Encontramos también esta idea de la guerra justa siglos más tarde en la figura del también ilustre pensador cristiano San Isidoro de Sevilla (556- 636 d.C.), quien sostiene:

Cuatro clases hay de guerras: justa, injusta, civil y plus quam civile. Guerra justa es la que se hace por acuerdo, a causa de hechos muy repetidos, o para arrojar al invasor. Guerra injusta la que no se apoya en legítima razón, sino en el furor” (San Isidoro de Sevilla, 2004, pág. 1215). Con el paso del tiempo, encontramos que a esta evolución hacia una concepción más guerrera de la religión se suman elementos como la integración de la ethos guerrera de los pueblos germánicos, su unión con la iglesia cristiana y la aparición del concepto de Paz y Tregua de Dios ya en el s. XI. Será en este siglo cuando la confluencia de una serie de factores, junto con esta evolución marcará un salto cualitativo. Para ello jugaría un papel trascendental la reforma religiosa de dicho siglo que afectó a una renovación de las costumbres y la moral de la Iglesia.

La idea de la guerra santa se desarrollaría en Occidente bajo la égida del papado. Fueron los ataques musulmanes por toda Europa lo que impulsaría a los cristianos a tomar las armas para poder defenderse. Pero a mediados del siglo XI el peligro musulmán se encontraba muy atenuado, en España, el norte de África y en Sicilia los estados musulmanes se encontraban en un proceso de disgregación. En el 1058, con ocasión de la primera alianza entre los normandos y el papado, los primeros propusieron la conquista de los musulmanes de Sicilia, destacando el hecho de que el papado diese su bendición a una campaña ofensiva contra el Islam (además con esta maniobra el Papa buscaba volver a vincular a los cristianos griegos de la Italia meridional con Roma).

Algo similar se dio en España, donde se sumaron al esfuerzo de los reinos de la Península Ibérica refuerzos franceses, en general señores atraídos por la predicación realizada por la orden de Cluny. La intervención papal se produjo bajo la influencia de Cluny. En España el Papa (al igual que en el sur de Italia) buscaba la reintegración religiosa puesto que la iglesia española debido a sus condiciones de vida bajo el Islam había experimentado un desarrollo en ciertos aspectos diferentes de los usos de la Iglesia romana. La reforma de la Iglesia implicaba una unidad de dirección del papado y por tanto la desaparición de las tendencias autonomistas (Cahen, 2001, págs. 81-83).

A esto se une que la Reconquista, además de producirse en un marco temporal y espacial definido, es la ideología que subyace a la expansión cristiana por la península y que defiende la restauración de antiguo reino cristiano visigodo, por lo tanto defendiendo la recuperación de las antiguas tierras cristianas perdidas. La Reconquista puede ser considerada el primer ejemplo de un esfuerzo concertado de los cristianos en la conquista de territorio a los musulmanes. De este modo, la lucha en la Península Ibérica y en Sicilia contra los infieles supuso un ejemplo para el establecimiento del ideal de cruzada en el sentido de una guerra santa penitencial, por el que sus guerreros merecían una recompensa.

Podríamos definir la cruzada como un tipo de guerra santa, autorizada por el papado, en defensa de la Iglesia, la fe y el pueblo cristiano, en principio defensiva, y por la cual sus combatientes conseguían, como premio principal, el perdón de sus pecados, junto con otros privilegios, emanados originalmente del voto peregrino. Como podemos ver, la idea de una guerra santa contra Islam fue haciéndose cada vez más aceptable para los poderes seculares y religiosos de Europa occidental.

La idea de liberar Tierra Santa empezó a plantearse tras la derrota total del emperador bizantino Romano IV en Manzikert a manos de los turcos selyúcidas en el 1071. Esta batalla significó la ocupación turca de la península de Anatolia y el corte de la vía terrestre de peregrinación a los Santos Lugares, además el desastre justificaría posteriormente la cruzada al verse que Bizancio era incapaz de proteger a la Cristiandad oriental (Runciman, 2016, pág. 65). Los turcos conquistaron Jerusalén en el 1076, y en el 1085 Antioquía, que hasta entonces había pertenecido a los griegos.

