Este testimonio del artillero Douglas Lyne, de veinte años, que sirvió en el 57.º Regimiento de la Artillería Real (X Cuerpo de Ejército) durante la batalla de Monte Cassino, nos ofrece un singular e interesantísimo testimonio sobre cómo vieron la destrucción del monasterio de Monte Cassino los soldados de a pie, en este caso un artillero.

Douglas Lyne, durante la guerra.

                Baste decir que a finales de enero principios de febrero no se había hecho progreso alguno para la toma de Monte Cassino, sin lo cual era imposible avanzar hacia Roma. Fue entonces cuando mi regimiento de artillería fue enviado al frente, para apoyar a la 201.ª Brigada de Guardias. El monasterio se alzaba a unos 450 m de altitud, y debíamos encontrar un puesto de observación que estuviera al menos a 750 m.

                Desde allí, cuando el tiempo lo permitía, podíamos ver, al otro lado del valle, el relumbrante monumento que, debo decirlo, parecía un tanto amenazador e incongruente, pues era la única construcción de la zona que no había sido destruida.

                El 15 de febrero hacía más o menos una semana que nos hallábamos allí y nos hallábamos en un estado lamentable, ¡el clima era abominable! De vez en cuando podíamos ver el monasterio a través de un claro entre las nubes, siempre presente, lo que, para ser franco, nos ponía los nervios de punta. Este edificio se transformó, a pesar de su magnificencia, en algo monstruoso, una excrecencia, que bloqueaba nuestra vida y nos impedía sentirnos “en casa”. De forma casi obsesiva empezamos a identificar el monasterio con todo aquello que odiábamos. Llevaba ya dos años en combate, casi sin interrupción, y estar en combate embota la sensibilidad.

                Repentinamente, una mañana en la que hacía bastante bueno, hacia las 9.30 horas, justo después de desayunar, una gigantesca flota aérea, compuesta fundamentalmente por fortalezas volantes –unas 250– surgió de entre la bruma, proveniente del sur.

La Abadía de Cassino durante un bombardeo.

                Nos estábamos preguntando a donde irían cuando las bombas empezaron a caer sobre el viejo monasterio de San Benito, a unos quince kilómetros de donde nos encontrábamos, justo al otro lado del valle. Debo confesar que fue un espectáculo muy estimulante –sin duda la impresión fue comparable a la que debieron sentir los espectadores del circo romano al ver como los cristianos eran devorados por los leones–. Todos nos pusimos a emitir gritos de alegría y a besarnos unos a otros. Estábamos como locos, todo el mundo pensaba que era lo más maravilloso que había pasado desde la erupción de Pompeya [del Vesubio]. Sin embargo, se hallaba junto a mí un galés llamado Tom Roberts, mentor y amigo mío desde que cruzáramos el cabo de Buena Esperanza con destino a Suez y hombre de gran espiritualidad; y cuando acabé de temblar, cuando cesaron las risas y los gritos histéricos, me obligó a sentarme y me dijo “Calma, Doug, todo esto está muy bien, ¿pero acaso nos metimos en esta guerra para bombardear monasterios?” Me quedé callado unos segundos, y luego me dije: “¿Pero que estamos haciendo sobre esta maldita colina, rodeados de destrucción y caos, volviéndonos medio locos? ¿Por qué o contra qué combatimos? Henos aquí aplaudiendo la destrucción de uno de los mayores monumentos de la cristiandad”. Nuestro ánimo pasó repentinamente del júbilo a una especie de horror y a replantearnos nuestra propia esencia, cosa muy desestabilizadora para un soldado, sobre todo en combate.

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