Desde hace unos años, la presencia de contratistas privados en escenarios bélicos como Irak o Afganistán se ha convertido en una imagen de lo más frecuente.

Lansquenetes alemanes, obra de Peter Dennis.

Parece que la antigua profesión de mercenario ha vuelto con fuerza a la vida en pleno siglo XXI, generando un mercado global en el que se mueven ingentes cantidades de dinero. Este nuevo escenario está conformado por numerosas empresas privadas que ofrecen sus servicios de seguridad al mejor postor, adaptando sus misiones y actividades en función de la demanda del mercado. La demanda cada vez mayor a nivel mundial de las actividades de este tipo de empresas nos lleva a plantearnos si podría llegar a darse en España un uso tan intensivo de estas compañías como el que realizan otros países.

Es de resaltar el hecho de que no está claro el estatus de estos contratistas al haber una gran disputa en torno a si se les puede considerar mercenarios o si las compañías militares privadas son un nuevo elemento dentro de la seguridad. La figura del mercenario ha sido un elemento muy presente en los campos de batalla a lo largo de toda la historia ya desde la Antigüedad, siendo especialmente relevantes durante el siglo XVI en las numerosas guerras que enfrentaron a las mayores potencias europeas del momento.

Tradicionalmente los lugares de origen de estos mercenarios solían ser regiones de Europa con escasos recursos y exceso de población, ofreciendo la vida militar la posibilidad de obtener mayores riquezas, así como viajar a otros lugares y vivir nuevas experiencias. La existencia de estos soldados permitía a los reyes contar con auténticos soldados profesionales, en contraposición a la falta de experiencia de los típicos ejércitos medievales. De este modo, la presencia de unidades mercenarias fue siempre constante, sin embargo su eficacia no estaba siempre garantizada ya que vivían de la guerra y les interesaba el máximo alargamiento de los conflictos.

En el año 1648 habría de firmarse la Paz de Westfalia y con ella se pondría fin a la Guerra de los Treinta Años, a la vez que se produciría el nacimiento del Estado-Nación. Militarmente esto habría de traducirse en una progresiva desconfianza en la figura del mercenario al no adaptarse al principio de soberanía nacional, al erigirse el Estado con la exclusividad del control de la fuerza militar. Esta decadencia de la figura del mercenario iría incrementándose, especialmente tras la Revolución Francesa, donde los ejércitos dejan de ser propiedad del rey y pasan a ser de la nación, siendo obligación de los ciudadanos la defensa de la patria y surgiendo ejércitos basados en el sentimiento nacional y las levas (Puell de la Villa, 2017, págs. 69-70).

De este modo, la figura del soldado de fortuna no llegó a extinguirse completamente, pero si quedó muy marginada y relegada a la contratación individual. Sería ya en el marco de la Guerra Fría, especialmente con los movimientos descolonizadores cuando volverían a rebrotar con fuerza los mercenarios. Especial protagonismo tuvieron en el escenario africano, donde el estallido de numerosos conflictos facilitó su contratación por diversas facciones (a menudo incluso por las propias metrópolis para seguir manteniendo sus intereses). Esta actuación fue muy criticada, lo que condujo a numerosos estados africanos a impulsar la elaboración de leyes internacionales en contra del uso de mercenarios, que habrían de traducirse en diversas resoluciones de Naciones Unidas prohibiendo su uso (Laborie Iglesias, 2013, págs. 43-44).

Mercenarios de la empresa Executive Outcomes en Sierra Leona.

Sin embargo, esto no supuso el fin de los actores privados en la guerra. El fin de la Guerra Fría y la globalización habrían de dar paso a todo un nuevo panorama de amenazas: guerrillas, grupos paramilitares, señores de la guerra, terroristas, crimen organizado,… Estos elementos crearon una gran demanda en el mercado para garantizar la seguridad de gobiernos, organizaciones internacionales, ONG y grandes multinacionales. Así mismo, el final de la Guerra Fría se tradujo en una gran reducción de los ejércitos, buscándose ejércitos de pequeño tamaño pero con una gran profesionalidad y grandes capacidades, centrados principalmente en su capacidad operativa. Esto supuso que muchas de las antiguas funciones que antes realizaban los militares fuesen externalizadas y pasasen a ser gestionadas por empresas civiles privadas. Esta combinación de factores generó un nicho en el mercado que habría de ser ocupado por la nueva figura de los contratistas, agrupados en las entidades corporativas que habrían de ser las compañías militares privadas (Cruz Allí Turrillas, 2004, págs. 401-402).

Esta nueva demanda de seguridad permitió el rápido florecimiento de compañías militares privadas, que ofrecen toda una variedad de servicios hasta ahora reservados a los militares. En este mercado, los servicios ofertados varían de una compañía a otra, abarcando la práctica totalidad de las funciones militares: protección de autoridades, instalaciones y convoyes, apoyo logístico (en los aspectos de abastecimiento, mantenimiento y transporte), manejo de sistemas de armas y equipos, asesoramiento y adiestramiento de fuerzas militares y policiales, labores de inteligencia y reconocimiento, desminado y también acciones de combate directo (si bien es cierto que son pocas las empresas que lo ofertan debido a la asociación que se realiza con actividades mercenarias).

Contratistas de la empresa Blackwater protegiendo autoridades civiles en Irak.

Este mercado de contratistas está dominado principalmente por compañías de origen estadounidense o británicas, ya que por lo general estas empresas suelen permanecen asociadas a sus contextos nacionales. De este modo, las empresas han respondido a las necesidades de los gobiernos, siendo estos sus principales clientes. Esto se debe a que la contratación de estas compañías presenta grandes ventajas para los gobiernos como poder desplegar fuerzas en el extranjero con un coste político menor desde el punto de vista de la opinión pública (no afecta igual al público la muerte de un contratista que la de un militar uniformado) o poder incrementar inmediatamente el número de efectivos en un escenario sin tener que recurrir a la aprobación de largos trámites políticos y administrativos (Ibáñez Gómez, 2009, pág.129).

Sigue en España y las compañías militares privadas (II)

Otros artículos de Pablo García Sánchez,  Medidas a adoptar por inminente guerra con Estados Unidos – Análisis de un documento español de 1817 (I)

  1. David Jiménez says:

    Bueno, en España también se da en estos tiempos algo parecido aunque a nivel menor. Recordemos que hace bien poco (desconozco ahora cómo está el tema), se enviaba a los pesqueros que faenaban en el cuerno de África a antiguos infantes de marina, preferentemente de la antigua UOE, contratados por empresas de seguridad. Se equipó a los pesqueros con ametralladoras pesadas, nada menos.

    • Dani says:

      Eso sigue ocurriendo. Los atuneros del Índico van con seguridad privada y desde entonces o han sufrido ningún ataque. Eso de que eran antiguos miembros de la UEO………. alguno habría pero la mayorían no. Lo que si cambió es que se dejó de dar la subvención a los pesqueros, ahora se pagan ellos su seguridad.

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