Hoy abordaremos la increible aventura de un teniente alemán que escapando de Velikiye Luki (el pequeño Stalingrado) recorrió durante 60 horas unos 40 km a 30 grados bajo cero en busca de sus propias líneas.

Todo comenzó el 19 de noviembre de 1942, cuando los soviéticos desencadenaron un ataque a gran escala en el frente norte para apoyar las operaciones que se estaban llevando a cabo en el sector de Stalingrado y el Don. El objetivo era apoderarse del saliente de Vitebsk, lo que requería primero la toma de la ciudad de Velikiye Luki. Con 3 divisiones, el general Purkaiev se lanzó, por el norte y por el sur, al ataque de la ciudad, defendida por un regimiento alemán en un frente de 21 km.

La ciudad quedó pronto rodeada y aislada del frente alemán. Se hicieron varios intentos de restrablecer el contacto con los sitiados, sin éxito. La presión era cada vez mayor, y los restos de los defensores se concentraban en dos núcleos, la fortaleza, y la «Posición Budapest», atrincherada en la estación de ferrocarril, donde se encontraba el jefe de la guarnición, Teniente Coronel Von Sass. A duras penas, se lograba abastecerlos desde el aire.

Por fin, una cuña blindada logra llegar a la fortaleza, pero un obus con suerte deja fuera de combate un panzer en la entrada, quedando los demás inmovilizados en el patio de armas. Los salvadores quedan integrados en la guarnición. Ya solo queda resistir.

El teniente Behnemann estaba en la posición Budapest. Al anochecer del día 14 de enero salió al puesto de observación. Los rusos estaban muy cerca. Mientras observaba las progresiones de un T-34, soldados rusos entraron en el bunker. También aparecieron junto al puesto de observación. Tenía a uno a menos de un metro. Behnemann no se movió de su sitio en todo el día. No quería caer prisionero. En sus bolsillos llevaba una pistola, 8 balas y 2 rebanadas de pan.

Estación de Ferrocarril. Posición Budapest.

Ya de noche comenzó la huida. Cerca del perímetro de la ciudad recibe el primer alto. Stoi!  Se tira al suelo y permanece haciéndose el muerto durante media hora. Aprovechando que sacaban de la ciudad una manada de caballos, sale caminando entre ellos. La inmensidad blanca se abre ante Behnemann. Después de llevar un rato andando se encuentra a un soldado alemán muerto, más allá a otro. La macabra escena se repite cada 50 metros. Son parte del grupo de heridos que prefirió escapar a quedarse.

Consultó la brújula. Cuatro días antes había señalado la línea trigonométrica orientada a un punto a 4 km al norte de la ciudad. Se trataba de una de las rutas de abastecimiento de corrían de este a oeste. Había multitud de cables de campaña rusos y Behnemann cortó bastantes de ellos la primera noche. A las 24 horas llegó al río Lovat y siguió por la orilla en dirección norte. A las 5 horas cruzó el Nasva cerca de Molodi. Comenzaba a clarear el día así que decidió esconderse en unos matorrales altos que había en las cercanías. Cada media hora hacía una decena de flexiones, una breve carrera por las matas y durante unos minutos se golpeaba el cuerpo con los brazos.

Con la llegada de la segunda noche comenzó a andar por un denso bosque primero y por una zona pantanosa después. Atravesó por segunda vez el helado Nasva y se dio de bruces con un centinela ruso que le pidió la contraseña mientras amartillaba su fusil. Behnemann echó a correr entre las balas y se acurrucó en un hoyo. Oía las voces de los centinelas y pensaba «acabarán por encontrarme», pero tuvo suerte: unas densas nubes ocultaron la luna y se salvó. Tras un rato de espera siguió avanzando hacia el oeste hasta el amanecer, que llegó a la linde del bosque. Oyó voces. Estaba en una línea de vigilancia enemiga con ametralladoras cada 200 metros.

Se llevó a la boca el último pedazo de pan y un puñado de nieve. Tendría que esperar a la noche. El frío se iba filtrando en su cuerpo. Le dolían la cabeza y el pecho, y la respiración era fatigosa. Se tomó el pulso: 45 pulsaciones, el mínimo antes de empezar a helarse. A las 17 horas comenzó el relevo de los centinelas rusos. Era la ocasión que estaba esperando. La luz de la luna lo iluminaba todo y ya no tenía fuerzas para culebrear. Se resignó. Parol!  Sonaron varios disparos de fusil y alguna ráfaga. Siguió andando evitando los matorrales y al cabo de un tiempo pudo ver en perspectiva toda la línea rusa apuntando hacia el oeste. Continuó arrastrándose para no ser visto, perdiendo los guantes. Para evitar la congelación, se enfundo en las manos su quepis rasgado.

Las fuerzas se le escapaban. «Ya no puedo más» pensaba, pero luego recapacitaba: «Aun podré avanzar otro poco». Behnemann se detenía cada media hora hasta que el frío le llevaba al peligroso límite de la indiferencia que acarrea la muerte. Al final de la tercera noche encontró un granero. Entró y se tumbó en la paja para dormir. Sin embargo, el hambre, la sed y el temor a congelarse lo hicieron levantarse. No quería morir sobre la paja. Salió y a lo lejos se divisaban unas granjas. De pronto alguien gritó Parole!

Vaya, otra vez. Pero algo le cruzó la mente. Parole, con e, no era una palabra rusa. Le costaba trabajo pensar. Avanzó 500 metros, escogió una casa y llamó. Al abrirse la puerta Behnemann preguntó «¿Germanski o ruski?». La respuesta fue «Germanski». Era la 5ª Batería del 80 Regimiento de Artillería Blindada, 8 División Bindada. Los soldados contemplaron con espanto a la extraña figura que acababa de cruzar el umbral. La espectral aparición mirabga la estufa y la marmita de café de malta que había sobre ella. Behnmann cogió una taza y se sirvió un poco de café mientras murmuró – «Vengo de Velikiye Luki»-.

Tomado de Tierra Calcinada, Paul Carell.

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