La Chispa que prendió la Guerra de Secesión (1861-1865). Refuerzos para fuerte Sumter.

Habíamos dejado a John Buchanan, presidente saliente de los Estados Unidos a finales de 1860, bastante decidido a no entregar el fuerte Sumter a la separada Carolina del Sur; y al general Winfield Scott preparando el envío de refuerzos a la exigua y asediada guarnición federal. Solo faltaba la orden definitiva, una orden que Buchanan no se atrevió a dar todavía con la excusa de que había que hacer las cosas bien, con caballerosidad, pues no era correcto enviar tropas al asediado puerto de Charleston antes de que los comisionados secesionistas de Carolina del Sur recibieran la respuesta escrita del presidente y pudieran reaccionar ante la misma.

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Charleston en 1860. Fuerte Sumter parece estar al fondo, hacia la derecha. 

Así estaban las cosas, el 2 de enero de 1861, cuando volvió a reunirse el gabinete presidencial. En esta ocasión el protagonista fue Jacob Thompson, secretario de Interior, quien se opuso radicalmente a las medidas acordadas en los días anteriores y amenazó con dimitir si el Brooklyn y los refuerzos eran enviados.

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La Chispa que prendió la Guerra de Secesión (1861-1865). La decisión presidencial.

Enfrentado al traslado de las tropas del comandante Anderson desde fuerte Moultrie a fuerte Sumter, como explicábamos en la entrada anterior, y a las recriminaciones de los representantes de Carolina del Sur que se habían trasladado a Washington con ocasión de la secesión acordada por la asamblea estatal el 20 de diciembre, el presidente saliente John Buchanan había decidido consultar con su gabinete en una reunión que tuvo lugar en torno a la media mañana del 27 de diciembre de 1860.

El vapor de guerra USS Brooklyn

Uno de los intervinientes en aquel encuentro fue el secretario de Guerra John B. Floyd, quien indicó que Anderson se había desplazado contraviniendo sus órdenes y con ello había violado la promesa implícita del presidente. La afirmación tenía algo de verdad, pues las órdenes iniciales de Floyd, enviadas a través del general don Carlos Buell, habían ido en esa línea; pero mucho de mentira pues Buell, una vez in situ, había ordenado a Anderson que se defendiera y conservara los fuertes, y esas instrucciones habían sido refrendadas por Floyd. En todo caso, terminó Floyd su alocución, lo que había que hacer ahora para que el presidente no perdiera su imagen de honradez era abandonar el puerto por completo. Esta postura se encontró con la oposición del fiscal general Edwin Stanton, quien habría afirmado que “un presidente de los Estados Unidos que emitiera una orden semejante sería culpable de traición”. “No es tan malo como eso, amigo mío, no tanto”, habría contestado Buchanan, pero lo cierto es que como presidente saliente se hallaba entre la espada y la pared; entre la futura toma de posesión de un sucesor mucho más dispuesto a luchar y sus propios deseos y ambigüedades con respecto a la causa secesionista.

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La Chispa que prendió la Guerra de Secesión (1861-1865). ¿Un acto de guerra?

El capitán Abner Doubleday era uno de esos oficiales con suerte. Nacido en una familia de muy escasos recursos, había conseguido prepararse para ir a la escuela superior, y luego a la Academia Militar de los Estados Unidos en West Point. Aun así, su futuro no parecía demasiado prometedor. Había servido en diversas guarniciones costeras antes de ir a la guerra contra México primero y contra los Semínolas después, y luego, otra vez a la aburrida vida de guarnición. Hasta que el destino lo puso en el fuerte Moultrie, como segundo al mando del comandante Anderson.

                                       Clavando los cañones. La técnica consistía en encajar un clavo en el oído para inutilizar la pieza.                                                                                    El resultado era solo temporal, pero muy a menudo era lo único que se podía hacer. 

Aquella tarde del 26 de diciembre, Anderson acababa, precisamente de convocarlo.

  • Capitán –dijo el comandante– dentro de veinte minutos abandonará usted este fuerte, con su compañía, e irá a fuerte Sumter.

Según sus propias memorias, Doubleday, quien, por cierto, acabaría comandando todo un cuerpo de ejército en Gettysburg “pensé en las hostilidades, inmediatas, que este movimiento iba a provocar”.

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La Chispa que prendió la Guerra de Secesión (1861-1865). El hombre y el dilema.

Como ya indicamos en la entrada del lunes pasado, la Marina de los Estados Unidos de América no era, ni de lejos, una fuerza militar de primer orden –aunque en los cuatro años siguientes se convertiría en la más potente del globo–, y estaba muy dispersa por los siete océanos, pero eso tampoco era un gran problema. Desde que, el 20 de diciembre de 1860, Carolina del Sur decidió separarse de la Unión, hasta que empezó oficialmente la guerra, con el bombardeo de Fuerte Sumter el 12 de abril de 1861, iban a pasar más de tres meses, tiempo suficiente para ir concentrando los barcos; cosa que tampoco era urgente pues en este caso el enemigo no tenía fuerzas navales (todavía).

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El puerto de Charleston en 1860. En el centro podemos ver Fuerte Sumter, y Moultrie justo al norte, sobre una lengua de tierra. 

Una de esas características curiosas del sistema presidencial estadounidense, entonces como ahora, era que desde la elección del candidato, en el caso que nos ocupa, Abraham Lincoln el 6 de noviembre de 1860, hasta su toma de posesión el 4 de marzo de 1861, pasaron cuatro meses durante los que siguió en funciones James Buchanan, del partido demócrata y más bien afecto a la causa del sur. Una de esas características de toda secesión, es la necesidad imperiosa del Estado en ciernes por tomar el relevo y hacerse con las propiedades del estado matriz, ya sea legalmente, por las buenas y, si no es posible, por la fuerza.

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La Chispa que prendió la Guerra de Secesión (1861-1865). La flota estadounidense

 

La guerra que sacudió los Estados de Unidos de América entre 1861 y 1865 fue, en su mayor parte, una contienda terrestre. Batallas como Gettysburg, Shiloh o el asedio de Richmond, son bastante conocidas, y no me arriesgaré si supongo que, con toda seguridad, el lector ya ha pensado en varios encuentros más para alargar la lista. En cambio, si nos fijamos en el escenario naval, sin duda nos suena el duelo de acorazados de Hampton Roads, tal vez, algún lector más avezado pueda acordarse del corsario Ralph Semmes y su CSS Alabama; pero mucho más raro será quien se acuerde de la Isla n-º 10, o de la campaña del río Rojo, por no hablar de las múltiples operaciones anfibias desarrolladas por el Ejército y la Marina del norte. Y sin embargo, las operaciones navales no solo fueron una de las claves de la victoria de la Unión, sino que también fue en el mar donde estalló la contienda.

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Fuerte Sumter, durante el bombardeo

Antes de bucear en los acontecimientos políticos que llevaron al bombardeo de Fuerte Sumter, es importante decir algo sobre la Marina estadounidense de la época. Para empezar, se trataba de una fuerza que no había entrado en combate desde la guerra contra los británicos de 1812. Había habido una guerra contra México, cierto es, entre 1846 y 1848, pero los Mexicanos no tenían fuerzas navales, y no debemos confundir operar con combatir. Además, a mediados del siglo XIX la tecnología naval se estaba desarrollando a toda velocidad: la propulsión a vapor, los buques acorazados y las nuevas piezas de artillería estaban relegando al olvido a los grandes buques de línea que, apenas cincuenta años antes, habían sido dueños y señores de los mares.

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