En la entrada anterior vimos las contramedidas aliadas contra los ataques kamikaze. Incluso con la potencia de fuego antiaérea desplegada por las flotas, resultaba difícil detener a un avión kamikaze en su picado final.

Los manuales de entrenamiento japoneses hacían hincapié en la importancia de realizar tácticas evasivas hasta el último momento y aunque muchos pilotos carecían de la pericia de hacer otra cosa que no fuese un ataque directo a través de la cortina de fuego antiaéreo, otros sí que resultaron ser un dolor de cabeza para los artilleros antiaéreos.

El 25 de marzo de 1945, en las vísperas de la invasión de Okinawa (cuando los informes norteamericanos ponían de manifiesto que había una proporción cada vez más alta de pilotos experimentados que realizaban ataques kamikaze), el destructor USS Kimberley, de la clase Fletcher, fue objeto de un ataque por parte de los Vals.

Cuando abrió fuego con los cañones de 127 mm a una distancia de 6900 metros, ambos aviones de alejaron brevemente para ponerse fuera de alcance. A continuación, comenzó inició su ataque un solo Val. El destructor maniobró para mantener operativas el máximo número de armas, pero según el informe de postmisión del Kimberley, el control de fuego se «complicó más aún por las maniobras extremas del piloto, que incluían ascensos en vertical, balanceos, derrapes, resbale o vuelo coordinado, aceleraciones, desaceleraciones e incluso toneles lentos».

A unos 3.660 metros, se abría fuego con los cañones de 40 mm, pero aunque el Val «parecía estar completamente rodeado de nubecillas de las explosiones de los proyectiles de 127 mm y de las trazadoras de 40 mm», el piloto japonés viró bruscamente y se dirigió contra la proa del destructor desde unos 1370 metros y a una altitud de 45 metros, «ejecutando continuamente derrapes a izquierda y derecha». El Kimberly estaba virando con toda la caña a estribor, pero «el avión se mantuvo en todo momento en la estela del navío norteamericano con maniobras de derrape».

A 1.100 metros, cuando el destructor abrió fuego con los cañones de 20 mm y el avión comenzó a desprender humo, «solo podían disparar los cañones de popa, que hacían estremecer a las dotaciones de los cañones de 20 mm con las salvas de 127 mm. Envuelto en llamas y acribillado por el fuego automático de unos artilleros que estaban ya casi tumbados para que sus armas pudiesen seguir disparando, el Val sorteó la proa del destructor, dirigiéndose al puente y se estrelló en la popa entre los dos montajes de cañones de 127 mm, estallando de forma instantánea la bomba que llevaba adosada.

Hay que destacar que el ataque de este Val duró menos de un minuto. De media, la artillería antiaérea de los navíos disponía de apenas 20 segundos para destruir a un kamikaze una vez que éste se ponía a su alcance.

Viene de Viento divino – El fenómeno kamikaze japonés (XV). Contramedidas aliadas contra los ataques kamikaze

Sigue en Viento divino – El fenómeno kamikaze japonés (XVII). «La Gran Manta Azul»

      • Dani says:

        Gracias por la respuesta pero en realidad no es completa. Me explico, si los daños hicieron que el buque tuviera que retirarse para reparación, quedó, aunque solo sea temporalmente «fuera de combate. Es por ver la «rentabilidad» de este tipo de ataques. Porque siendo como fue un ataque exitoso, ¿mereció la pena? Solo si al ponerlo fuera de combate permitió romper la cobertura antiaérea de la zona permitiendo más ataques aéreos, o algo así. Sino pues no.
        Otras veces que he leído sobre este tema he visto que los japoneses tendían a atacar prioritariamente a los destructores que actuaban como piquete radar. Aunque no se si lo hacían para degradar la cobertura radar o porque al actuar solos eran una víctima más fácil.

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