Como narramos en la entrada anterior, los Dakotas habían firmado dos tratados con los Estados Unidos, uno en 1837 y otro en 1851, ambos fallidos. Por la parte de los estadounidenses, por una mezcla de avidez, negligencia y desinterés, que nadie piense que los colonos que se instalarían posteriormente en las tierras “compradas” a los indios lo hicieron con la intención, o el conocimiento, de usurpar algo que no les pertenecía. Por otro lado, tal vez sería injusto considerar a los expoliados como criaturas inocentes e incapaces de malicia. Sin duda sus jefes tendrían sus propias ambiciones. Y tampoco hay que olvidar que al dejar de ser nómadas y sedentarizarse, el cambio cultural que se les pedía era enorme.  

Delegación Dakota para la firma de un tratado. Posiblemente en Washington en 1858.

Como dijimos en su momento, la situación aún iba a empeorar. Cuando el tratado de 1851 llegó al Senado estadounidense, este inició un larguísimo proceso de ratificación que acabó con la eliminación de la cláusula que permitía que los indios mantuvieran una reserva en Minnesota. Según el cuerpo legislativo, habían vendido sus tierras y debían abandonarlas. Además, la tardanza tuvo dos consecuencias inmediatas. Para los colonos que empezaban a concentrarse al este del Mississippi, sin recursos ni trabajo, a la espera de que se abriera el acceso a las nuevas tierras, ponerse en marcha era una cuestión vital. O se instalaban en de una vez al oeste del Mississippi o sus ahorros desaparecerían y no tendrían cómo sobrevivir. Así que muchos cruzaron sin esperar más instrucciones, internándose en Minnesota. Para los indios, que esperaban la ratificación del tratado para empezar a cobrar lo que se les debía, y que vieron como los colonos invadían sus tierras y se instalaban en ellas sin haber recibido nada, debió de ser ultrajante.  

Dos jefes importantes se opusieron finalmente a lo que estaba pasando. Pequeño Cuervo y Wabasha, ambos de los Mdewakanton. “Ni tenemos nuestras tierras, donde se blanquean los huesos de nuestros padres, ni tenemos nada”, diría el primero. Sola hay una cosa más que nuestro gran padre [blanco] puede hacer, reunirnos a todos en la pradera, rodearnos con soldados y matarnos a tiros”, añadiría el segundo. La solución, si se le puede llamar así, vino de la mano del secretario de Estado del presidente Franklin Pierce: firmar una orden ejecutiva que permitiera que los Dakota se instalaran en la reserva. Era temporal, ya que la orden podía ser revocada, pero era algo, y los indios aceptaron. El gobierno estableció entonces dos agencias, la superior, en Yellow Medicine, para los Wahpeton y los Sisseton; y la inferior, en Redwood Creek, para los Mdewakanton y los Wahpekute. En 1853 se construyó, no lejos de la segunda, Fort Ridgely, donde se acantonaron tres compañías del 6.º de Infantería.

Pequeño Cuervo, o Taoyateduta, de los Mdewakanton

Los años que siguieron fueron complicados. El pago no siempre se hizo en condiciones, la comida entregada estaba en mal estado y tanto comerciantes como agentes del Gobierno aprovecharon su posición de poder para aprovecharse descaradamente de los indios, extorsionándolos para hacerse con las anualidades que debían cobrar. Por otro lado, también los misioneros causaron problemas, fracturando la sociedad entre aquellos que decidieron seguir la senda del hombre blanco y los que no, y mientras los primeros resultaban favorecidos a todos los niveles, los segundos tuvieron que soportar como se intentaba impedir que llevaran a cabo actividades tradicionales como la caza del búfalo más allá de la reserva o la guerra contra sus enemigos tradicionales los Chippewa. Finalmente, en 1857, hubo un primer estallido grave de violencia. Un colono y su hijo mataron a alrededor de una docena de Wahpekute, y en represalia, el jefe Inkpaduta con una pequeña partida de guerreros, asesinó a medio centenar de colonos. Cundió la alarma, pero tras evadir las patrullas enviadas contra él Inkpaduta volvió a la reserva sin sufrir represalias. Una lección que los indios, asombrados, aprendieron de cara al futuro.

Posible fotografía del jefe Wabasha, de los Mdewakanton

En 1858 se firmó otro tratado cuyo contenido fundamental –además del pago en dinero y alimentos que se efectuaría poco y mal– era dividir la reserva en parcelas de 32 hectáreas y repartirlas a las familias indias. Era forzar la sedentarización, pero, sobre todo, ponerlos en manos de los especuladores, que ya sabrían qué embargar si la familia se endeudaba, cosa segura si se tiene en cuenta que los pagos y la comida seguirían sin llegar. Sin embargo, esta bomba de relojería nunca llegó a entrar en vigor. Durante los años siguientes los indios siguieron en la reserva, no hubo incidentes importantes y todo quedó tranquilo. Hasta 1862.

  1. Dani says:

    Los anglosajones siempre mirando por encima del hombro a los latinos acusandoles de corruptos, pues anda que esos agentes indios eran buenos………..

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