Aunque, como hemos visto en las dos entradas anteriores, la guerra podía otorgar a los combatientes algunos momentos de locura, al final recuperaba sus fueros. Esta es la tercera y última entrega de esta curiosa narración sobre los acontecimientos que tuvieron lugar aquella noche en la tierra de nadie, justo en la linde de la batalla.

Soldados soviéticos en zona urbana, en esta ocasión no es Párkány, sino el sur de Budapest, no lejos de allí.

                Oímos ruidos extraños provenientes de los callejones y fui a ver qué estaba pasando. No vi nada, así que crucé la intersección de carreteras. En el momento en que salí de la calle hubo fuego de ametralladora y contracarro. Había soviéticos saliendo en tromba de las callejuelas. Se dieron cuenta de que éramos pocos. Yo pensé que tenía que volver al carro de combate a cualquier precio; esperé en la esquina para ver cuando disparaban el cañón contracarro. Después de que hicieran fuego corrí a través de la calle hasta la esquina siguiente. Cuando la alcancé vi como la casa tras la que me había estado escondiendo un momento antes volaba en pedazos.

                Cuando llegué hasta mi carro de combate vi como mis soldados estaban asegurando a uno de los alemanes a una de las puertas de la farmacia; estaba herido de gravedad y no teníamos camillas. Rápidamente lo subieron al blindado, colocándolo tras la torreta, donde dos soldados lo sujetaron para evitar que se cayera. Todos los demás, alemanes y “leventes”, se subieron a los vehículos a toda prisa, y nos fuimos.

Los acontecimientos narrados tuvieron lugar durante las operaciones soviéticas para cercar la capital húngara. Párkány estaba en el lado norte del Danubio, cerca de la curva del río.

                Era el momento exacto, porque los T-34 que estaban junto a la catedral empezaron a disparar también, contra la carretera; y los soviéticos estaban saliendo a toda prisa de los callejones y posicionando armas contracarro. Aceleré y pasé lo más deprisa que pude. Conduje en zigzag para evitar que pudieran apuntar y disparar con precisión. Los otros iban por delante, porque cuando habíamos llegado a destino yo iba delante con el Teniente, y ahora estaba al final, a retaguardia. Finalmente alcancé la curva de la carretera que giraba hacia la estación, donde me encontré más allá del alcance de sus armas.

                En realidad si cumplimos nuestra misión: expulsamos a los soviéticos de Párkány. Sin embargo, para ocupar y defender el pueblo los 30 leventes y el pelotón de soldados alemanes eran una fuerza ridículamente inadecuada… Es más, si este asalto no se hubiera llevado a cabo por sorpresa y se hubiera ejecutado durante el día en vez de por la noche, creo que las cosas no nos habrían ido también, y que habríamos pagado un alto precio por esta pequeña excursión.

Cañón antiaéreo blindado autopropulsado húngaro Nimrod.

                No nos detuvimos en la estación porque recibimos órdenes por radio para seguir hasta Muzsla. Fuimos relevados por infantería equipada con armas contracarro. Avanzando hacia allí la carretera transcurría junto al terraplén del ferrocarril, sobre el que vimos al menos un kilómetro de vagones abiertos cargados con blindados húngaros Turan y Nimrod que debían ser transportados hasta el taller de reparaciones, pero que se habían quedado allí atascados.

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