La semana pasada transcribimos el testimonio del artillero Douglas Lyne, que fue testigo del bombardeo de la abadía de Cassino. Hoy vamos a cambiar de bando y, aunque Cassino sigue siendo el centro de atención, vamos a reproducir el testimonio de Guido Varlese, a la sazón un muchacho de 19 años, habitante de Cassino. Sus peripecias, aunque un tanto deslavazadas, son un ejemplo interesante de lo que tuvo que vivir la población italiana.

                Las primeras bombas cayeron a las nueve de la mañana.  No nos lo esperábamos en absoluto porque ya había entrado en vigor el armisticio. Pensábamos que la guerra casi había terminado. Estaba en la plaza con un amigo cuando vimos las fortalezas volantes, que iban en dirección a Roma, soltar sus bombas sobre los arrabales de la ciudad. Estábamos alucinando por ver estas maravillosas máquinas voladoras, hasta que de repente nos dimos cuenta de lo que sucedía.

                Este primer bombardeo causó daños enormes y mató a mucha gente. Me refugié en la peluquería. Mientras estaba allí entró un soldado alemán con la oreja destrozada por las esquirlas de los obuses. Le enrollé una toalla en la cabeza para impedir que siguiera sangrando. Sin eso, tal vez hubiera muerto.

                Ese día hubo dos bombardeos más, el primero alrededor de la estación, el otro en el extrarradio. Este último dañó, sobre todo, la carretera de Nápoles a Roma. Habían localizado columnas de alemanes retirándose y habían decidido atacarlas. Después de esto mi hermana y mi cuñada decidieron que nos marchábamos a la montaña, justo al pie del monte Cairo. Pensábamos que allí estaríamos más seguros.

En este plano de Cassino podemos ver el mismo acceso que en la foto anterior, con el convento justo a la izquierda, en el primer cruce.

                Nos equivocamos pues acabamos junto a las líneas de frente del Ejército alemán. Eran las posiciones de las tropas de montaña que habían combatido en este sector durante el invierno. A causa del mal tiempo el terreno estaba muy embarrado y el ataque efectuado por los aliados en diciembre fracasó. Los carros se hundían en el lodo y eran incapaces de cruzar el río. Los alemanes habían volado todos los puentes.

                El bombardeo total de Cassino tuvo lugar el 15 de marzo. Lo vi desde un pueblo cercano. La abadía había sido destruida el 15 de febrero. La víspera del bombardeo [se refiere al de febrero] los aliados lanzaron pasquines avisando a todo el mundo de que había que abandonar la iglesia [la abadía] y que iban a bombardear el sector. En ese momento los alemanes no estaban en la iglesia; estaban en el exterior, alrededor. Freyberg, el comandante aliado en la zona, estaba preocupado ante la posibilidad de que los alemanes pudieran utilizar la abadía como bastión, lo que dificultaría mucho la tarea aliada de progresar más allá de ella. Un teniente alemán nos anunció que no podríamos abandonar la abadía hasta el día siguiente al anochecer. Luego vinieron los bombarderos y de doscientas a trescientas personas que aún esperaban a ser evacuadas murieron enterradas vivas.

Las ruinas del convento, visto desde el este, después de los bombardeos. La calle que se extendía de abajo arriba en las fotos anteriores pasaría ahora de izquierda a derecha.

                Cuando fuimos trasladados de Terelle a Montforte por lo SS, que querían que todos los civiles se alejaran del frente, asistimos a un duelo aéreo entre un avión inglés y un alemán. Era difícil distinguir uno de otro a causa del sol. De repente, uno de ellos se incendió. Vimos cómo los pilotos saltaban y caían en paracaídas. Y luego vimos como el otro aparato, en vez de irse, viraba bruscamente sobre un ala y disparaba contra los dos aviadores, que seguían en el aire. Creo que nunca he visto nada tan horrible. Creíamos, inocentemente, que había cierta camaradería entre los pilotos, incluso entre los que estaban en bandos opuestos. Los aviadores cayeron del cielo y se estrellaron sobre las rocas. Nunca olvidaré sus gritos.

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