Esta es una de esas pequeñas historias increíbles que tuvieron lugar en el frente europeo en los últimos estadios de la Segunda Guerra Mundial en Europa.

A caballo regalado no se le mira el diente debió pensar el cabo Roger Foehringer. De ningún modo, y menos cuando hay un jeep norteamericano justo en mitad de la plaza de la villa alemana de Versbach, a las afueras de Wurzburg. Un jeep del Ejército norteamericano con su conductor sentado en el capó y blandiendo un Colt 1911 reglamentario del calibre 45 y apuntando a todo el mundo.

Foehringer, después de todo, un artillero de la 99ª División de Infantería norteamericana había sido hecho prisionero en la Batalla de las Ardenas. Había tenido que cubrir una larga marcha a pie entre la nieve y el hielo hasta la retaguardia alemana. Desde allí fue trasladado con otros POWs en vagones de ganado al corazón de Alemania.

Fue un viaje muy duro, durante el que apenas les dieron de comer. Tampoco vieron puesto alguno de la Cruz Roja. Habían perdido algo de peso a consecuencia de ello, pero Foehringer seguía vivo. Una vez en el campo de prisioneros de Wurzburg, Roger fue destinado a una panadería militar como mano de obra forzada.

La vida no fue fácil durante su estancia allí, logrando sobrevivir a un ametrallamiento de cazabombarderos Aliados contra un muelle de carga ferroviario cuando se hallaban en él, o a un bombardeo nocturno con bombas incendiarias llevado a cabo por los bombarderos pesados británicos y que convirtieron la ciudad en un infierno. Según Foehringer «fueron las corrientes de aire más terroríficas que había sentido en toda mi vida, todo el cielo y la ciudad de Wurzburg parecían estar en llamas».

Tras el bombardeo, Roger y dos o tres camaradas pasaron dos o tres días ayudando a retirar los escombros y sacar los cadáveres que había debajo, depositándolos en carretas tiradas por caballos para proceder a su enterramiento en fosas comunes. Durante las noches siguientes Roger y sus cuatro compañeros de la panadería vieron el cielo anaranjado por las llamas y comenzaron a oír rumores de que el frente se estaba acercando.

Versbach hoy en día

El domingo de Resurrección, 1 de abril de 1945, el personal alemán del campo de prisioneros decició trasladar a los soldados cautivos más a retaguardia, para ponerlos fuera del alcance de los norteamericanos. La marcha se hizo a pie, a ambos lados de la carretera. Durante uno de los descansos los cinco camaradas solicitaron permiso de sus captores para ir a realizar ciertas necesidades fisiológicas a la linde de un bosque cercano.

Al rato la columna de prisioneros se puso en marcha y se alejó del lugar. Nadie los echó de menos. Al día siguiente unos alemanes amistosos les enseñaron unas cuevas en las inmediaciones de Versbach donde podían encontrar refugio. Allí estuvieron escondidos unos cuantos días. Niños alemanes les subían comida. Entonces, una tarde, los niños vinieron corriendo diciendo que habían llegado los norteamericanos.

Los cinco camaradas salieron corriendo en dirección a la plaza del pueblo, donde encontraron un jeep con un sargento. El único problema era que estaba borracho como una cuba. Interpelado por Roger contestó que no tenía ni la más remota idea de donde estaba o de como había llegado allí. En realidad se hallaba bastante lejos del frente y estaba totalmente solo.

El sargento balbuceó que era mecánico en una unidad de blindados cazacarros y que aprovechando un viaje a retaguardia había estado bebiendo más de la cuenta. Luego se puso en marcha y trató de alcanzar la línea de frente para buscar su unidad. Tras conducir un buen rato se dio cuenta de que se había perdido, e incluso de que había atravesado las líneas. Pero nadie lo había molestado mientras circulaba por la carretera que llevaba a Wurzburg.

Por supuesto, estaba intentanto adivinar cual era el camino de vuelta. Foehringer y sus compañeros estarían más que encantados de mostrárselo. Pero antes abrieron el compartimiento del jeep y repartieron las latas de comida, los caramelos y las cohocolatinas entre los habitantes de la villa. Los POWs agradecieron a los habitantes de Versbach la atención que habían mostrado con ellos. Luego se subieron al jeep e indicaron al sargento el camino que debía tomar.

En poco tiempo se encontraron con los horrores de la guerra, semiorugas alemanes en llamas, soldados muertos en las cunetas, carros abandonados y tiros de caballos trotando por el campo. Al principio no había ni rastro del ejército norteamericano, pero finalmnete dieron con dos columnas de marcha de infantes caminando a ambos lados de la carretera.

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