Con motivo de la noble causa de instaurar el día 31 de enero como día de los Tercios de Infantería Española, ponemos nuestro granito de arena desde el GEHM con el extracto de una crónica donde se narra la celebérrima toma de la ciudad francesa de Amiens.

Los soldados, con el frío y con ver que era menester, se dieron tal prisa, que á las cuatro de la mañana, que daba el reloj de la ciudad, se llegó á la abadía de San Joseph, que está á vista de la ciudad, donde se tomaron las puertas de la Abadía, y la infantería se metió toda dentro con gran silencio; la caballería toda quedó en una emboscada algo distante de la Abadía, donde, con sus postas á lo largo escondidas, quedo cubierta. De toda la infantería se sacaron trescientos arcabuceros y se emboscaron en una ermita pequeña, que se llama la Magdalena, á tiro de arcabuz de la puerta de Montrescu.

Los arcabuceros que se pusieron en la emboscada de la Magdalena fueron los más españoles, con los capitanes don Fernando Deza y el capitán Iñigo de Otalora y el alférez don Lope Zapata, hijo del maese de campo don Rodrigo Zapata, cuya compañía se llamó la bandera de la sangre. Iba, con la arcabucería de su compañía, emboscado en el humilladero, junto á la puerta de la ciudad. Luego, como comenzó á salir el sol, se tocaron las cajas de la tierra á la alborada, y de ahí á rato, que serian ya más de las siete, abrieron las puertas de la ciudad, saliendo algunos arcabuceros á reconocer la campaña, que muy cerca de la ermita de la Magdalena llegaban ordinariamente sin reconocer la ermita, de donde les sucedió todo su daño.

Metida la guardia de sus puertas, los villanos del contorno comenzaron á entrar y salir á la ciudad, entre los cuales estaban nuestros soldados en hábito de villanos, y entre ellos había valones y borgoñones de los del presidio de Doullens y el sargento Francisco del  Arco, á quien estaba encomendado el hacer la seña del arremeter al cuerpo de guardia con una pistola, luego que viese el carro cortadas las cuerdas en el lugar del rastrillo el cual llevaban á su cargo dos borgoñones, valentísimos soldados, que aquel día lo mostraron bien, haciendo lo que se les ordenó con gran puntualidad.

Iba entre estos fingidos villanos un capitán borgoñón reformado, valiente soldado, y entrando unos solos y otros de dos en dos, comenzaron á sentarse dentro del revellín que hace la puerta, tiritando de frió, cargados de legumbres, principalmente de saquillos de nueces y manzanas, que costaron escudo y medio, que lo pagó el sargento mayor Vallejo de su dinero, con que se ganó una de las mejores ciudades de Francia, de que los franceses han hecho muy gran sentimiento que con nueces y manzanas se les ganase una ciudad tan rica y principal.

Entrados los soldados disfrazados, mostrando no conocerse unos á otros, llegándose á calentar al fuego, hacían con gran cuidado aquellos ademanes que suelen hacer los pobres villanos de aquella tierra, que, como ha tantos años que han tenido guerra y de suyo son pobrísimos en su vestir, andan siempre de sayal blanco muy basto, y los más descalzos, y por partes se les muestran las carnes, según es su pobreza; y como nuestros soldados iban vestidos tan a la ligera de estos vestidillos, que cada uno había buscado lo más pobre que había podido, tiznándose la cara y manos, y como hacia mucho frió, verlos era una desventura de hombres, que de ninguna manera se pudiera pensar los ánimos que aquellos ademanes y trajes encerraban.

Trababan conversación los unos con los otros de gran simpleza, que los balones son grandes soldados de motes unos con otros; estaban hablando en sus vacas y en las gracias de su lechen; estando al fuego á la parte que estaba un soldado borgoñón y un valon calentándose entró una vieja muy vieja, villana francesa, la cual dijo a los de la guardia: « Haced buena guardia, que esta noche han pasado la ribera de Doullens tropas de soldados españoles; mirad bien por vosotros». Este soldado borgoñón, como oyó decir á la vieja esto, preocupándose mucho, preguntó a la misma guardia si era verdad aquello que la vieja decía; que quería ir á poner en cobro su vaca, mas que ya se la debían de haber robado aquella mala gente que había pasado, como la vieja decía; y con preocupación, les preguntaba ahincadamente le dijesen si era verdad aquello, á lo cual el soldado de la guardia con otros hicieron burla y dijeron que se sosegase; que aquella vieja no sabía lo que se decía; que si fuera verdad, ya les hubieran avisado de ello otros; que no podía pasar gente con tanto silencio que no los hubieran sentido; que se sosegase; y así se tornaron a sentar, dando el villano fingido en el tema de su desdicha, si aquella mala gente le robara su vaca.

