Cuando el capitán de corbeta Nonaka entró en su aparato, afirmó, «Este es mi Manatogawa» – una referencia a la heroica lucha de Masashige Kusonoki con 700 hombres contra muchos miles en el río Minato en 1336.

Esta vez la superioridad numérica a la que se enfrentaría era mucho mayor. Ya que de los 55 Zeros asignados a la escolta de la fuerza Ohka, solo pudieron realizar la misión 30. Ocho no lograron despegar y 17 tuvieron que volver por fallos de motor. Aún así, el almirante Ugaki decidió que la fuerza Ohka continuase con la misión encomendada. Los 18 Bettys con su exigua escolta volaron hacia sus blancos de la Fuerza de Combate 58.1 del almirante Clark, que incluía a los portaaviones de batalla Hornet, Bennington y Wasp (éste útlimo con graves daños causados por un ataque kamikaze el 19 de marzo pero todavía operativo) y el portaaviones de escolta Belleau Wood, escoltados por los acorazados Massachusetts e Indiana y una poderosa fuerza de cruceros y destructores.

Los pilotos de los Ohka iban en el interior de su avión nodriza hasta llegar a unos 80 kilómetros del área del blanco. Una vez allí, se suponía que el protocolo de ataque debía ser el siguiente: se despedían de la tripulación y bajaban a la cabina de sus Ohka por el compartimiento de bombas. La carlinga era cerrada desde el exterior por un miembro de la tripulación. Ambos podían comunicarse por un tubo acústico hasta el momento del lanzamiento. Luego, avisados por el piloto del bombardero, el piloto de la Ohka presionaba la palanca que liberaba la bomba tripulada a una altitud de entre 6.000 y 8.000 metros a unos 37 kilómetros del blanco.

La Ohka iniciaba entonces una primera etapa del vuelo planeando hasta alcanzar una velocidad de 370 – 450 kilómetros por hora. Cuando estaba a menos de un minuto de vuelo del blanco, el piloto conectaba la ignición eléctrica del cohete. La duración de la aceleración era de entre 8 y 10 segundos y alcanzaba unos 649 kilómetros por hora a 3.500 metros de altitud. En su picado final sobre el blanco, a un ángulo de 50 grados, la Ohka alcanzaba su velocidad punta de unos 933 kilómetros por hora. Si podía, el piloto nivelaba en el último segundo para impactar en la línea de flotación del blanco.

Con una cabeza explosiva de 1.200 kilos de tri-nitroaminol, podía hundir fácilmente a un gran navío de batalla si lograba un buen impacto. Con la velocidad final de aproximación, la Ohka era invulnerable a cualquier intento de intercepción por los cazas de la marina estadounidense o a cualquier pantalla de la artillería antiaérea de los buques.

Los bombarderos del 721.er Kokutai y sus escoltas fueron detectados por los piquetes de radar norteamericanos a unos 130 kilómetros al noroeste de la Fuerza de Combate naval y los portaaviones lanzaron de inmediato cazas para reforzar la patrulla aérea hasta los 150 aparatos. Los primeros en encontrar a la fuerza Ohka, a unos 111 kilómetros de los portaaviones, fueron 24 F6F Hellcats del Hornet (VF-17 y VBF-17) y del Belleau Wood (VF-30).

Los pilotos de los Ohka nunca llegaron a tener la oportunidad de entrar en las cabinas de sus bombas volantes y continuar con el protocolo de ataque. Los pilotos de los bombarderos se deshicieron de ellas tan pronto como se vieron atacados por los aviones norteamericanos. Pero ni siquiera esta medida desesperada logró salvar a los bombarderos. En cuestión de 20 minutos fueron todos derribados por los Hellcats del Hornet. Tampoco la escolta de Zeros salió bien parada, sufriendo el derribo de 20 cazas frente a la pérdida de un solo Hellcat norteamericano. Solo uno o dos Zeros lograron regresar a Kanoya y contar el fracaso total de la misión Ohka. Se dice que el almirante Ugaki lloró al recibir la noticia.

Viene de Viento divino – El fenómeno kamikaze japonés (XXVII). Ataque de las Ohka al 58 Grupo de Combate (I)

  1. Dani says:

    Pues si que era como para llorar. ¿No podían haber planificado de otra manera la misión? ¿No sabían que volando bajo eludían el radar? En fin no se………….

    • Hugo A Cañete says:

      Era una situación desesperada Dani. La Ohka necesitaba distancia y altura para operar y los piquetes de radar los hubiesen detectado al ascender para ponerse en posición. Además de que esos bombarderos con el peso extra de la bomba volante no hubiesen sido muy rápido en concluir el ascenso.

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