De este modo, desde mediados del siglo XI el Imperio Bizantino se encontraba inmerso en la lucha contra las incursiones de los turcos selyúcidas procedentes del este, los ataques en la frontera danubiana de los bárbaros del norte, y la amenaza por el noroeste de los servios, la de los búlgaros y la normanda desde Italia. Junto a estas amenazas militares el Imperio Bizantino también debía hacer frente a un conjunto de rebeliones e intrigas internas por el poder. Ante estas desastrosas circunstancias, el emperador Alejo I Comneno (1081-1118) se dirigió entonces al Papa Urbano II pidiéndole ayuda militar, en forma de soldados mercenarios cristianos que ayudaran a defender y recuperar las fronteras del Imperio Bizantino. Los embajadores bizantinos con la petición del emperador se reunieron con Urbano II cuando se encontraba en el sínodo de Piacenza (norte de Italia), en el 1095. El Papa partió de allí al sur de Francia, y se entrevistó con el obispo Ademaro de Puy y con el conde Raimundo de Tolosa y de Saint Gilles, con los que habría madurado la idea de una cruzada.

Esta llamada de socorro por parte de Bizancio hizo ver a la Iglesia Católica que se le presentaba una gran ocasión para lograr la reunificación con los cristianos ortodoxos tras el cisma producido en el 1054. Debido a disputas teológicas entre Roma y Constantinopla sobre la reforma de la Iglesia y el papel de la autoridad papal, en el año se había producido el conocido como Cisma de Oriente o Gran Cisma, dando como resultado la división de los cristianos en dos ramas: orientales y occidentales, que más tarde pasarían a denominarse como Iglesia oriental ortodoxa e Iglesia católica romana (Nicolle, 2010, pág. 8).

Esta expedición también serviría para imponer cierta paz en una Europa asediada por las constantes luchas entre nobles (ya que durante los siglos IX-X se incrementaron notablemente las contiendas y esto supuso un empobrecimiento del campesinado y la depredación de los bienes de la Iglesia. De ahí que los obispos y los sínodos exigieran en varias ocasiones la paz de Dios) al encaminar la lucha contra los musulmanes. A su vez supondría un enriquecimiento económico para la Iglesia ya que muchas personas venderían sus tierras para poder sufragar los gastos del equipo militar.

Roma se alegraba de haber restablecido la relación con Bizancio, lo que le auguraba la recuperación de su influencia a nivel religioso. Por su parte, el emperador Alejo Comneno, necesitaba ayuda contra los selyúcidas, y no hubiera sido ninguna novedad el que fuerzas extranjeras mercenarias combatieran a favor de Bizancio. Según los cálculos del emperador, su actitud conciliadora hacia el Papa le valdría los refuerzos necesarios contra los turcos ya que, si bien es cierto había logrado reorganizar el ejército bizantino este por sí solo no tenía la fuerza suficiente como para expulsar a los turcos (Lehmann, 1989, pág.29). Sin embargo, lo que Alejo Comneno no podía imaginar era la repercusión que tendría su llamada de socorro, puesto que lo que él imaginaba es que se pondrían a su disposición contingentes de mercenarios como los que anteriormente habían combatido a su servicio y nunca habría imaginado que se encontraría con un ejército de miles de cruzados a las puertas de Constantinopla como ocurriría más tarde.

Tras aprobar el proyecto el papa Urbano II, en el concilio de Clermont, el 27 de noviembre del 1095 predicó la organización de una expedición militar para incitar a los fieles a liberar Tierra Santa de los musulmanes.

Según Fulquerio de Chartres, en su discurso el Papa dijo:

Aunque, oh hijos de Dios, vosotros habéis prometido más firmemente que nunca mantener la paz entre vosotros y mantener los derechos de la Iglesia, aún queda una importante labor que debéis realizar. Urgidos por la corrección divina, debéis aplicar la fuerza de vuestra rectitud a un asunto que os concierne al igual que a Dios. Puesto que vuestros hermanos que viven en el Oriente requieren urgentemente de vuestra ayuda, y vosotros debéis esmeraros para otorgarles la asistencia que les ha venido siendo prometida hace tanto. Ya que, como habréis oído, los turcos y los árabes los han atacado y han conquistado vastos territorios de la tierra de Romania, tan al oeste como la costa del Mediterráneo y el Helesponto, el cual es llamado el Brazo de San Jorge. Han ido ocupando cada vez más y más los territorios cristianos, y los han vencido en siete batallas. Han matado y capturado a muchos, y han destruido las iglesias y han devastado el imperio. Si vosotros, impuramente, permitís que esto continúe sucediendo, los fieles de Dios seguirán siendo atacados cada vez con más dureza. En vista de esto, yo, o más bien, el Señor os designa como heraldos de Cristo para anunciar esto en todas partes y para convencer a gentes de todo rango, infantes y caballeros, ricos y pobres, para asistir prontamente a aquellos cristianos y destruir a esa raza vil que ocupa las tierra de nuestros hermanos. Digo esto para los que están presentes, pero también se aplica a aquéllos ausentes. Más aún, Cristo mismo lo ordena.