En este tiempo, un carro cargado de paja con algunos tablones, porque no lo traspasasen las púas del rastrillo, que era suelto, venía entrando por la primera puerta del revellín, y en su seguimiento algunos de los disfrazados. Estaba dentro desde hacía rato, entre otros villanos pobres arrinconado, el sargento Francisco del Arco, temblando de frió, que, como estaba casi desnudo, no había menester para temblar fingir mucho; aguardaba su vez, que fue al tiempo que el carro comenzó a entrar por la puerta de la misma ciudad, pasado el revellín; y en cuanto estuvo debajo del rastrillo, el borgoñón que iba en el caballo delante guiando se apeó y corto con un cuchillo que tenía las cuerdas con que tiraba el caballo, lo cual vio bien Francisco del Arco, á quien un sargento de la guardia llegaba en aquel momento a preguntar de dónde era, y le respondió sacando del gregüesco una pistola, y dijo en español: «De aquí soy», y le dio un tiro en el pecho; y quitándole la partesana que en las manos tenía, porque él cayó luego muerto, dio en los demás de la guardia, saltando los disfrazados soldados como águilas, que antes que los arcabuceros de la emboscada de la Magdalena llegasen ya tenían muerta toda la guardia del revellín, que fueron más de treinta hombres.

A los pistoletazos de los nuestros tocó arma la posta que estaba ordinariamente sobre la puerta, que tiene orden de cortar una cuerda de que pende el rastrillo, y para este efecto se le entrega, cuando están de guardia, una hacha o un cuchillón, con que en semejante caso corte la cuerda; y así lo hizo este soldado, cortando la cuerda del primer rastrillo, que por ser de una pieza, impidió el carro que llegase al suelo; y los nuestros, que ya habían sentido el pistoletazo primero, que era la señal, a más correr entraron por el revellín, que estaba ya ganado, y entre nuestros soldados disfrazados y algunos arcabuceros entraron en la ciudad más de ciento, acudiendo luego á las torres y murallas á ocupar los puestos.

Un soldado español, que se decía Navarro, arcabucero de la compañía del capitán Durango, de Medina del Campo, subió al rastrillo, y hallando cortando la cuerda del mismo, que era de puntas sueltas, al de la guardia le dio algunas heridas, con que viéndose herido el francés comenzó a procurar tornar a levantar el rastrillo, que a este tiempo habían caído las puertas de él y hablan estorbado la entrada a los nuestros, porque, como eran muy herradas y grandes, y cada una caía por sí sola, traspasaron el carro, que no fue de poca confusión para los nuestros, que ya de todas las emboscadas, caballería y infantería, estaban en el revellín apiñados unos sobre otros por entrar, que, hallando cerrada la entrada y no pudiendo pasar, no sabían qué hacerse, porque la gente de la plaza comenzaba con algunos arcabuzazos a tirar a los nuestros, que por un diente de los del rastrillo, que con el moho no había acabado de cerrar la entrada, iban pasando: el soldado Navarro, con otros que le ayudaron, se dieron tan buena maña, que alzaron la punta de modo que el capitán Simón, borgoñón de nación, apeándose de su caballo, con su compañía, que le seguía, se entró dentro de la tierra, llevando sus caballos de diestro, que era la prisa tanta al entrar, que no se daba lugar.

Alzado el puente, dieron de estocadas al que la había derribado y enseñado a alzar, y por una parte de la muralla y la otra se comenzó a ocupar la ciudad, volviendo las piezas de la muralla contra la plaza, que a los nuestros, que no hablan llegado y venían por la campaña, les dio temor el verlo, no creyendo que ya hubiesen los primeros hecho tanto; pero cuando se supo la verdad, los borgoñones, alemanes y valones, que traían sus camisillas en unas mochilas y malas capillas, las echaron en el campo con gran alegría para poder más ligeros entrar al saco de la ciudad, que fue riquísimo. Estaba a este punto la mayor parte de la ciudad durmiendo y en las iglesias, por ser cerca de las nueve.

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  1. Dani says:

    Si es que los de los Tercios valían para todo. Lo mismo se dedicaban a golpes de mano que a escaramuzas, emboscadas o batallas. ¿De que zona de Flandes eran los borgoñones? No hubo muchos tercios de borgoñones pero por lo que tengo entendido fueron de las mejores tropas al servicio del Rey nuetros Señor.

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