Traemos hoy una profunda reflexión de Rommel que vislumbra su pensamiento estratégico. La hizo en sus notas días antes de comenzar la ofensiva de Gazala y Tobruk en mayo de 1942.

Según mi experiencia las decisiones audaces ofrecen las mejores expectativas de éxito. Pero uno debe diferenciar entre audacias tácticas y estratégicas y jugársela en términos militares. Una operación audaz es aquella en la que el éxito no es una certeza pero que en caso de fracaso nos deja con fuerzas suficientes disponibles para hacer frente a cualquier situación que pueda surgir de ello.

Por otra parte, una operación en la que te la juegas, es aquella que puede llevar a la victoria o a la completa destrucción de las fuerzas propias. Pueden surgir coyunturas en las que jugársela puede estar justificado, como por ejemplo, cuando en el curso nomal de los acontecimientos la derrota es meramente una cuestión de tiempo, cuando ganar tiempo no tiene sentido y la única oportunidad descansa en una operación de gran riesgo.

La única ocasión en la que un jefe militar puede calcular el curso de la batalla por adelantado es cuando sus fuerzas son tan superiores que la victoria es un resultado inevitable. Entonces el problema ya no es de «medios», sino de «método». Sin embargo, aún en esa situación, sigo pensando que es mejor operar a gran escala que andar por ahí merodeando ansiosamente por el campo de batalla tomando todas las medidas posibles de seguridad contra cada uno de los movimientos enemigos concebibles.

Generalmente no existe una solución ideal a los problemas militares; cada desarrollo de acontecimientos tiene sus ventajas e inconvenientes. Uno debe optar por aquel que parezca el mejor desde todos los puntos de vista y luego ejecutarlo con resolución y aceptar las consecuencias. Las medias tintas son malas. A la luz de todas estas consideraciones debe interpretarse el plan que confeccioné junto a mi estado mayor. Debía considerarse la mejor solución posible en las circunstancias más favorables.

El destino de mi ejército no estaba de ningún modo sujeto al éxito de este plan en particular, ya que, siguiendo mis propios principios, sopesé concienzudamente la posibilidad de que las cosas no salieran como lo habíamos previsto. Pero incluso en ese caso, la situación al comienzo de la batalla no iba a ser hasta donde podíamos ver desfavorable en absoluto. Esperábamos la batalla llenos de optimismo, confiando plenamente en nuestras tropas, en su soberbio adiestramiento táctico y su experimentada capacidad de improvisación.

 Los prejuicios hacia la innovación son característicamente típicos de un cuerpo de oficiales que se ha formado en un sistema testado y puesto a prueba. Por eso el ejército prusiano fue derrotado por Napoleón. Esta actitud también se ha hecho evidente en esta guerra, tanto en los círculos alemanes como en los británicos, donde, con sus mentes centradas en complicadas teorías, la gente pierde la capacidad de aceptar la realidad.

Se desarrolla una doctrina militar hasta el último detalle y se la tiene por la cumbre de toda la sabiduría militar. El único pensamiento militar aceptable es aquel que sigue las directrices estandarizadas. Todo lo que se encuentre al margen de estas directrices se considera temeridad, jugársela; y si se lleva a cabo y tiene éxito entonces es cosa de suerte o de casualidad. Esta mentalidad crea ideas fijas preconcebidas cuyas consecuencias son incalculables, ya que las reglas militares también están sujetas al progreso técnico.

Lo que era adecuado en 1914 solo es bueno hoy en día si la mayoría de las formaciones enfrentadas de ambos bandos, o al menos del bando atacado, están formadas por unidades de infantería no motorizada. Si este es el caso, entonces las fuerzas blindadas actuan como la caballería, con la misión de romper la línea y rebasar a la infantería. Pero en una batalla luchada entre dos adversarios plenamente motorizados, las reglas a aplicar son muy diferentes.

Yo ya me he enfrentado a esto. Pese a todo lo loable que pueda ser  en la guerra mantener la tradición de la ética de la milicia, debe evitarse en el ámbito del mando militar. Hoy en día no es solo función de los jefes pensar nuevas técnicas con las que destruir las ventajas de lo antiguo: las potencialidades de los modos de hacer la guerra están en continuo cambio a causa del avance técnico.

Por eso, un jefe de ejército moderno debe liberarse de los métodos rutinarios y mostrar  una comprensión integral de los asuntos ténicos. Debe estar en dispoisición de adaptar continuamente sus ideas de los modos de hacer la guerra a los hechos y posiblidades del momento concreto. Si las circunstancias lo requieren, debe ser capaz de dar la vuelta a toda su estructura de pensamiento como si fuera un calcetín. Creo que mi adversario, el general Ritchie, como muchos generales de la vieja escuela, no había atisbado en su totalidad las conscuencias que se derivaban de la conducción de operaciones totalmente motorizadas y de la naturaleza abierta del campo de batalla en el desierto. A pesar de la buena y detallada preparación de sus planes, estaban destinados a fracasar, porque eran, en esencia, medias tintas.

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  1. Roberto o says:

    Era un magnífico general, para mi de los mejores de toda la segunda guerra mundial aunque también hay que decir o por lo menos es mi humilde opinión es que en la campaña de África gozo de unas libertades por parte del alto mando alemán que no tuvieron Paulus en Stalingrado o Manstein en Kursk.

  2. Carlius says:

    Hugo, Gracias por el texto, es un placer escucharte y ahora leerte.
    Simplemente quería comentar de de este señor, una vez leída su semi-divagación, que entre otras cosas se lo comió el calcetín, y no supo ver la guerra moderna. Por calcetín entiéndase que pasó de súper moderno a clásico al no verle el rabo a las «ratas»

    Saludos y gracias por vuestra contribución.

    • Jose says:

      Simplemente tuvo una gran libertad de mando que el decidio, pero escasos recursos materiales y humanos. Al final, la guerra era Alemania-Italia-Japon vs el resto del mundo. Toda latinoamerica apoyo materialmente a EU mientras Inglaterra se apoyaba de sus colonias y los ANZAC.

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