En su crónica sobre las Guerras de Flandes, cuenta Faminiano Estrada un curioso pasaje enmarcado en la camapaña del duque de Alba de 1568 contra el ejército invasor de Guillermo de Orange, en el que dicho duque se despacha con una buena salida ante el temor de un capitán sobre la gran alianza que había detrás del ejército protestante. Empieza así:

Marchaba a toda prisa Guillermo de Orange con un poderoso ejército formado en Alemania, porque el odio común contra la casa Austriaca de España había coaligado fácilmente a algunos Pontentados Herejes. Avivó la fragua la muerte de Egmont y Horn, recibida de todos ellos con execración; y el odio contra el duque de Alba, aumentado por esta causa. En el ejército, que pasó muestra en Aquisgrán, habían 28.000 soldados. De estos, 16.000 infantes y 8.000 caballos alemanes; y franceses y flamencos 2.000 de a caballo y casi otros tantos a pie.

A los alemanes habían prometido sueldos de cuatro meses el Elector Conde Palatino, el Duque de Witemberg y la Ciudad de Estrasburgo. Un mercader de España, muy poderoso en Amberes, tenía hecho asiento de pagar a los flamencos y franceses 1.800 escudos cada mes. Más el sustento de la caballería la asumieron parte el príncipe de Orange y su hermano, y parte los jefes de esa caballería, Casimiro, hijo del Palatino, el conde de Luarcemburg, dos de los duques de Sajonia, el conde de Hochtrat, y Guillermo Lumey, de los condes de la Marca.

Éste último, acérrimo enemigo de los católicos, decían se había obligado con bárbaro voto a no cortarse el cabello antes de vengar las muertes de Egmont y Horn. Orange, pasado antes de lo que se pensaba el Rin, con estas tropas, asentó sus Reales en la ribera del Mosa cerca de Maastricht, llenando de fama y terror Flandes.

El duque de Alba, que disimulaba admirablemente en los riesgos, y no temía tanto otra cosa, como que pareciese que temía, mostró desprecio de esta fama, en tanto grado, que describiéndole un capitán de infantería las tropas del de Orange con detalle, y amplificando la conspiración de tantos príncipes y reyes, porque también decía que el de Dinamarca y la de Inglaterra, habían enviado su tropas, éste le respondió con gran sosiego que ya sabía él a lo que llegaba aquella liga de tanto ruido: ni había para qué temer mucho aquella conjuración de los rebelados, contra la cual el rey había hecho otra alizanza mucho más fuerte.

Porque con el Rey de España se habían concertado los Reyes de Nápoles, de Sicilia, de Cerdeña, el Duque de Milán, el Príncipe de Borgoña y de Flandes, fuera de los Reyes de Perú, México y Filipinas. Con esta diferencia entre las dos ligas; que en la primera la disimilitud de naciones y naturales, y (aunque no hubiera otra cosa) el propio interés de cada cual, sería causa de discordias, y luego de soltarse fácilmente los lazos de la amistad: en la segunda estaríantodos a la voluntad de uno, y por eso sería eterna

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