Para entender el fenómeno de las cruzadas debemos tener en cuenta primero el papel trascendental que tendría en la historia el surgimiento del Islam a comienzos del siglo VII.

Fue Mahoma quien fundaría esta religión que marcaría una nueva etapa en la historia. Nacido en La Meca en el año 570, se dedicó principalmente al comercio, dentro de las numerosas rutas de caravanas que discurrían por la zona. Debido a su carácter reflexivo, dentro de su madurez comenzó una vida ascética y se retiró al desierto, donde en el año 610 se produjo la revelación que iba a cambiar su vida. Según la tradición, se le apareció el mismísimo ángel Gabriel y le anunció la que sería su misión profética.

Esta revelación espiritual supuso para Mahoma una llamada al cumplimiento y al respeto de los mandatos de la vieja moral clánica, depurada de su orgullo y egoísmo. Estas revelaciones que recibió Mahoma procedían de un libro divino, de un arquetipo guardado en el cielo, al que sólo podrían acceder los puros (Anónimo, 2002, pág. 10). Él personalmente no llegó a leerlo, pero le fueron revelados algunos fragmentos traducidos al árabe. Alá (Dios) se lo comunicaba por medio del Espíritu o de sus ángeles, siendo su obligación memorizarlos y recitarlos.

De este modo, Mahoma inició su predicación en La Meca, siendo inicialmente su propósito el de reconducir a los hombres al monoteísmo, mostrándoles la pureza del piadoso musulmán a través de unas sencillas bases: pedir perdón a Dios por los pecados, recitar frecuentes letanías, evitar el engaño y ser casto. Era este un mensaje sencillo debido a la nula formación que poseían tanto Mahoma como los fieles a los que se dirigía. Mahoma no predicaba el Islam como una nueva religión, sino como una manera de reconducir al pueblo al camino correcto, ya que según su interpretación “los pueblos del libro” (judíos y cristianos) habían interpretado erróneamente el mensaje de Dios.

Debido a que La Meca era un núcleo de comercio de gran importancia, se daba en ella una gran confluencia de religiones, habiendo incluso comunidades hebreas y cristianas, aunque por lo general los árabes seguían un culto astral. En general, los primeros seguidores que logró hacer Mahoma eran gente pobre, pues los ricos temían que con la religión que anunciaba pudiese acabarse el flujo de peregrinos que iban hasta La Meca para visitar La Kaaba (como se puede comprobar en la Biblia en Génesis 21, los árabes se sentían descendientes de Ismael, hijo de Abraham, y sostenían que este último habría visitado en varias ocasiones la ciudad llegando a bendecir La Kaaba).

Sin embargo, Mahoma pronto se entregó arduamente a su labor y no tardaron en surgir roces con aquellos que no creían en su mensaje, comenzando estos últimos a amenazar a los musulmanes. La tensión fue en aumento y en el año 622 Mahoma tuvo que abandonar La Meca y huir a la ciudad de Median (hecho este conocido por los musulmanes como la hégira), en esta ciudad Mahoma logró ir imponiendo su influencia hasta hacerse con el poder y crear un estado teocrático.

De este modo, una vez establecido en el poder en el año 626 declaró la guerra santa a La Meca. La guerra constituía el ideal supremo  de Mahoma, puesto que con ella iba a infligir a los paganos el tormento que merecían. Aunque sus seguidores no se mostraban partidarios de la predicación por la fuerza, Mahoma  reforzó su poder personal e inició la guerra atacando caravanas de La Meca.  Mahoma estableció que los creyentes debían obedecer a Dios y por tanto a su enviado, de tal forma que quienes fuesen contrarios tendrían como destino el infierno, puesto que el Profeta representaba a Dios y en él había que confiar.

De esta forma, la Yihad o guerra santa se convirtió en el camino para ganarse el cielo y Mahoma la usó a su favor,  así lo recoge el Corán: “Combatid a vuestros enemigos hasta que nada tengáis que temer de la tentación, hasta que el culto divino haya sido restablecido, que toda enemistad cese contra los que han abandonado los ídolos. Vuestro odios solo deben encenderse contra los perversos” (Ibíd., pág. 59,  azora 2, 186-189).

La guerra duró hasta el 630, año en el que La Meca se rindió (principalmente porque los dirigentes se dieron cuenta de que la nueva religión no acabaría con las peregrinaciones y de esta forma no afectaría a sus intereses). Tras varias victorias, Mahoma pudo regresar triunfalmente a la Meca, donde fallecería años después en el 632. Para entonces la mayor parte de las tribus árabes habían sido sometidas y se habían convertido al Islam, reconociendo a Mahoma como el profeta de Alá y prestándole fidelidad (Manzano Moreno, 1995, pág. 13).

De este modo, a la muerte de Mahoma el Islam se encontraba ya asentado. El Islam está constituido  como una mezcla de las doctrinas judía y cristiana, elaborada de tal forma que en muchos aspectos implica un retroceso a los autores más arcaicos de la Biblia hebrea, del Yahvé belicoso y vengador. Sobre esta reformulación del monoteísmo se instauraba una sociedad teocrática, regida por una legislación tenida como revelada por Dios, que llamaba a la guerra de expansión en nombre de la fe.

Debemos tener en cuenta que el Islam significa sumisión a Dios y musulmán significa sumiso, Alá es sólo uno y por tanto sus seguidores tienen el deber de imponerlo a los infieles. No proponen su conversión, sino su sujeción. Esta vocación guerrera queda constantemente recogida en pasajes del Corán: “Di a los beduinos rezagados: “Sois llamados a combatir a gentes dueñas de gran valor. ¡Combatidlas o islamícense!” Si obedecéis, Dios os dará una hermosa recompensa, si os replegáis, como os replegasteis anteriormente, os atormentará con un castigo doloroso.” (Anónimo. ob. cit., pág. 373,  azora 48, 16).

A través de la guerra, el Islam promete a sus fieles el botín sobre la tierra y recompensas materiales en el cielo. De hecho, de acuerdo con el Corán y la Tradición no hay otro acto más meritorio o piadoso, que combatir en el camino de Dios, la recompensa para aquel que muere en el combate no es otra que el paraíso. La Yihad se practica para expandir y defender el Islam. Como tal es una obligación que puede ser colectiva, en el caso ofensivo, o individual, en el caso defensivo. En el primer caso son los dirigentes quienes tienen potestad de predicar la Yihad y reclutar, sin embargo, si las tierras del Islam fueran atacadas es deber de todos los musulmanes combatir, sin que haga falta esperar a una autoridad establecida (Rodríguez García, 2011, pág. 119).

Sigue en Guerra Santa en el Cristianismo: el surgimiento de la Primera Cruzada (II)

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