Todos sabemos el arrojo del militar alemán y del ímpetu que exigía a sus fuerzas en las ofensivas. Veamos hoy 48 horas cualquiera, las del 6 y 7 de abril de 1941, extraido de su diario, recopilado por Liddell Hart en su Rommel Papers.

A eso de las 07.30 de la mañana, el teniente Schulz aterrizó en el cuartel general del cuerpo de ejército, e informó de la presencia de 300 vehículos británicos en Mechili. El general Streich llegó también poco después, al que informe debidamente de mis intenciones. Luego marché con mi estadillo hasta el puesto de mando del conde Schwerin. Por el camino vimos en la arena numerosas huellas de orugas de carros de combate británicos, todas dirigiéndose hacia el este.

Desafortunadamente, no pudimos lanzar el ataque que habíamos planeado sobre Mechili el 6 de abril con la fuerza de Fabris atacando desde el este y Schewerin desde el sur y el sureste, ya que Fabris no llegó hasta las colinas que había al este de Mechili hasta la tarde. Durante la misma dejé de tener caulquier tipo de informes de gran parte de las unidades del cuerpo, al haberse hecho muy grandes las distancias para la comunicación por radio.

La columna del coronel Olbrich informó a mi oficial de operaciones [Ia], que estaba todavía en Agedabia, que las tormentas de arena y la escasez de combustible habían impedido en gran medida su avance a través de Msus. A pesar de estos retrasos lograron catpurar Msus a la entrada de la noche, y continuaron su marcha hacia Mechili. A eso de las 02.00 horas del 7 de abril, la columna de Fabris informó de que se habían quedado sin combustible y de no podían emplazar la artillería en posición. Se recogieron todas las reservas de gasolina que había en el cuartel general de la división [5 Leichte], en total 35 bidones, y a las 03.00 horas, partí con mi Gefechtsstaffel [grupo de combate] para llevar el combustible y poder poner la artillería en posición antes del amanecer.

La Storch de Rommel sobrevuela una columna blindada

En la oscuridad más absoluta, no había ni siquiera estrellas, no pudimos encontrar a la columna [de Fabris]. Incluso cuando lo intentamos de nuevo a la mañana siguiente, tuvimos grandes dificultades antes de que finalmente la econtráramos. Entre otras viscisitudes, nos metimos en la retaguardia de un puesto avanzado de varios transportes Ben británicos. Aunque solo teníamos tres vehículos, y solo uno de ellos iba armado con una ametralladora, nos dirigimos hacia ellos a máxima velocidad, levantando una gran nube de polvo que evitaba que pudieran ver cuantos vehículos venían detrás nuestra. Obviamente esto los puso nerviosos y abandonaron rápidamente su posición.

Tras aprovisionar de combustible a los vehículos italianos, la columna siguió avanzando hacia Mechili. Pronto estuvo a la vista el Fuerte Mechili. Había gran cantidad de vehículos enemigos estacionados y a través de los prismáticos podíamos ver a los hombres que había, formados en grupos. Llevé a la columna de Fabris a un punto a dos millas al noreste de Mechili, donde nos detuvimos y tomamos posiciones. Al principio, el enemigo no mostró signos de aprestar la defensa, y envié al teniente Grohne con una bandera de parlamento para solicitar la rendición al comandante británico. Por supuesto, éste se negó.

Desafortunadamente, todavía no había ni rastro de la fuerza de Olbrich. Debería haber llegado a Mechili hacia tiempo ya, así que despegué más tarde esa mañana en mi Storch para buscarlo. Volamos a 2,000 pies a través de la llanura arenosa y pronto nos aproximamos a las colinas que había cerca de Mechili. Al oeste del fuerte ví de repente negras columnas de vehículos, a las que tomé por las de Olbrich. Varios hombres extendieron una señal de aterrizaje entre los vehículos.

En el último momento divisé súbitamente los cascos redondeados de las tropas británicas. Inmeidatamente nos fuímos otra vez al aire, seguidos de fuego de ametralladora procedente de las tropas inglesas. Tuvimos suerte de escapar indemnes, sufriendo solo un impacto en la cola. Tras este episodio, volamos hacia el oeste a gran altura. A unas 15 o 20 millas al suroeste de Mechili, vimos una serie de vehículos pequeños dirigiéndose al este. Sus marcas alemanas podían ser claramente identificadas.

Aterricé y encontré a elementos del 3 Batallón de Reconocimiento, a los que puse en la dirección correcta. Tras despegar de nuevo, descubrí varias columnas de carros de combate alemanes e italianos a unas 15 o 20 millas más al sur. Aterricé y les recriminé por ir tan despacio. Aparentemente los vehículos de vanguardia, mientras cruzaban una laguna seca de sal habían visto lo que parecía una masa de agua frente a ellos hacia el este y se dieron la vuelta. Se trataba, por supuesto de un espejismo, algo muy habitual en aquel distrito. Les ordené continuar la marcha tan rápido como les fuese posible.

Tras regresar al cuartel general, esperé en vano la llegada de la fuerza de Olbrich. Finalmente, por la tarde, despegué de nuevo en mi Storch para buscarla. Humo negro se elevaba de la colina de Mechili, probablemente un vehículo británico incendidado. En un lugar determinado cruzamos una nueva pista sobre la que los vehículos británicos avanzaban hacia el sureste. Los Tommies se pusieron a cubierto cuando vieron el Storch, pero no abrieron fuego. No había ni rastro de más elementos, así que se hacía obvio que la fuerza de Olbrich se había vuelto a perder. ¿Pero dónde? Había huellas en la laguna salada, pero éstas pronto se desvanecieron en el terreno rocoso.

Estaba terriblemente enfadado, y decididamente preocupado, porque el desenlace en Cirenaica oriental dependía enteramente de la llegada a tiempo de esta fuerza. El sol estaba ya sobre el horizonte y sabíamos que oscurecería en una hora y media. Entonces volamos hacia el norte. Al fin vimos nubes de polvo en el horizonte. Escarmentados después del incidente con los británicos, volamos con cautela hacia la columna. Se trataba de vehículos alemanes, así que aterrizamos cerca del puesto de mando del coronel Olbrich. Estaba muy irritado por el innecesario rodeo que había dado [Olbrich] debido, cierto es, a su desconocimiento de la carretera, y les ordené ponerse en marcha tan pronto como pudieran.

Volando a ojo y con la brújula, encontramos finalmente mi cuartel general otra vez y aterrizamos sin contratiempos a pesar de la oscuridad. Durante mi ausencia, aviones británicos en vuelo rasante habían ametrallado una pista y habían incendiado varios Junkers.

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