Esaú Rodríguez abordará el tema en un análisis que comprenderá las tres entradas siguientes.

Imagen apocalíptica de un Nueva York post-atentado nuclear (http://sabersiocupalugar.blogspot.com.es)

Introducción

Al-Qaeda alquila una furgoneta, conduce una bomba nuclear rusa de 10 kilotones hasta Times Square y la detona. Times Square desaparece inmediatamente ya que el calor de la explosión alcanzaría millones de grados centígrados. El distrito teatral de Broadway, Grand Central, el centro Rockefeller, el Carnegie Hall y el Empire State desaparecerían literalmente en un abrir y cerrar de ojos… Matarían a medio millón de personas que a mediodía suelen estar en un radio de 800 metros del lugar de la explosión. Cientos de miles más morirían debido al derrumbamiento de edificios, incendios y la lluvia radiactiva

De esta forma es como Graham Allison en su libro “Terrorismo Nuclear: La última catástrofe evitable” plantea un oscuro futuro de terrorismo mundial, pero debemos verlo más que nada como el guión de una película o de una novela de espías, pues la realidad es mucho más halagüeña, por suerte para nosotros.

Siempre que hablamos de terrorismo nos hacemos un esquema mental de un tipo de guerra irregular donde uno de los contendientes hace uso de armas de pequeño calibre, vehículos bomba y artefactos explosivos improvisados (en inglés IED) que son usadas indiscriminadamente contra fuerzas regulares y población civil. Sin embargo, y cada cierto tiempo, se publican en los medios de comunicación (supuestas noticias, tertulianos, películas) la posibilidad de que estos extremistas den un paso más y actúen en un territorio “enemigo” haciendo uso de un arma de destrucción masiva (ADM en inglés). Esta hipótesis, si bien algo descabellada, ya ha ocurrido aunque ahora no lo recordemos: hace relativamente poco tempo el mundo sufrió ataques terroristas donde se hacía uso de agentes químicos y biológicos, pero cuyos efectos fueron localizados y no consiguieron un efecto propagandístico mayor que el del uso de armas más convencionales.

El primer caso de bioterrorismo lo fue con el Bacilus anthracis o ántrax cerca de la estación de trenes de Kameido (Tokio) en 1993, cuando los seguidores de Aum Shinrikyo intentaron dispersarlo con aerosoles desde su sede en un edificio de ocho plantas, y posteriormente lo intentaron en el metro de la misma ciudad (Metraux, 1995), consiguiendo un numero reducido de víctimas en relación a la mortalidad del producto, y miles de personas afectadas (ya veremos que la dispersión de un agente es el gran talón de Aquiles de una acción terroristas con las ADM). Posteriormente al 11-S, aparecieron por EE.UU. cartas infectadas con la misma bacteria que produjeron más histeria que resultados reales. (Avilés, 2007)

Japoneses afectados por el atentado del metro

En los últimos tiempos los terroristas nos sorprenden con nuevas formas de realizar sus ataques; en 2015 fueron los ataques suicidas con cuchillos en Israel, y en 2016-17 el uso de camiones como forma de provocar decenas de víctimas y trastocar la realidad de los ciudadanos occidentales. Pero aunque parece que la deriva terrorista va encaminada a acciones poco previsibles pero de impacto mediático, no pueden los estados dejar de prever que los terroristas busquen hacerse algún día con un dispositivo nuclear (o en todo caso una “bomba sucia” radiológica) en su afán de lograr la mayor y más temible forma de  alcanzar sus objetivos (Namboodiri, 2014).

En este artículo veremos que la probabilidad de un ataque terrorista nuclear es, a decir verdad, relativamente bajo (veremos que los beneficios, si los hay tras el atentado, no compensan el riesgo subyacente para los terroristas) y no podemos por menos que afirmar, que llegado el caso, sus consecuencias serían más impactantes que efectivos, pues no podemos pensar en un atentado con un arma nuclear propiamente dicha (la visión apocalíptica de Allison) sino en todo caso de las llamadas bombas sucias, aquellas en que un material radiactivo rodea un explosivo convencional, y como veremos, muy poco efectivas en cuanto a contaminación radiológica (pues ese es el efecto más letal de las mismas).

