Durante el famoso raid de Doolittle sobre Tokio el 18 de abril de 1942 había un sacerdote católico en tierra, Bruno Bitter, que oyó de forma repentina el sonido de las alarmas a eso del mediodía.

«La mayoría de la gente no se lo tomó en serio, pensando que era otro ejercicio». De hecho, había habido ejercicios y simulacros esa misma mañana y acababan de finalizar cuando los B-25 de Doolittle comenzaron a sobrevolar la capital japonesa y sus alrededores.

«Pero cuando se enteraron de que se trataba de una incursión real no hubo manera de impedir que salieran a la calle y se subieran a los tejados  chimeneas para tener una mejor vista. Nadie parecía tomarse en serio la amenaza que  se cernía sobre sus cabezas».

Los planificadores norteamericanos no habían concebido la operación para que produjera daños devastadores, pero esperaban que la incursión desde el portaaviones Hornet demostrara la vulnerabilidad de Japón y socavara así la moral de la nación… que el bombardeo produjera algún timpo de impacto psicológico. Parece ser que el efecto finalmente caló.

Toshiko Matsamura, que tenía ese día trece años, no se enteró de forma inmediata del raid. Fue unos días antes de que oyera a sus mayores en los suburbios de Tokio «discutiendo entre susurros». Lo que oyó era efectivamente desmoralizador.

«Mi gente siempre había enfatizado la fortaleza espiritual y el pensamiento medieval de que Jaón nunca sería atacada. Desde niños nos habían enseñado a creer lo que el emperador y sus consejeros nos decían. Supuso un gran impacto psicológico hasta para el más ardiente activista cuando fue oficialmente anunciado que habíamos sido atacados. Al fin comenzábamos a ser conscientes de que no era verdad todo lo que nos habían estado diciendo, de que el gobierno nos ha´bia mentido cuando dijo que éramos invulnerables. Entonces empezamos a dudar de que fuéramos también invencibles».

Confinado en la embajada norteamericana, el embajador norteamericano internado Joseph C. Grew concluía una reunión con su invitado, el embajador suizo, «…. y justo cuando disponíamos a marcharnos antes del almuerzo oímos aviones sobre nuestras cabezas y vimos cinco o seis grandes incendios con grandes columnas de humo en varias localizaciones».

Grew habló de su reacción en su diario. «Al principio pensamos que se trataba de maniobras, pero pronco vimos que se trataba del primer gran raid sobre Japón de bombarderos norteamericanos…». Lograron ver a uno de los bimotores Mitchell perdiendo altitud y volando muy bajo, justo sobre los tejados de lso edificios de la parte occidental». Pensaron que se iba a estrellar, aunque en realidad el piloto volaba bajo para evitar a los cazas y el fuego de la flak.

Hacia el este, el embajador y su invitado vieron otro avión, seguido de cerca por «una hilera de nubecillas negras que indicaban el fuego antiaéreo. El avión no parecía un bombardero así que pensamos que las baterías se habían vuelto locas y disparaban sobre uno de los suyos». Para los extranjeros internados en Tokio fue un día excitante: «Estábamos muy felices y orgullosos en la embajada y los británicos nos dijeron posteriormente que se pasaron el día brindando a la salud de los aviadores norteamericanos».

Mientras tanto, también en Tokio, el vicealmirante Matome Ugaki, jefe del estado mayor de la Flota Combinada, estaba tomando el almuerzo cuando fue avisado del sorprendente ataque. Más tarde anotaría en su diario: «No sabía lo que estaba pasando, y todo loque pude hacer fue ordenar que se persiguiera a los aviones hacia el este».

Ordenó a su Tercera Flota de Submarinos que atacase, pero ninguna de las distintas fuerzas japonesas que trataban de reaccionar logró descubrir al portaaviones y a su flota de escoltas, que se retiraban a gran velocidad. Mientras tanto, Doolittle y sus hombres se dirigían a la costa china con la esperanza de encontrar la salvación si lograban sortear el cinturón japonés del territorio ocupado de la costa.

Ugaki se sintió humillado. «Es lamentable que no lograra aprovechar las tres o cuatro oportunidades que tuve al alcance», escribía en su diario ese 18 de abril. «Siempre había sido mi lema impedir que ni Tokio ni la patria fuera atacada desde el aire, pero hoy mi orgullo ha sido profundamente herido y mi estado de ánimo es muy bajo porque en el día de hoy dí la gloria a mis enemigos».

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  1. Sergio Moreno says:

    Excelente reseña del punto de vista de las personas que vivieron el raid desde abajo y no desde los bombarderos norteamericanos. Felicidades al GEHM

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