Diciembre se estaba convirtiendo en un mes muy largo en el centro de Finlandia. Mientras el Ejército Rojo desencadenaba un asalto tras otro contra las defensas finlandesas en el istmo de Carelia y en la propia Carelia oriental, y tras la ocupación de Petsamo, en el norte, una larga columna de fuerzas soviéticas se había abierto paso desde la frontera para dirigirse a Oulu, en la costa del golfo de Botnia, y partir el país en dos. Sin embargo, entre la nieve y los bosques, y sometidos a temperaturas inhumanamente bajas, los soldados de la 163.ª División de Fusileros del Ejército Rojo acabaron por detenerse en la pequeña localidad de Suomussalmi. Entonces hicieron acto de presencia los finlandeses. Acostumbrados al terreno, expertos esquiadores y muy motivados, los hombres del 27.º Regimiento se lanzaron, desde la espesura, contra los invasores, y los obligaron a agruparse en cinco posiciones, posiciones fortificadas para unos, mottis para otros. Lo que debía ser la salvación de aquellos soldados pronto se convertiría en su ruina.

Un T-26 varado sobre la nieve. Le falta la cadena derecha.

La idea de los cercados era aguantar hasta la llegada de refuerzos, y no cabe duda que el avance de la 44.ª División de Fusileros, una unidad de élite, por la carretera de Raate, les dio un atisbo de esperanza. Pero bastaron dos compañías para detener a la fuerza de rescate. En medio de una naturaleza hostil, las tropas motorizadas no habían sido capaces de desplegarse. Una vez controlada la situación en la carretera, los finlandeses se dispusieron a acabar con las tropas enemigas cercadas.

La idea era desencadenar el ataque el día 25 de diciembre, pero los cercados se les adelantaron. Apoyados por cazas y bombardeos, los soviéticos abandonaron sus mottis y trataron de avanzar por la carretera de Raate. Si la 44.ª no podía legar hasta ellos, entonces sería tarea suya restablecer el contacto. Los combates, sumamente duros, se alargaron durante toda la jornada. Al final, ambas partes estaban exhaustas y nadie había ganado nada. Los soviéticos volvieron a sus perímetros defensivos y los finlandeses se detuvieron a descansar y a preparar de nuevo el asalto.

Dos combatientes soviéticos congelados en el fondo de un pozo de tirador.

El asalto definitivo comenzó el 27 de diciembre. Bien desplegados, los finlandeses empezaron a presionar al enemigo cercado no solo en el pueblo de Suomussalmi, en la orilla este del lago, sino también en Hulkonnieni, en la orilla oeste, y en la carretera que iba hacia el norte, donde diversas agrupaciones del Ejército Rojo aguantaban en medio de la nieve. Los combates fueron muy duros. Los atacantes no solo aparecían y desaparecían entre los árboles como fantasmas, sino que también cruzaron el lago helado para lanzarse contra sus enemigos. Poco a poco, fueron ganando terreno y, tras tres días de intensos combates, los defensores del pueblo rompieron filas y empezaron a huir, cruzando el lago, hacia el norte. Por primera y única vez durante la guerra, los combatientes finlandeses de Suomussalmi pudieron ver a su propia aviación, y no la del enemigo, ocupando el cielo sobre el campo de batalla. Dos Bristol Blenheim que bombardearon a los soviéticos en fuga.

Una columna de camiones detenida sobre la nieve. Hoy resultaría inimaginable conducir en estas condiciones.

Ese mismo día 30 de diciembre la 44.ª División de Fusileros lanzó un nuevo asalto contra la barricada que cerraba la carretera, pero para entonces los defensores habían recibido un batallón entero de refuerzo, y los soviéticos no pudieron pasar. Al otro lado, congelados, hambrientos, muertos, heridos o capturados sus combatientes, la 163.ª División de Fusileros había dejado de existir. El botín obtenido por el Ejército finlandés ascendió, según sus propios informes, a 633 fusiles, 33 ametralladoras ligeras, 19 pesadas, 12 piezas contracarro, 27 piezas de artillería o antiaéreas, 26 carros de combate, 2 coches blindados, 2 ametralladoras antiaéreas, 350 caballos, 181 caballos, 2 coches de mando, 11 tractores, 26 cocinas de campaña, 800 000 balas de fusilería, 9000 proyectiles de artillería y otros muchos enseres. Es más difícil calcular la cifra de bajas que sufrieron los soviéticos. Sus propias fuentes no lo especifican, y los finlandeses indicaron haber recogido 5000 cadáveres sobre el campo de batalla. Por su parte, indicaron que sus bajas ascendían a 350 muertos, 600 heridos y 70 desaparecidos.

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