Ya hemos hablado dos veces del bombardeo, y posteriormente nos referiremos a los soldados que combatieron en las ruinas, pero hoy vamos a publicar el interesante punto de vista del teniente coronel Bradford A. Evans, piloto del avión que dirigió el ataque de bombardeo contra la abadía.

Según la leyenda, este avión sería el de Evans, cuando era mayor, aterrizando con una avería en el motor.

                El monasterio de Monte Cassino se alza directamente ante nosotros. A unos 1500 pies (450 m) por encima del fondo del valle y la ciudad de Cassino, la abadía es bienvenida, en la medida en que ahora el piloto, el navegante y el bombardero pueden tener la seguridad de que han localizado el objetivo correcto.

                Dentro de unos segundos el 96.º [escuadrón], los “Diablos Rojos”, va a desencadenar el bombardeo más formidable que se haya dirigido jamás contra un edificio aislado.

                El avión da un salto hacia las alturas, las bombas han sido soltadas.

B-17 sobre Monte Cassino. No por típica resulta esta foto menos sobrecogedora.

                Con la botella de oxígeno portátil en la mano [porque el avión no estaba presurizado], nuestro comandante se dirige hacia el depósito de las bombas con el fin de observar el impacto inicial de las doce que ha soltado nuestro aparato, y las doce del siguiente, soltadas una fracción de segundo más tarde. De repente, en la parte suroeste del monasterio aparece una pequeña nube de humo: es la explosión de las doce bombas. Y luego una explosión gigantesca, que envuelve la abadía entera.  Una fracción de segundo después las bombas de los demás escuadrones del 2.º Grupo vienen a sumar su poder al golpe fatal pero el humo, el polvo y los restos hacen imposible observar lo que sucede.

                En ese momento, como averigüé más tarde, la providencia pareció fijarse en el monasterio, precisamente en el pasaje abovedado que une el claustro de entrada con el claustro de Bramante: que era el punto de impacto de nuestras bombas. Unos momentos antes, una refugiada llamada Oslavia Pignatelli, sus padres y otra familia de Cassino, se hallaban en la pequeña estafeta de correos (donde se haya actualmente la tienda de recuerdos) que estaba en uno de los extremos del claustro de entrada. Cuando se dieron cuenta de que se les echaba encima el peligro trataron de bajar hacia las profundidades del monasterio, pero no pudieron porque las puertas del pasaje estaban cerradas con llave. Pero cuando explotaron nuestras doce bombas, el soplo de la explosión voló las puertas y durante los quince minutos que separaron la primera tanda de bombas de la segunda, los refugiados pudieron huir hacia los niveles inferiores. Del mismo modo, cuando tuvo lugar el primer impacto el abad Diamare y once monjes estaban rezando una pequeña habitación de uno de los niveles inferiores del monasterio.

A pesar de que los alemanes trataron de convencerlo para que se fuera, el Abad Gregorio Diamare seguía en el monasterio cuando fue bombardeado.

                Los soldados aliados que se hallaban por debajo del monasterio lanzaron ¡hurras! cuando mientras asistían a la destrucción del monasterio. Esperaban, pero resultó ser una esperanza vana, que los alemanes se verían privados de su temible puesto de observación.

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