Expusimos hace unos días las aventuras del suboficial Martin McLane, del 2.º Batallón del Durham Light Infantry, en Birmania, y los problemas que tuvieron con sus subfusiles Thompson, recién recibidos. Las armas no funcionaban bien, y se decidió que se debía a munición defectuosa, con lo cual las tropas fueron retiradas del frente para sustituirla. Esta es la continuación de esta historia.

No solo los Durhams estuvieron en aquel infierno. Aquí podemos ver combatientes indios de la 7.ª División.

                Al dia siguiente volvimos a nuestras posiciones para atacar. Salimos muy pronto por la mañana, y descendimos en fila india hasta el lecho de un río seco. Luego nos posiionamos para atacar, mientras la artillería machacaba el sector con sus obuses de tres pulgadas.

                Justo cuando salía el sol, nos lanzamos al ataque con dos pelotones, el 10.º y el 11.º, y con el estado mayor de la compañía. Otro pelotón había sido destacado para atacar la otra posición japonesa. Mis instrucciones eran sacar a mis hombres del primer lecho de río seco y llevarlos al segundo y esperar. Los otros dos pelotones tendrían que avanzar más lejos antes de lanzarse al ataque, pues tenían que alcanzar el tercer lecho de río seco. Una vez que llegamos a la posición debida, ordené a mis hombres que se detuvieran.

                Como el capitán no había vuelto a nuestra posición, decidí avanzar hasta el siguiente “río seco”. Entonces vi un japonés, estaba en un agujero. A saber cuántos podía haber, allí dentro, así que apunté con mi Thompson y… ¡Nada! Teníamos granadas, cierto, pero lanzándolas tan cerca corríamos el riesgo de matar a nuestros propios hombres, así que hicimos lo mejor que podíamos, retirarnos al lugar en que se supone que teníamos que encontrarnos con el capitán. No quería exponer inútilmente a mis hombres.

Y Gurkhas, mucho mejor preparados para combatir en las selvas birmanas que los «jóvenes reclutas».

                Entonces se desencadenó el ataque, oímos los disparos. El comandante nos llamó por la radio y me preguntó que sucedía. Le confirmé que había visto el ataque, pero que parecía “extraño”… no podía oír el ruido de nuestras armas, y lo cierto es que deberían de haber armado un escándalo infernal, pero de nuestro lado no llegó un solo disparo. Me ordenó que avanzara, y así lo hice. Fue entonces cuando encontré al capitán. Estaba herido. Lo traje de vuelta a rastras y fui a reunirme con el oficial al mando de la compañía A.

                Volvieron a ordenarnos que atacáramos y así lo hicimos, corriendo hasta el siguiente lecho de río seco, pero no pudimos salir de allí. La lluvia había excavado las orillas y la que teníamos ante nosotros era abrupta como un precipicio, impensable ascender por allí con treinta y cinco kilos de equipo a la espalda. Entonces miré a mi alrededor para tratar de localizar al pelotón que iba por delante de nosotros, al que se supone que teníamos que seguir, pero estaba más abajo, a nuestra derecha. Corrí hacia allí con la intención de relanzar el ataque, pero me encontré con que el jefe del pelotón se hallaba tumbado sobre una camilla con más de veinte esquirlas de obús en el cuerpo. Me dijo que habían atacado, pero que había perdido muchos hombres. Es cierto, pude verlos allí amontonados, no lejos de donde me encontraba. Incluso los supervivientes estaban tirados en el suelo.

                Entonces dije: “Bueno, vamos allá muchachos, retomamos el ataque”. Uno de los cabos exclamó. “Un minuto mi suboficial, espere. ¡No podemos disparar con estas armas!” Probé una Thompson y un fusil, y comprendí que ningún arma funcionaba. Corrí hasta la radio para informar, pero ¡cómo esperar que te crean cuando anuncias una cosa semejante! Entonces intervino el sargento. “¡Atacaremos con granadas!” Era un valiente. El problema era que no tenían demasiadas, así que fui en busca del 9.º pelotón para recuperar las que tenían, pero de los seis hombres que partieron con las granadas, ninguno llegó a su destino.

La región de Arakan, junto a la bahía de Bengala, donde tuvieron lugar los acontecimientos que estamos relatando.

                Entonces decidí dirigirme hasta donde estaba el otro pelotón, para lo cual tuve que cruzar “territorio” japonés. Cuando llegué hasta ellos estuve a punto de echarme a llorar. Aquellos jóvenes reclutas, formados y entrenados para convertirse en buenos soldados… allí tirados, en el fondo del lecho del río, fulminados. Se habían metido en aquella trampa y los japoneses solo habían tenido que arrojarles granadas desde lo alto de la orilla. Atacar era ya imposible.

  1. Décima says:

    Da una viva imagén de la confusión del combate, y más en un ambiente como el birmano. Como siempre enhorabuena a GEHM.

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