El siguiente texto está sacado de Más allá del deber. Franz Stigler cuenta como en los últimos estadios de la guerra tenía a sus órdenes pilotos novatos con los que debía hacer frente a las enormes formaciones de bombarderos aliados.

Pray for freedom. De John Shaw.

Franz se arrodillaba en el ala del Bf 109. Detrás de él, el viento soplaba a través de la ciudad de Graz procedente de las azules montañas nevadas que había al norte. Eran la una de la tarde pero el clima de invierno hacía que pareciese más tarde. Franz se inclinó hacia el piloto novato que se sentaba con las correas abrochadas en el interior del aparato, con su rostro alargado, pálido e inofensivo. «Golpeamos duro, golpeamos primero, y luego nos vamos echando leches de allí», le dijo Franz al piloto, un joven cabo llamado Heinz Mellman. Éste asintió rápidamente, con temor. Ese día sería su primera misión de combate.

A ambos lados de Franz y Mellman había otros diez pilotos en sus Bf 109, cada uno esperando a que una bengala surcase el aire y les dijese que debían arrancar los motores, la señal de que los cuatrimotores estaban cerca. El personal de tierra se mantuvo con sus monos negros sucios a distancia de seguridad de los aviadores.

Franz se echó una mano al bolsillo del muslo y cogió un puñado de granos de café tostado. Masticó unos pocos, saboreando la intensidad de la cafeína. Ofreció un poco a Mellman, que declinó. Los días en que los reemplazos eran veteranos de España o del Frente del Canal se habían marchado para no volver. Los veteranos que le pudiesen quedar a la Fuerza Aérea estaban dispersos por los cuatro extremos del continente, cayendo uno tras otro y dejando que novatos como Mellman ocupasen su lugar.

«Si te alcanzan distánciate de los bombarderos antes de saltar», le recordó Franz a Mellman. «Si desciendes en paracaídas en mitad de una formación de bombarderos los ametralladores te dispararán». El novato asintió tragando saliva. Al ver el efecto poco deseado de su advertencia tan cerca del momento del despegue, Franz palmeó al novato en la espalda y le aseguró, «pégate a mí y regresarás a casa vivo». Mellman logró esbozar una sonrisa.

A continuación se deslizó por el ala y caminó hasta el caza de su otro novato, Sonntag, para darle la misma charla. Franz se detuvo y, tras girarse, le gritó a Mellman, «¡si vas a sentir náuseas, hazlo ahora, fuera del avión!». El personal de tierra se lo agradeció a Franz con una sonrisa disimulada.

Una bengala roja fue disparada a través del aeródromo. Tras soltar el rosario en el bolsillo superior, Franz hizo señas a su personal de tierra para que arrancasen el motor. Stigler y sus pilotos pusieron en marcha los rugientes V-12 de sus cazas. Las hélices de los aviones de sus escuadrones hermanos –los 10.º y 11.er – también volvieron a la vida por todo el aeródromo. Franz miró a su izquierda y a su derecha para confirmar que todos los motores de sus pilotos estaban en marcha. De sus tubos de escape salía despedido humo blanco. Cuando las bengalas verdes describieron una trayectoria curva sobre el aeródromo, Franz hizo un medio saludo rápido a su jefe de equipo y comenzó la rodadura. Sus dos jóvenes puntos y los demás lo siguieron al aire.

Franz Stigler

Franz y sus compañeros de escuadrón volaban en círculo desde su posición a ocho mil ochocientos cuarenta metros de altitud. Franz sonrió a través de su máscara de oxígeno. Unos tres mil metros más abajo volaban treinta y cinco B-24 Liberator sin escolta de caza. Los B-24 parecían una T de color marrón mostaza contra las densas nubes invernales. Varios kilómetros por detrás de la formación de bombarderos vio Franz una segunda formación de B-24 que parecía aún más pequeña en número.

Tras comprobar los extremos de sus alas, Franz le dijo a sus novatos que se preparasen. Mellman volaba junto a su ala izquierda y Sonntag a la derecha. Los viejos tiempos de formaciones escalonadas se habían marchado para siempre. Ahora, con tantos novatos en las filas, la nueva formación alemana era volar hombro con hombro, de modo que el líder de escuadrilla pudiese mantener un ojo sobre sus hombres.

Los B-24 continuaron su marcha hacia el norte; sin duda, con sus ametralladores observando a los Bf 109 y esperando a que iniciasen el ataque. Minutos más tarde, Franz alcanzó a los B-24. En la parte superior y los laterales de las colas de los bombarderos había dos círculos blancos, una contenía un número 1 negro y el otro un diamante negro, las marcas de identificación del 454.º Grupo de Bombardeo. Franz les dijo a sus novatos que esperasen unos segundos y que a continuación lo siguiesen. Les dijo por radio, «¡vamos a por ellos!» y envió a su escuadrón al ataque. Rompiendo la formación de escuadrilla a elementos individuales, picaron sobre su presa. Franz redujo la velocidad, se hizo a un lado y picó sobre los B-24 desde un ángulo casi vertical.

Las mejillas de Franz quedaron succionadas por la máscara de oxígeno. Las alas de su caza se estremecieron. El Bf 109 se precipitó como una exhalación hacia tierra, como un rayo. El B-24 se fue haciendo de un color cada vez más vívido, y más perfilado en el detalle. De repente, llenó todo el parabrisas de la carlinga de Franz. Éste apretó los gatillos, despertando las ametralladoras y el cañón del caza. Sus armas desataron su furia mecánica durante una fracción de segundo, cosiendo al bombardero entre las alas. Franz torció su caza y picó dejando atrás al bombardero por su doble cola. Desconocía si los novatos habían disparado sus armas, aunque tampoco le importó.

Para saber más Más allá del Deber – La increíble historia de Charlie Brown y Franz Stigler

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