Terminaba el mes de abril de 1941, en el que Rommel había desencadenado un violento ataque contra las posiciones británicas en Cirenaica que lo había llevado a sitiar Tobruk y posicionar sus tropas en la frontera líbico-egipcia, duplicando la extensión de sus líneas de suministro, desgastando la capacidad combativa de sus unidades y poniendo en jaque la posición del eje en el norte de África. Tal vez consciente de ello, los informes que enviaba a Berlín no eran claros, excepto en su reiterada solicitud de refuerzos. Realmente, en ese momento, la suerte de Rommel fue que los británicos, cuyas tropas, enviadas a Grecia, estaban siendo derrotadas, tampoco tenían la fuerza suficiente como para atacarlo.

Messerschmitt 109 en Áfrika. Magnífico avión, fue la columna vertebral de la Luftwaffe en este escenario.

Como hemos explicado en las anteriores entradas de esta serie, las peticiones de refuerzos inicialmente enviadas por Rommel fueron rechazadas, pero finalmente, en parte por intercesión de Hitler y en parte porque el general Halder, jefe del Estado Mayor General, consideraba que, en la situación en la que estaban, el eje no podía permitirse una retirada en el norte de África, se acordó enviar al otro lado del Mediterráneo cinco batallones de tropas, uno de ingenieros de asalto y dos batallones de artillería costera. Además, se ordenó acelerar el transporte por ferrocarril de las fuerzas de la 15.ª División panzer que seguían en tránsito hacia sus puertos de embarque en el sur de Italia.

Estos refuerzos, por supuesto, aún tardarían en llegar, por lo que se solicitó la intervención de la Luftwaffe. Por ello, el 26 de abril, dos gruppen de transporte (equipados con Ju-52) abandonaron los Balcanes con destino al sur de Italia con el fin de empezar a trasladar tropas y pertrechos hacia el norte de África, misión que iniciaron al día siguiente, día 27, trasladando a 800 hombres. La misión fue un éxito pero sus consecuencias resultarían penosas, porque debido a que los cazas pesados Me-110 disponibles fueron empleados escoltando a los aviones de transporte, los mandos de la flota italiana decidieron paralizar los convoyes que navegaban desde el sur de Italia, Nápoles fundamentalmente, hasta Libia, con lo que se había ganado por un lado, se perdió por el otro, o peor, si tenemos en cuenta que el armamento pesado solo podía llegar a bordo de los buques.

Buques destruidos en el puerto de Trípoli. Aunque la escena está datada en enero de 1942, había sucedido ya varias veces.

Hay que tener en cuenta que, con la campaña de Rusia en preparación y la de Grecia terminando, los recursos de la fuerza aérea alemana estaban sobre extendidos, sobre todo si tenemos en cuenta las misiones que tenía que cumplir en el Mediterráneo: proteger las flotillas de transporte que navegaban a y desde Libia, evitar que los cargueros que las componían fueran atacados en puerto mientras descargaban, mantener segura la navegación costera (tanto en Libia como en Italia) frente a eventuales raids británicos desde Malta, cubrir toda la zona de retaguardia de las tropas del eje en África, evitar que los británicos enviaran tropas y suministros, por mar, a Tobruk y, finalmente, servir como artillería para Rommel, que carecía de ella.

Algunas de estas misiones fueron un éxito rotundo, pues gracias a la llegada a África de un gruppe de cazas Me-109 y otro de bombarderos en picado, la fuerza aérea alemana consiguió la supremacía aérea sobre Tobruk y causó graves daños a los buques que suministraban la fortaleza; pero otras fueron un fracaso rotundo. El 16 de abril se perdió enteramente el Grupo de Transporte Marítimo 20 mientras navegaba hacia Libia, y el 21 las marina británica pudo bombardear Trípoli impunemente.

En este aeropuerto podemos distinguir los Junkers 52 de transporte, en el centro y la derecha, y los Messerschmitt 110 que les daban escolta, abajo a la izquierda.

Concluyendo, lo cierto es que esta primera aventura de Rommel es un ejemplo perfecto del fracaso operacional y estratégico que el famoso general protagonizó en África. Fiándose de su habilidad táctica, aquel mes de abril de 1941 lanzó un ataque contra los británicos que empeoró la posición alemana en Libia, poniéndola en grave riesgo, y obligó a sus superiores a enviarle fuerzas que eran necesarias para otros proyectos. Su suerte fue, como ya hemos dicho, que los británicos no estaban en condiciones de aprovechar la situación. No sucedería así en otras ocasiones, como cuando durante la operación Crusader envió a sus divisiones panzer hacia la frontera egipcia, permitiendo que las fuerzas atacantes británicas se recuperaran para acabar derrotándolo y mandándolo de vuelta a Tripolitania.

Rommel ante El Alamein, en junio de 1942. Los tiempos buenos estaban a punto de terminar.

Pero sin duda el paralelismo es especialmente llamativo en lo que a la ruptura de la línea Gazala y el avance hacia Egipto se refiere. La batalla comenzó el a finales de mayo, y a primeros de julio Rommel había derrotado a los británicos, tomado la fortaleza de Tobruk y avanzado hasta las puertas de Alejandría; pero también había agotado sus fuerzas, llevado su capacidad logística más allá de la eficacia y posicionado sus tropas demasiado lejos, dejando una interminable retaguardia a merced de los ataques del LRDG desde el desierto y de las fuerzas aeronavales británicas desde Malta y Alejandría. En ese momento, tal y como había hecho en ocasiones anteriores, dio la voz de alarma y pidió más tropas, y como había pasado anteriormente, se le enviaron. La diferencia, en esta ocasión, fue que los británicos si consiguieron reunir tropas para atacarlo. El resultado sería la batalla decisiva de El Alamein, que marcó el inicio del fin de la presencia del eje en África, y arrancó el proceso de decadencia de Rommel como jefe militar.

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