A continuación extracto un fragmento del capítulo Operaciones especiales de mi último libro Los tercios en combate. Acciones y batallas de la mejor infantería del mundo con una curiosa forma de proceder y un final inesperado.

En el mes de noviembre de 1582, tras el prolongado y duro sitio de Lochem, Francisco Verdugo se dirigió al castillo de Lingen, donde había dejado a su familia como gesto de buena voluntad por unos quintales de pólvora que había necesitado para el sitio sin haberlos podido pagar. Una vez allí, el drosarte de Coevorden, que andaba por allí de visita, le comentó a Verdugo que la villa de Steenwijk la tenían los rebeldes muy mal aprestada y guarnecida, y que se podía tomar fácilmente por asalto.

El coronel español se puso a estudiar la posibilidad de darles un golpe de mano a los de aquella villa y envió exploradores que reconociesen la villa, el estado de sus defensas y los contornos. Una de las dificultades que se presentaban era que nadie conocía la profundidad del foso, esencial para plantarse en la muralla con garantías de no perecer ahogado. Verdugo concibió una idea para averiguarlo.

Envió a una mujer a Steenwijk a que se pasease por todo el perímetro de la muralla junto al foso. Una vez en la plaza, la mujer paseaba junto al foso y, de vez en cuando, fingía que se le volaba el sombrero al agua y entraba para recogerlo. Haciendo esta misma operación por distintos lados de la villa, comprobó su escasa profundidad, que no le llegaba el agua más alto de la rodilla.

Viendo Verdugo que la situación era propicia y la gran oportunidad de hacerse con aquella villa, mandó llamar a gente de los acuartelamientos de invierno para llevar a cabo la empresa. Las tropas, que llevaban ya unas semanas invernando, llegaron a Coevorden al mando del teniente coronel Taxis, descansadas y de muy buen ánimo, pese a ser el camino a Steenwijk difícil por las lluvias que azotaban el país, teniendo que avanzar a veces los hombres con el agua hasta la cintura.

Una vez llegaron a las inmediaciones de la villa el 17 de noviembre, esperaron a que se hiciese de noche, que fue muy oscura y cerrada, y situándose junto al lugar que había designado la mujer como de foso menos profundo, asaltó Taxis la villa y la tomó.

Todo acabaría aquí si no fuese por el comportamiento previo que habían tenido dos capitanes de la guarnición de Steenwijk unos días antes. Resulta que la villa de Hasselt a unos 30 kilómetros al sur de la suya continuaba siendo leal al rey y no había sido alborotada por los rebeldes, conservando en secreto la religión católica y sus iglesias intactas. Habían quedado olvidados de la guerra civil que azotaba Flandes y no habían recibido guarnición ni de rebeldes ni de tropas del rey.

Dos capitanes de la guarnición de Steenwijk habían sido informados finalmente del estado en que se hallaba Hasselt y organizaron una expedición nocturna con el propósito de apoderarse de la villa. Tras derribar la puerta de entrada y ocupar la villa, procedieron a profanar las iglesias, destruyendo las imágenes religiosas y haciéndoles aberraciones, como solía ser su costumbre.

Francisco Verdugo

Tras dejar una escuadra de soldados de guarnición, se volvieron los dos capitanes rebeldes a Steenwijk muy contentos fingiendo una procesión con las casullas, las cruces y una imagen de la Virgen que se habían llevado de los templos. De aquella manera entraron en procesión por una de las puertas de Steenwijk y una vez en el interior, subieron a la torre que dominaba la puerta y pusieron las casullas, las cruces, la Virgen y demás objetos sagrados allí diciéndoles con burla que guardasen bien aquella puerta mientras ellos iban a cogerse una buena borrachera con el saco que se habían traído de Hasselt.

Curiosamente, fue por este mismo lugar por donde asaltó la muralla el teniente coronel Taxis y ganó la ciudad. Como diría después Francisco Verdugo en sus memorias,

«fue Dios servido en venganza de su santísima madre por el escarnio
que se hizo a su imagen, que por aquella misma parte se volviese a
ganar la plaza sin pérdida de ningún soldado ni haber costado a su
Majestad más que los cuarenta táleros que se dieron a la buena mujer
y a su marido».

Si te gustó, también te pueden interesar las memorias del coronel Francisco Verdugo, La Guerra de Frisia.

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