El terrorismo frente a las armas nucleares.

Los grupos terroristas han declarado su intención de adquirir, robar u obtener e cualquier forma materiales nucleares con la finalidad de fabricar artefactos nucleares (Garrido, 2012, p. 82)

Aunque estudiaremos los tipos de armas que puede haber en el panorama nuclear, primeramente debemos pensar qué grupo terrorista podría dar el paso de hacerse con un artefacto nuclear. Esta lista es bastante corta, hace unos años a esta pregunta se hubiera respondido rápidamente que seguramente era Al Qaeda la organización que tenía todas las probabilidades de hacerse con un arma nuclear (Bunn y Wier, 2005), ya que disponían de los conocimientos, habilidades y sobretodo, recursos necesarios (incluido el santuario que suponía Afganistán) para poder preparar y llevar a cabo un ataque nuclear.

Pero el tiempo nos ha demostrado que todo esto no fue suficiente, y actualmente la influencia y capacidad de control de la dirección central de la organización ha disminuido, desplazándose a los grupos regionales afiliados a la matriz de Al Qaeda, los cuales adolecen de los conocimientos, habilidades, recursos necesarios para planificar y llevar a cabo un ataque nuclear (Namboodiri, 2014).

¿Cómo hacerse con un arma nuclear?

El término de seguridad nuclear engloba diferentes actividades, incluyendo la prevención y detección del robo, sabotaje, acceso no autorizado y transferencia ilegal o bien otros actos de tipo criminal que involucren materiales nucleares, radiactivos, instalaciones asociadas, así como la respuesta a dichos actos criminales (Garrido, 2012, p. 84) 

En primer lugar los terroristas podrían intentar obtener uranio altamente enriquecido (UAE) Para hacernos una idea, el Uranio enriquecido con más de 20% de U-235 se denomina “altamente enriquecido”, siendo que los EE.UU. utilizan UAE enriquecido con más de 90%, y con ese grado de concentración se requieren 25 kilogramos para fabricar una bomba atómica (Stern, 2001, p. 57).

También pueden intentar adquirir plutonio con el que construir el dispositivo nuclear. Esta posibilidad, por el costo económico, de infraestructuras y necesidades, es el más difícil e improbable que podemos encontrarnos. El profesor Steinhausler ha concretado alguno de los requisitos técnicos que los terroristas tendrían que cumplir, incluyendo poseer no solo los conocimientos, sino también talleres con equipos avanzados, suficiente material de calidad (unos 25 Kg. de UAE u 8 Kg. de Plutonio) maquinaria de precisión etc. (Steinhausler, 2003)

Como ya se ha mencionado, el grupo más cercano a conseguirlo pudo ser Al Qaeda, con sus recursos económicos, conocimientos e infraestructuras seguras en territorio afgano. Pero no todo es dinero, la producción del material fisible es la parte del proceso más difícil en el camino al desarrollar un arma nuclear, y en la que por ahora han fallado muchos países con programas nucleares a lo largo de la historia (como Argentina, Irak, Siria, etc.)

La siguiente posibilidad es que un estado “externo” facilite al grupo terrorista un arma nuclear ya sea propia o adquirida en el mercado negro, aunque es también poco factible entre otra cosa porque difícilmente un país va a “regalar” un arma nuclear, con el alto coste que tiene y el esfuerzo que supone adquirirlo.

Por otra parte, el traslado de un arma nuclear, y la entrega sería, tarde o temprano, algo que se sabría por las diversas agencias de inteligencia, con el riesgo que tendría para el país que impulsa a los terroristas de ser blanco de la ira del resto del planeta, o por lo menos, de los EEUU (nación que tomaremos como referente de control nuclear). Y por último, se corre el riesgo de que el arma acabe detonando en otro país al “pactado” o incluso, que te lo detonen en la capital de tu propio país en una muestra más de lo complicado que es pactar con fanáticos.

Sigue en Ataque Terrorista Nuclear – Realidad o Mito (II)

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