Desde mi puesto de observación, bastante rústico, interrogué el horizonte buscando a los salvadores a los que aún estábamos esperando. En torno a las 14:00, otro problema: resulta que algunos individuos, equipados con aparatos de líquido inflamable colgados de la espalda, salen de sus trincheras a ochenta metros de mí. Pero son avistados, y eso bastó, un sargento y varios granaderos les ajustaron las cuentas rápidamente.

Las trincheras hoy. Casi cien años después, la tierra aún no ha sido capaz de recuperarse.

A pesar de todo la situación se fue haciendo más y más crítica. Las ametralladoras boches barrían nuestras trincheras con facilidad, pues podían ver todos y cada uno de nuestros movimientos. Recomendé a mis hombres que debían actuar con la mayor precaución; pero a pesar de todo otro ametrallador recibió un tiro, cerca de mí, ya que  el rincón en el que me hallaba era un objetivo especialmente favorecido, pues que los alemanes podían ver mis señales ópticas. A pesar del riesgo, tenía que comunicar con la retaguardia a toda costa.

En torno a las 18:00 sufrimos el ataque de una fuerte patrulla enemiga, pero dio media vuelta antes de llegar hasta nosotros, y eso fue todo. Tras caer la noche volví a hacer señales luminosas, en varias direcciones, para obtener socorro.

Mis hombres estaban cansados, tenían el estómago vacío. Había permitido que unos pocos durmieran, de un solo ojo; otros, desgraciadamente, estaban muriendo y los heridos menos graves, acurrucados en un rincón, gemían, de vez en cuando, lastimeramente.

Pensamos en la posibilidad de volver a las líneas francesas. Pero ¿Acaso no se nos había ordenado aguantar en aquel lugar? Tampoco tuvimos tiempo de discutir esta cuestión -que mis camaradas consideraban quimérica- durante mucho tiempo, porque el enemigo, infatigable, empezó a multiplicar sus pequeños ataques.

En este croquis de época, publicado originalmente en la revista «l´Illustration» se puede ver como fue el campo de batalla, y la ubicación del Fuerte Douamont.

Ninguno tuvo éxito. Incluso conseguimos hacer más prisioneros. Sin embargo: ¡Hacer demasiados podía ser un problema para nosotros!

Al alba, mis hombres y yo empezamos a disparar contra soldados enemigos aislados, pero rápidamente fui consciente de que nuestra derrota era inminente. Solo ocho cartuchos, solo cinco… nada más que uno… Y sobre todo, ya no más granadas, que hasta entonces habían sido nuestra salvaguardia.

Me di cuenta de que a pesar de su heroísmo mis hombres estaban llegando al límite de su resistencia.

Junto con mis camaradas de la 4ª compañía hicimos un análisis de la situación. Decidimos en común, en primer lugar, deshacernos de las ametralladoras, inútiles porque nos faltaba la munición; así que las desmontamos y dispersamos los trozos por los cráteres de los obuses.

Después de esta operación, más dolorosa de lo que me atrevería a decir, exhorté a mis hombres a que perseveraran en su valentía y en su paciencia, nuestros camaradas aún podían intentar salvarnos. ¡Qué duras fueron las horas de espera! A pesar de todo.

El horror de la guerra: «Madre, todo está perdido, salvo el honor».

El hambre y la sed, cada vez más presentes ya no contaban. Las quejas de los heridos y la vista de todos nuestros camaradas caídos (y eran muchos, había tres junto a mi) no hacían más que hacer que aumentara en nosotros el deseo de resistir encarnizadamente, con el fin de alejar el horrible espectro del cautiverio, espectro que se alzaba amenazante para inclinarse hacia nosotros, pues nuestras mudas armas indicaban perfectamente a los boches que iba a ser fácil hacerse con los laureles de la victoria, capturando a unos hombres sin munición y privados de todo alimento.

Para los supervivientes de la 3ª y la 4ª compañías del 137º, la hora de la humillación y el sufrimiento llegó durante la mañana del 13 de junio de 1916. Hora nefasta que me gustaría expulsar de mi memoria, pero hora de gloria, no obstante, pues al pasar por última vez ante los que seguían con el arma en la mano, gloriosamente alineados ante la muerte, pude decir, mirando a Francia: “Madre, todo está perdido, salvo el honor”.

Prisioneros, dejamos en la trinchera a nuestros muertos y nuestras armas; sus cadáveres siguieron montando guardia, con sus armas apoyadas contra el parapeto.

Viene de Verdun: la Trinchera Cercada. El Testimonio del Abad Polimann (II/3)

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