Terminamos hoy nuestra serie de entradas (larga ya) sobre el empleo táctico básico del carro de combate Sherman con uno de los elementos fundamentales de la formación de sus tripulantes. Aunque siempre con el deseo de no tener que ejecutar jamás la maniobra, los carristas tenían que saber qué hacer si, llegado el momento, tenían que evacuar el carro de combate, porque no cabe duda que mientras ellos maniobraban y ejecutaban muchas de las acciones que hemos ido desgranando, el enemigo hacía otro tanto y, a veces, con más éxito.

Para empezar, el reglamento indicaba que solo el jefe de carro podía tomar la decisión de abandonar el vehículo, siempre en función de la situación táctica. Para este tipo de situaciones, las ordenanzas indicaban que: “si un carro de combate es alcanzado o dañado hasta el punto de no poder continuar hasta el objetivo, el jefe de carro emitirá la señal ‘ignorad mis movimientos’ y si es posible el carro se pondrá a cubierto’”. El objetivo de esta señal radiada era evitar que los demás carros de la sección siguieran al que abandonaba el combate, o ajustaran su formación en torno al mismo, en vez de seguir hacia el objetivo.

Sin embargo, también de cara a la propia tripulación era necesario tomar medidas. “Si el carro de combate ha sido inmovilizado por completo, el jefe determina si la tripulación seguirá disparando y combatiendo desde el mismo, reparará el vehículo, combatirá a pie o lo abandonará. Debe tener en cuenta la exposición de la máquina a la observación de los puestos de vigilancia enemigos y el campo de tiro de que dispone”. La práctica acabaría determinando que los tripulantes de un carro inmovilizado a la vista y bajo el fuego enemigo disponían de unos cinco segundos antes de recibir fuego, daños y heridas suplementarios. Como podemos ver, una vez más, el tiempo para tomar decisiones bien pensadas era un bien escaso, y lo habitual era que los jefes optaran por evacuar pues, sobre todo para el Ejército estadounidense, era mucho más fácil reemplazar un Sherman que una buena tripulación. A continuación los hombres solían ponerse a cubierto a la suficiente distancia del carro como para evitar ser heridos si este recibía más impactos.

También podía suceder que el carro de combate se incendiaria, lo que daba pie a varias posibilidades. Si el fuego era limitado había que apagarlo con los extintores de a bordo, en caso contrario era poco probable que los tripulantes esperaran la orden de evacuar, sobre todo porque además se les instruía para contener la respiración, con el fin de evitar daños en los pulmones.

Äâå ÁÐÝÌ ARV M31 (èç 3rd AD) âîçëå ïîäáèòîãî “Øåðìàíà”. Saint-Fromond, Íîðìàíäèÿ, 14.07.1944ã.*

Finalmente, las instrucciones indicaban las disposiciones que debía tomar el jefe de carro si decidía abandonar el vehículo. En primer lugar, había que destruir el armamento de a bordo que no pudiera ser desmontado. Por ejemplo, quitando los percutores de las ametralladoras y llevándose las piezas de recambio que tuvieran a bordo para repararlas. Además, los tripulantes debían llevarse todas las armas individuales que llevaran dentro, junto con la munición (sin duda esta medida no estaba encaminada solo a privar de dicho material al enemigo, sino también a proveer medios de autodefensa para los soldados). Todo lo que no pudieran llevarse, debía ser destruido.

Llegados a este punto, es importante indicar que no solo era necesario destruir el armamento portátil, sino cualquier cosa que pudiera ser aprovechada por el contrario, y no solo para uso en combate sino también cualquier pieza que pudieran desmontar para reparar otro carro similar que hubiera sido capturado y reutilizado. Esto último puede resultar llamativo, pero casi todos los bandos de la guerra llegaron a emplear carros de combate enemigos en sus propias operaciones, y muy especialmente los alemanes.

Finalmente, la pieza clave era el cañón. El manual indicaba que este debía ser inutilizado introduciendo en él una granada contracarro o un proyectil de bazuca, y vaciando el depósito de aceite del amortiguador de retroceso. También se introducía explosivo en la recámara, junto con un cohete de señales. A continuación, toda la tripulación salía y se colocaba en el ángulo trasero derecho del vehículo y, una vez hecho el recuento, se accionaba el cohete por medio de un cable. Volado el cañón y si había tiempo, se seguía adelante con la destrucción de los estabilizadores, la radio, las municiones, etc.

La verdad, nada que ver con la película “Fury”.

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