Demos un salto atrás. Dejemos que Vassili Subbotin, autor de estas crónicas, traducidas y editadas por Toni le Tissier, siga su periplo por el Oderbruch mientras recuerda experiencias militares pasadas, más concretamente, de la gran retirada de 1941. “Ayer fue un día cálido y seco –escribió–, hoy llueve, y un viento frío barre la región. Nos preocupábamos por mantenernos calientes mientras marchamos, pero todo lo que llevamos puesto –capote y chaqueta acolchada– lleva tiempo empapado, y nos estamos helando. Dos días atrás caminábamos con la cabeza alta, mirando al sol. Ahora, vigilamos la carretera y tenemos cuidado de no meternos en los charcos. Yo era uno de los que marchaba, uno del millón que habían roto el frente, una gota en la tormenta. La carretera había sido labrada por las cadenas de los carros de combate. Nuestros abrigos estaban empapados”.

Una columna de soldados del Ejército Rojo cruza Moscú camino del frente.

“Yo llevaba un abrigo largo, con un cinto corto a la espalda, y grandes solapas. No me gustaba. Hacía tiempo que lo tenía, desde Cheliabinsk, cuando se me entregó mientras estaba en el regimiento de reserva al que se me había destinado tras salir del hospital, en invierno de 1942. Hasta entonces solo había tenido el uniforme de carrista, una chaqueta de un material totalmente impermeable. No podía olvidar esta guerrera. En 1941, había hecho toda la retirada con ella. Recuerdo que por aquel entonces nuestros pies estaban destrozados, y sangraban. Muchos se habían quitado las botas y caminaban descalzos. Llevábamos cinco días caminando. En mi brazo izquierdo había una gran estrella roja. Era el segundo del oficial político de la compañía”.

“En la ancha carretera vi masas de tropas en retirada, vi como algunos se pegaban un tiro porque no querían que los dejaran atrás, no tenían fuerzas para seguir y eran incapaces de subirse a un transporte. Recorríamos muchos kilómetros al día. No tenía fusil, y ayudaba a otro soldado llevando el suyo de rato en rato. Debía de ser terrible quedarse atrás y convertirse en un prisionero de guerra. Era el quinto día que marchábamos y no teníamos cocina de campaña. Un observador nos habría tomado por soldados derrotados. Eso es lo que parecíamos, aunque no hubiéramos participado en ningún combate propiamente dicho. No teníamos cocina, ni servicios de retaguardia”.

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 Pavel Kasatkin y Theodor Bunimovich, cámaras de los noticieros, haciendo una pausa para comer. Ellos tuvieron más suerte que nuestro protagonista

“Antes de que pudiéramos salir del bosque cerca de Podgaizi, en el que habíamos pasado la noche camino de Tarnopol, nos habían dado nuestro pan de galleta. Dos piezas a cada uno, y nada más desde entonces. Numerosos soldados habían pasado por los pueblecitos ucranianos antes que nosotros. Cuando una anciana trajo una jarra de leche, todos caímos sobre ella. Habría sido mejor para ella no haber traído nada. Nos acercábamos a Tarnopol y pensábamos que aquello sería el final de la marcha. Pensábamos que nos quedaríamos allí, que no todo sería combatir, sino que también habría descanso y que después llegarían las cocinas. Esperábamos, no sé por qué”.

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Un jinete alemán cruza la frontera soviético-polaca de 1939.

“Vimos la calle en llamas. Los alemanes ya estaban allí, y de inmediato giramos hacia el este. A partir de ese momento circulamos por carreteras en las que se combatía, por campos y caminos bloqueados por los vehículos […]. Había camiones en las zanjas a ambos lados de la carretera, carretas abandonadas y cadáveres. Una y otra vez, al grito de ‘¡aviones!’, salíamos corriendo. Fue lo mismo durante cinco días. Incluso durante las noches marchamos sin descanso. Habíamos esperado alcanzar Shepetovka. Toda la noche habíamos visto luces y pensando que eran las de Shepetovka, marchamos hacia ellas. Shepetovka era una localidad de la antigua frontera [N. del T.: previa a la invasión soviética de Polonia en septiembre de 1939]. La única localidad fronteriza que conocíamos, y marchamos y marchamos hacia aquellas atrayentes luces. Apretamos el paso hacia la antigua frontera, donde esperábamos que se hubieran construido fortificaciones. Era evidente que no iríamos más allá, que no nos retiraríamos al otro lado de la antigua frontera. ¡Eso, lo sabíamos! La batalla se celebraría allí”.

Dejemos que nuestro protagonista alimente sus ilusiones hasta la próxima entrada.

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