Todos aquellos que mueran por el camino, ya sea por mar o por tierra, o en batalla contra los paganos, serán absueltos de todos sus pecados. Eso se los garantizo por medio del poder con el que Dios me ha investido. ¡Oh terrible desgracia si una raza tan cruel y baja, que adora demonios, conquistara a un pueblo que posee la fe del Dios omnipotente y ha sido glorificada con el nombre de Cristo! ¡Con cuántos reproches nos abrumaría el Señor si no ayudamos a quienes, con nosotros, profesan la fe en Cristo!


Inmediatamente y al grito de Deus vult! (Dios lo quiere) cientos de pequeños nobles organizaron ejércitos para participar en la expedición, atraídos tanto por las recompensas espirituales como por el deseo de obtener riquezas. Aunque los grandes príncipes y reyes debían hacerse cargo de sus responsabilidades y por tanto no podían participar, los caballeros occidentales respondieron de buen grado a la llamada del Papa. Aunque la motivación principal era religiosa, también había razones prácticas: especialmente en el norte de Francia se estaba dando una gran escasez de tierras, además la costumbre medieval de la primogenitura había dejado a muchos hijos segundones sin demasiadas opciones de vivir cómodamente y ansiosos de poder vivir aventuras y ganar su puesto. Por su parte, los campesinos cansados de sufrir penalidades a manos de sus señores también buscaron poder mejorar sus condiciones a través del botín que pudieran capturar, pero sobre todo buscaban alcanzar la salvación eterna y el perdón de los pecados que había prometido el Papa (Zaborov, 2016, pág. 61). Sean cuales fueren los motivos personales que impulsaron a cada persona a dejar su hogar y a embarcase en la aventura, la Primera Cruzada ya estaba en marcha. La historia para recuperar Tierra Santa de las manos de los infieles acababa de comenzar.

 

Bibliografía

Anónimo (2002). El Corán, ed. de J. Vernet. Barcelona: Editorial Optima.

Cahen, Claude (2001). Oriente y Occidente en tiempos de las cruzadas. Madrid: Fondo de Cultura Económica de España.

De Hipona, Agustín (2006). La ciudad de Dios. Madrid: BIBLIOTHECA HOMO LEGENS.

De Sevilla, San Isidoro (2004). Etimologías. Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos.

García-Guijarro Ramos, Luis (1995). Papado, cruzadas y órdenes militares, siglos XI-XIII. Madrid: Cátedra.

Hooper, Nicholas y Bennett, Matthew (2001). Atlas ilustrado de la guerra en la Edad Media, 768-1492. Madrid: Akal.

Lehmann, Johannes (1989). Las cruzadas. Barcelona: Ediciones Martínez Roca.

Nicolle, David (2011). La lucha por Tierra Santa. La Primera Cruzada 1096-1099. Barcelona: RBA.

Pirenne, Henri (1997). Mahoma y Carlomagno. Madrid: Alianza Editorial.

Portela, Ermelindo et.al (1992).  Historia de la Edad Media. Barcelona: Ariel.

Riley-Smith, Jonathan (2012). ¿Qué fueron las cruzadas? Barcelona: ACANTILADO.

Runciman, Steven (2016). Historia de las Cruzadas. Madrid: Alianza Editorial.

Zaborov, Mijaíl (2016). Historia de las cruzadas. Madrid: AKAL.

Rodríguez García, J. Manuel. “Predicación de cruzada y yihad en la Península Ibérica: una propuesta comparativa”. Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval. Nº 17 (2011).

Rodríguez De La Peña, M. Alejandro. “Monacato, caballería y reconquista: Cluny y la narrativa benedictina de la guerra santa”. Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval. Nº 17 (2011).

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  1. Dani says:

    En 1076 los turcos toman Jerusalem ¿a quien se la quitan? Porque tenía entendido que los bizantinos hacía siglos que no la dominaban.

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