Hace unos días se cumplía el primer aniversario de la muerte de Otto Carius, considerado el segundo as de carros más laureado de todos los tiempos.

Un aspecto menos conocido de su impresionante trayectoria es que finalizó la guerra dirigiendo una compañía de cañones de asalto Jagdtiger, a los que no tuvo en mucha estima.  Así lo cuenta en su libro de memorias Tigres en el Barro (Ediciones Salamina): El Hauptmann  Scherff era el comandante del 512º Batallón de Jagdtiger. Le estaba agradecido por aceptarme como jefe de compañía. Nuestro equipamiento fue bastante complicado. Los Jagdtiger venían de las factorías Hindenburg de San Valentín, cerca de Linz, mientras que los cañones procedían de Breslau. Los rusos ya la habían rebasado, por lo que tan solo pudimos armar treinta Jagdtiger.

Cada compañía recibió solo diez vehículos, que después de todo fueron suficientes, pues tampoco teniamos tripulaciones para más. La munición hubo que ir a buscarla a Magdeburgo. Los blindados fueron transportados por ferrocarril a Paderborn. Las compañías fueron reunidas allí y en Sennelager. Teníamos la impresión de que se nos consideraba el arma secreta que todavía podía salvar a Alemania.

Debido a que las piezas de los vehículos estaban en Döllersheim, cerca de Viena, tenía que recorrer una y otra vez los 1000 kilómetros que separaban Paderborn de la capital austriaca. Al calibrar los cañones de asalto en Sennelager experimentamos nuestra primera derrota. Pese a sus ochenta y dos toneladas nuestro Jagdtiger no quería operar como nosotros deseábamos, solo el blindaje era satisfactorio; su maniobrabilidad dejaba mucho que desear. Además, al ser un cañón de asalto no tenía torreta giratoria, tan solo una casamanta blindada y cerrada.

Para girar el cañón había que mover todo el vehículo. Debido a ello los diferenciales de la transmisión y de la dirección no tardaban en quedar fuera se servicio. También era absolutamente necesario, por ejemplo, diseñar un mejor dispositivo de anclaje del cañón de ocho metros de largo de nuestro Jagdtiger paralas marchas, pues el que tenía debía ser retirado desde fuera a la vista del enemigo. Por supuesto, durante la marcha por carretera era necesario fijar el tubo del cañón. De no ser así los cojinetes se desgastarían rápidamente y sería imposible apuntar con precisión.

Todos estos problemas eran rematados por el hecho de que un carrista no puede sentirse cómodo en un cañón de asalto: queremos poder girar nuestra arma 360 grados, de lo contrario no tenemos sensación de seguridad y de superioridad; mas bien nos sentimos como si tuviéramos el aliento de alguien en la nuca.

Edición española de sus memorias: Tigres en el Barro (Ediciones Salamina)

Sepp Moser se entregó a la calibración de los cañones de asalto de una manera conmovedora. No acertábamos ni una, por lo que no tardamos en hartarnos. Finalmente, el armero lo revisó todo y entonces las cosas fueron mejor. Descubrimos que el cañón, debido a su enorme longitud, se movía tanto como resultado del más pequeño de los desplazamientos campo a través que su alineamiento se desajustaba con el instrumental óptico. La cosa prometía ser muy divertida: ¡No funcionaba antes incluso de vernos frente al enemigo!

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  1. arturo says:

    Tengo este libro de Platea y lo recomiendo a cualquiera. Te haces una idea de cómo era el trabajo interno y táctico de manejo de un Tiger. Enhorabuena por el libro.

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