretendido desde entonces conseguir la maestría operacional que consiguieron los alemanes en 1940, destacando entre ellos fuerzas tan dispares como el ejército israelí, las tropas irregulares chinas de la guerra de Corea o las divisiones blindadas norteamericanas de la operación Tormenta del Desierto.  Todo empezó una mañana de mayo de 1940:

Eran las 7:00 pm de la tarde del 20 de mayo de 1940 cuando el estruendo de la primera columna de vehículos alemanes resonó en la población francesa de Abbeville, en la boca del río Somme. Se trataba de la vanguardia de la 2ª División Panzer, perteneciente al XIX Cuerpo Panzer del general Heinz Guderian. A pesar de que Europa se hallaba inmersa en mitad de una gran guerra, la ciudad estaba tranquila. Algún avión Aliado aparecía de vez en cuando sobre la misma, pero allí no había trazos de una resistencia francesa organizada.

Un poco más tarde el «Batallón Spitta» de la 2ª Panzer, llamado así por su jefe, avanzó desde Abbeville y recorrió los veinte kilómetros que lo separaban de Noyelles en la costa atlántica, ocupándola sin incidentes. Los hombres de la unidad estaban cansados pero eufóricos. Tenían razones para estarlo. Acababan de terminar de ejecutar una de las maniobras más audaces de la historia moderna de la guerra. Tras haberse enfrentado a los difíciles y sinuosos caminos del bosque de las Ardenas, habían formado parte de la masiva fuerza blindada alemana que había penetrado a través de una porción débilmente defendida de las líneas francesas en Sedán el 13 de mayo.

Desde entonces, habían marchado a máxima velocidad por terreno despejado, casi sin ser molestados, a lo largo de la retaguardia de un inmenso ejército anglo-francés desplegado en Bélgica. En apenas diez días de acción los hombres de Spitta habían cubierto más de trescientos veinte kilómetros, y de hecho habían recorrido los cien últimos esa misma mañana. La llegada del batallón a Abbeville y Noyelles significaba la perdición para las fuerzas aliadas situadas más al norte. Ahora estaban atrapadas, aisladas de sus bases de aprovisionamiento en Francia y cercadas entre el mar y los alemanes, por lo que su fin se encontraba próximo.

Sin lugar a dudas el teniente coronel Spitta era consciente de que acababa de tomar parte en una batalla victoriosa. De lo que podría no haber llegado a ser consciente es que su carrera desde las Ardenas hasta Noyelles preconizaba una nueva era en la historia militar. Los escalones superiores del Ejército alemán lo sabían. Considérese el testimonio del comandante en jefe de Grupo Panzer alemán, el general Ewald von Kleist:

«Estaba a medio camino del mar cuando un miembro de mi estado mayor me trajo un fragmento de la radio francesa que decía que el comandante del 6º Ejército en el Mosa había sido cesado y el general Giraud designado para hacerse cargo de la situación. Mientras lo leía se abrió la puerta y un apuesto general francés fue traído a mi presencia. Se presentó con las palabras, «soy el general Giraud». Me contó cómo había partido en un vehículo blindado en busca de su Ejército y cómo se había visto en mitad de mis fuerzas, mucho más adelantadas de lo que él esperaba que estuvieran». Kleist concluyó, con cierto eufemismo, que «se trataba de una prueba evidente de lo inesperado de nuestra llegada»

En efecto, el Ejército alemán (Wehrmacht) acababa de hacer lo que ningún ejército del mundo había logrado en décadas. La campaña en Francia, designada por los alemanes como Plan Amarillo (Fall Gelbe), era el tipo de operación que los planificadores de ambos bandos habían pretendido reiteradamente en la Primera Guerra Mundial pero que no habían conseguido llevar a cabo.

El amago hacia el norte, el avance principal encubierto hacia el sur, el cerco de todo un ejército enemigo en lo que los oficiales alemanes de estado mayor llamaron el Kesselschlacht (batalla de embolsamiento), la destrucción de todas las fuerzas terrestres enemigas en una única campaña a un coste insignificante —tales cosas parecían pertenecer a una era pasada, a la época del gran mariscal de campo Helmuth Moltke o del emperador Napoléon o quizás incluso del rey «guerrero», Federico el Grande. Se trataba, en pocas palabras, de una victoria decisiva— algo que se había vuelto muy raro en los últimos tiempos. Un analista militar alemán lo llamó nada menos que un «Austerlitz moderno», una batalla que marcó «una nueva época en la historia militar».

Esta obra de Robert M. Citino ha sido galardonada con el Society for Military History´s Distinguished Book Award. El más prestiogioso premio que se concede en la disciplina de Historia Militar.

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