A mediodía, los rusos estaban al sur de Tsushima, y se izó la señal: «Cambio de rumbo, N. 23º E. destino Vladivostock».

Era el aniversario de la coronación del Zar, y los oficiales brindaron solemnemente a la salud del monarca imperial alrededor de las vacías mesas de la sala. Un poco antes de las dos en punto comenzó estar Togo a la vista de su oponente hacia el suroeste de la isla de Okonoshima y al este de Tsushima. Hizo señales a su flota: «el auge o la caída del imperio dependen de la batalla de hoy. Que cada hombre haga lo imposible».

Togo dio comienzo a su ataque exactamente como lo había pretendido, cruzando la T a la flota rusa a la manera clásica, aunque con un curso ligeramente en diagonal y a una distancia de unos 8.500 metros. Al mismo tiempo, sus escuadrones de cruceros se lanzaron a toda máquina hacia los flancos y la retaguardia de las formaciones rusas.

La superior velocidad de los navíos de Togo era tal que, tras cruzar las proas de los barcos de Rozhéstvenski, logró virar en redondo y volverlas a cruzar. Rozhéstvenski gobernó entonces un rumbo paralelo y se produjo un enfrentamiento general a una distancia de entre 5 y 8 kilómetros. El resultado se decidió por la velocidad y la precisión del fuego japonés.

Según las declaraciones de un oficial japonés, tras los primeros veinte minutos pareció que los rusos fuesen todos a estallar en pedazos y su fuego se volvió desconcertado y casi inofensivo. Justo antes de las tres de la tarde, el Swaroff se salió de la formación con su sistema de gobierno averiado nmnnés y a partir de ese momento, la lucha se convirtió en una masacre.

Uno tras otro, los navíos rusos fueron puestos fuera de combate, y para las cinco de la tarde se hallaban mezclados y apiñados en una terrible confusión, atacados desde el este por Togo y desde el sur por los cruceros. El Swaroff se hallaba por entonces alejado hacia el oeste, inutilizado y ardiendo, aunque con su bandera de combate todavía al viento.

Rozhéstvenski había resultado herido en dos ocasiones y había muerto su capitán de bandera. Su última orden a Nebogatoff había sido la de tratar de pasar y llegar a Vladivostock con al menos parte de la flota. Pero a medida que se echaba la noche encima, también lo hacían las esperanzas rusas. Habían sido batidos por grandes navíos de batalla, pero todavía quedaban las lanchas torpederas, que sembraron el caos durante la noche.

Al día siguiente, continuó la destrucción. Rozhéstvenski, con algunos oficiales, había trasladado su bandera a un destructor, pero éste se encontró con una flotilla japonesa y fue capturado en la tarde del día 28. Los únicos barcos rusos que lograron llegar a Vladivostock fueron un crucero de pequeño porte, el Almaz, y dos destructores.

Tras la batalla los japoneses incautaron los navíos rusos supervivientes y repararon las mejores unidades, incorporándolas a la flota imperial japonesa. Los daños a sus unidades principales habían sido insignificantes. La derrota tenía mucho de humillante pese a todo el valor derrochado por los marinos rusos, algo que a los españoles nos resulta familiar por las acciones acaecidas apenas 7 años antes.

Por primera vez, se demostró que una potencia oriental podía disponer de una flota equivalente a la de cualquier potencia occidental. En el curso delos 35 años siguientes, Japón continuaría desarrollando su poder naval hasta que a principios de la década de 1940 desafió el poderío, por entonces dormido, de otra potencia emergente: Estados Unidos.

Viene de Batallas navales – 1905 Tsushima (II)

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  1. dani says:

    El caso ruso es más sangrante que el español, ya que se enfrentaron buques del mismo «tipo» mientras que en Santiago eran cruceros vs acorazados.

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