Hoy veremos como eran los ejércitos protestantes a los que se tuvieron que enfrentar Ambrosio Spinola y Gonzalo de Córdoba en la invasión del Palatinado a comienzos de la Guerra de los Treinta Años: levas, pagas, alcance de los juramentos de fidelidad a la bandera, contratos, etc

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Con el desarrollo de la artillería y en mayor medida del mosquete, las antiguas levas feudales, compuestas de campseinos sin instrucción en la guerra, se habían vuelto prácticamente inútiles. Solo los soldados profesionales podían ofrecer la necesaria precisión en la ejecución de las maniobras tácticas. La infantería se componía ahora de piqueros y mosqueteros/arcabuceros, los primeros para las acciones defensivas y los segundos para las ofensivas.

Con la mejora continua en la eficiencia del mosquete la importancia del piquero fue menguando a lo largo del siglo XVII en la misma proporción, pero en el primer cuarto de siglo el porcentaje medio de cada tipo en un regimiento de infantería venía a ser prácticamente el mismo. Desde el punto de vista de la operatividad, para el manejo efectivo de ambas armas se necesitaba un largo periodo de tiempo de instrucción.

La caballería, constituía alrededor de una tercera parte de los efectivos de un ejército de la época, y era de gran importancia entre los ejércitos protestantes, especialmente en Alemania, al menos en el ataque. Solían ir armados algunos con lanzas y algunos con pistolas, aunque las armas de fuego estaban sustituyendo a la lanza más rápido que en la ifnantería. En batallas en campo abierto, una caballeria poco entrenada era prácticamente inútil, y suponía un gran riesgo para los contingentes de infantería, que podían ser rodeados por los flancos o por roturas en la línea. Sin embargo, si las formaciones de caballería estaban bien entrenadas suponían un gran peligro si eran bien empleadas. A veces, de la ejecución de ciertas maniobras complicadas por parte de las unidades de caballería podía depender el éxito o fracaso de todo el ejército.

En esa época ningún estado había desarrollado un sistema de conscripción capaz de maneter un ejército nacional enteramente entrenado, aunque España era la que más se aproximaba con su cuadro de unidades permanentes. La costumbre de ese tiempo cuando un gobierno iba a la guerra era contratar los servicios de un buen general profesional. Estos profesionales  contaban habitualmente con un pequeño estado mayor de oficiales expertos en reclutar y entrenar a las levas rápidamente. Los ejércitos así alzados no tenían en cuenta raza, nación o religión, y estaban formados por las capas más bajas de la sociedad o por los excesos de población de algunos distritos superpoblados.

En Suiza y el norte de Italia, por ejemplo, los excedentes de población eran grandes y sus territorios estaban en condiciones de dar más reclutas que los estados alemanes, donde la cuestión de la superpoblación era menos grave. Una vez alistados, los soldados eran fieles solo a sus banderas. El juramento que tomaban no se dirigía a ningún oficial, líder, gobernante, nación o estado, sino a la bandera. Y si la bandera era capturada durante una batalla, los soldados tenían la libertad de seguirla y pasar al ejército contrario. En determinadas ocasiones tampoco surtía efecto la fidelidad al estandarte, y era habitual entre los prisioneros de guerra alistarse en el ejécito vencedor hubiera sido su bandera capturada o no.

Respecto a las condiciones del servicio, un soldado servía solo bajo contrato. Si tras la expiración del periodo firmado el soldado deseaba entrar a formar parte de otro ejército era libre de hacerlo. Los oficiales y los soldados cambiaban de servicio en servicio sin el menor escrúpulo, y acostumbraban a discutir los méritos acumulados en los distintos ejércitos durante las tardes alrededor de las fogatas en los campamentos de campaña.

En lo que respectaba a la remuneración, el emperador pagaba bien, pero se consideraba un servicio duro, «a la intemperie, secos o  mojados». El rey de Polonia pagaba todavía mejor, pero no se hacía cargo de la alimentación del ejército durante el invierno. Había también quien equiparaba una mensualidad a un periodo de entre seis y ocho semanas. El mejor servicio a ojos de los soldados profesionales lo ofrecían los Estados Generales, al ser a perpetuidad, y si perdían cualquier miembro o quedaban inútiles en combate, se beneficiarían durante toda su vida de la misma paga que tenían cuando quedaron inútiles.

Los generales estaban acostumbrados a ver a sus ejércitos menguar hasta la mitad de su tamaño por las deserciones durante los meses de invierno o cuando los acuartelamientos eran más incómodos de lo habitual. Teóricamente la pena por deserción era la muerte, pero debido a que muchos hombres regresaban en primavera atraidos por la expectativa de botín fresco, y por los ahorros que ello suponía en la caja de la compañía, los oficiales juiciosos no solían reprimirlos en exceso.

Conde de Mansfeld

A modo de ejemplo, la reputación profesional del conde de Mansfeld residía en su capacidad para la organización. No era un buen táctico, pero sin embargo era un genio en la gestión del dinero de sus empleadores cuando se trataba de levantar un ejército y de acuartelarlo. Podía alzar un ejército en un tiempo record y mantenerlo a un coste muy razonable, al menos para sus empleadores. Para los coamesinos que tenían que alojar a sus hombres, sin embargo, el coste podría no parecer tan razonable, y famosas fueron sus depredaciones en Franconia, en el obispado de Espira o en Alsacia.

Las correrías de este caudillo y la recluta de tropas por parte de los paladines protestantes para la defensa de Federico el Palatino se abordan en todo su detalle en mi libro LOS TERCIOS DE FLANDES EN ALEMANIA: LA GUERRA DEL PALATINADO (1620-23).

FICHA DEL LIBRO:
Colección Historia de los conflictos
14,8×21 cm.
Nº de páginas: 410 págs.
Incluye 27 páginas con mapas y croquis de batallas a todo color
Lengua: CASTELLANO
Encuadernación: Tapa blanda
ISBN: 9788494288418
Año edicón: 2014

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Aprovecho el hilo del artículo para adelantaros que en unos días estará disponible mi nuevo libro LOS TERCIOS EN AMÉRICA – LA JORNADA DEL BRASIL. SALVADOR DE BAHÍA 1624-1625

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