A veces en la guerra las cosas pueden arreglarse con palabras sin necesidad de derramar sangre.  Y eso queda claro en las memorias del general Barón de Marbot.

Abandonaremos por un momento la cálida España o la fría estepa rusa y nos desplazaremos a Dresden, hace 200 años y previamente a la que se conocerá como «La Batalla de las Naciones» en Leipzig.

El protagonista es el general Étienne Tardif de Pommeroux de Bordesoulle, quien entonces mandaba una división de caballería pesada.  El 27 de agosto su división se encontró con una brigada de infantería austríaca, a la que se acercaron lentamente ya que llovía mucho y los campos estaban enfangados.

Al no notar fuego de respuesta por parte austríaca, el general de Bordesoulle se acercó a la brigada enemiga y pidió a su jefe que se rindiera, pues sus mosquetes estaban mojados y no podían disparar.

Batalla de las naciones

El oficial austríaco declinó la invitación francesa, argumentando lógicamente que la caballería francesa, en un campo tan embarrado, no podrían hacer una carga con buen resultado. Si bien el francés vió razonable el argumento austríaco, decidió resolver la cuestión de una vez por todas afirmando que llevaría piezas de artillería, por lo que los austríacos harían bien en rendirse. Pero su contendiente siguió negándose, pues pensaba que era imposible que la artillería pudiera moverse en ese fangar.

Artillería a caballo

Tras un rato de silencio incómodo, aparecieron un par de carros con piezas de artillería. Los franceses, concientes del tiempo meteorológico, dotaron de caballos adicionales a esos carruajes. Las dos piezas se colocaron a treinta yardas de la infantería austríaca, preparándose para abrir fuego. Ante eso, el comandante austríaco no tuvo más remedio que rendirse, evitando un derramamiento de sangre innecesario.

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  1. dani says:

    La batalla de Dresde es una de las victorias napoleónicas durante la campaña alemana de 1813. Victorias que conseguía el Emperador pero sus mariscales eran derrotados. Así la estrategia de los aliados era evitar combatir directamente contra Napoleón y si aceptar la batalla cuando el mando estaba en manos de sus maricales. Alguno hasta fue hecho prisionero.
    Uno de los problemas que tenía el ejército francés era que carecía de caballería suficiente para aprovechar las victorias del Emperador. Así los aliados fueron concentrando sus tropas hasta adquirir tal superioridad numérica, que ni Napoleón pudiera derrotarles. De hecho en la batalla decisiva en Leipzig la intervención de Napoleón fue mínima dejando la conducción de la batalla a sus maricales que fueron derrotados.

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