Empezamos el nuevo año con un artículo de Esaú Rodríguez. En el siglo XIX, mandar a un hijo al servicio militar significaba que pudiera volver del mismo herido, lisiado o muerto, y ante esta perspectiva, las familias harían lo que fuera necesario para evitarlo, incluido pagar al ejército o a otra persona para ahorrarles este trance.

Para entender el porqué del desaliento de una familia para mandar a su hijo al servicio militar, y la búsqueda de cualquier medio para evitarlo, baste el que nos detengamos en uno de los conflictos que tuvo España en el S. XIX: la guerra que enfrentó al Reino de España con el marroquí a mediados de este siglo. El ejército español estuvo formado por unos 45000 hombres, y durante los 7 meses que se mantuvo la contienda (octubre de 1859 a finales de mayo del año siguiente) falleció un 9% de la tropa (4000 hombres), y tuvo unos 5000 heridos.

De esta cantidad, un alto número de fallecimientos lo fue por la enfermedad del cólera (la estadística nos da 7 de cada 10 fallecidos) Por lo que vemos, el servicio, y más el denominado de Ultramar, era una ruleta mortal, donde el enemigo no era una bala o una cuchillada, sino las condiciones en que se desarrollaba una milicia que llegaba a durar hasta 6 años en activo, según el momento.

Vamos a analizar en este artículo varios ejemplos de sujetos que, basándose en las leyes de la época, buscaron evitar su llamada a filas, ya fuese pagando una suma, “redención”, que consistía en que mediante el pago de una determinada cantidad, el mozo evitaba el servicio militar; o la sustitución por parte de otro mozo que realizase el servicio en su nombre. Había familias que se endeudaban de por vida (como veremos) para evitar que un hijo fuese destinado a una guerra más allá del mar, de la que no tenía demasiadas posibilidades de regresar sano y salvo. Eran, sobre todo, las enfermedades las que se cebaban en los jóvenes soldados, especialmente en los destinos a países lejanos y con climatología diferente.

Para acceder al resto del artículo pulsa el siguiente enlace: Artículo

  1. Dani says:

    Muy interesante el artículo. Curiosamente la opción de abolir la redención en metálico o la sustitución resultaba aún más injusta porque los hijos de los ricos simplemente se libraban por motivos “médicos”. Caso que se dio con frecuencia en 1895/98

  2. Ferderico says:

    Triste pasado; también había gente que se rompía la pierna a propósito. Al menos en la francia postrevolucionaria encontré algunos casos.

  3. Esau says:

    Buenas tardes Daniel y Federico, de todo habría en la picaresca española, y se intentaba paliar. En la Ley de 11 de julio de 1885, modificada por la de 21 de agosto de 1896, se establecía, por ejemplo, que los individuos declarados inútiles “sufrirán un nuevo reconocimiento en la época de cada uno de los tres llamamientos al siguiente en que fueron comprendidos y por médicos castrenses, sufriendo precisamente la observación si la necesitasen en el hospital militar, si lo hubiere, o en uno civil o militar más inmediato.” Es decir, la posibilidad de mentir o engañar a un galeno existía, pero había un peligro en ello, lo mejor, “comprarse” un destino en la península aprovechando la multitud de exenciones que permitían las diversas leyes. Seguiremos investigando. Gracias por vuestras aportaciones

  4. APV says:

    Al gobierno le interesaba las redenciones porque por ejemplo con lo que sacaba financiaba el gasto de la Guardía Civil.

    Toda esta situación generó muchas situaciones de mercadeo como los corredores de prófugos y los seguros de quintas. Precisamente uno de los motivos de lo sucedido en 1909 es que se volvió a llamar a los quintos entre otros motivos para no hacer nuevos llamamientos que fastidiasen a las compañías aseguradoras en las que había importantes inversores.

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