«La funesta orden de ‘¡alto!’ del Hitler». Así titula Guderian el subepigrafe de sus memorias dedicado a la para de los panzer ante Dunkerque.

En estos días hubo una injerencia del mando supremo en las operaciones que hubo de influir del modo más perjudicial en el curso total de la guerra. Hitler detuvo el ala izquierda del Ejército en el Aa.  El paso del río fue prohibido. No se dio a conocer el porqué. La orden contenía la frase: «Dunkerque se deja a cargo de la aviación. Si la conquista de Calais tropieza con dificultades, se deja también a cargo de la aviación».

El contenido de la orden se transmitirá oralmente. Quedamos sin habla. Pero desconociendo los fundamentos es difícil rebatir una orden. Las divisiones panzer recibieron así la consigna: «hacer alto en la línea del Canal. Utilizar la interrupción para realizar reparaciones». La intensa actuación de la aviación enemiga no encontró apropiada resistencia.

El 25 de mayo al amanecer me trasladé a Watten para visitar al regimiento Leibstandarte y cerciorarme por mí mismo de que había sido cumplida la orden de alto. Al llegar a Watten encontré al Leibstandarte avanzando hacia el Aa. En la orilla opuesta estaba el Wattenbert, de 72 metros de altura, suficiente para dominar por completo los alrededores. En la colina encontré, en las ruinas de una vieja aldea, al jefe Sepp Dietrich.

A mi pregunta de por qué no había sido cumplida la orden contestó que el Wattenberg en una o en otra orilla «era una constante amenaza», así que había tomado la decisión de conquistarlo sin demora. El Leibstandarte, y junto a él, a su izquierda, el Regimiento Grossdeutschland, estaban avanzando en dirección a Wormlhoudt-Bergnes.

Observando este favorable desenvolvimiento confirmé la decisión del jefe en lugar y posición y me preocupé de que se aproximase la 2.ª División Panzer con objeto de dar apoyo al avance.

Bulougne cayó por completo nuestras manos durante estos días. La 10.ª División Panzer estaba dispuesta para combatir por la ciudad de Calais. El comandante inglés, brigadier Nicholson, había contestado lacónica a la solicitud de rendición: «La respuesta es no, por ser el deber del ejército británico luchar, al igual que lo es para el ejército alemán». Así pues, había que combatir.

El 26 de mayo cayó Calais en manos de la 10.ª División Panzer. Al mediodía estuve en el puesto de mando de la división y pregunté a su comandante, el general Schaal, si quería dejar el ataque para la aviación como estaba ordenado. Contestó negativamente porque consideraba insuficiente la eficacia de nuestros bombarderos contra los espesos muros y revestimientos de tierra de las viejas obras. Además, de producirse un ataque de bombarderos, las posiciones alcanzadas en la periferia de la ciudad hubieran tenido que desalojarse para volver a conquistarlas de nuevo.

No tuve más remedio que compartir su opinión. A las 16:45 capitularon los ingleses. Veinte mil prisioneros cayeron en nuestras manos; de ellos tres o cuatro mil ingleses y el resto franceses, belgas y holandeses, de los cuales la mayor parte no habían querido continuar luchando y fueron encerrados en las bodegas por los ingleses.

En Calais encontré, por primera vez desde el día 17 de mayo, al general Kleist, que me hizo presente su reconocimiento por el comportamiento de las tropas. Al día siguiente pugnamos de nuevo por llevar adelante el ataque en dirección a Dunkerque y cerrar el cerco de la fortaleza marítima. Pero entonces se recibió la orden de alto. ¡A la vista de Dunkerque nos deteníamos! Vimos los ataques aéreos alemanes. Pero veíamos también las pequeñas embarcaciones de todas clases con las que abandonaban los ingleses la fortaleza.

Continúa en Dunkerque 1940: la orden de alto contada por Guderian (II)

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