Las memorias del sargento Bourgogne es uno de esos libros que inexplicablemente nunca se habían publicado en español. Ahora acaba de sacar Ediciones Salamina la versión íntegra del manuscrito francés.

En todos los países de nuestro entorno y en los círculos de los amantes de lo napoleónico han sido editadas, aplaudidas, investigadas y reseñadas en multitud de ocasiones en los últimos ciento veinte años. El autor, Adrien Bourgogne, un miembro del cuerpo de vélites de Napoleón, fue un intrépido soldado de granaderos de la Guardia Imperial de Napoleón veterano de al menos una decena de batallas, entre las que destacan Jena, Pultusk, Eylau, Eilsberg, Friedland, Essling, Wagram, Somosierra, Benavente, Smolensko, Borodinó, Krasnoi, o el cruce del Berézina.

Logró sobrevivir a la catastrófica retirada de la Grande Armée de Rusia, y un año más tarde, en 1813 comenzó a escribir una memoria de sus recuerdos. Su dominio del relato es realmente impresionante, dando voz a sus camaradas y haciéndoles hablar tal y como se expresaron en aquella miserable campaña.

A principios de 1812 su regimiento estaba basado en Almeida, Portugal, y tras ser llamado a París atravesó toda España y Francia, para a continuación dirigirse al Rin y atravesar todo el centro de Europa hasta el río Niemen, frontera entre la Prusia dominada por Napoleón y la Rusia del zar Alejandro. El cruce del Niemen dio comienzo a la invasión del Imperio ruso.

Adrien Bourgogne

Tras la sangrienta batalla de Borodinó, la Grande Armée llegó a un Moscú desierto, rondado solo por convictos borrachos excarcelados, patrullas de la policía y soldados heridos. El silencio de las calles se tornó horas más tarde en el gran incendio de Moscú. Las llamas aparecían como por arte de magia en decenas de focos simultáneos. El gobernador Rostopchin había ordenado incendiar la capital. El mensaje era claro, Rusia no iba a capitular. La paz que tanto deseaba Napoleón no se haría realidad.

El sargento Bourgogne es enviado de patrulla a diversos lugares y tiene que enfrentarse al incendio y a los incendiarios, quedando atrapado por las llamas con su patrulla en diversos barrios. Varias veces está a punto de sofocarse el incendio y en otras tantas vuele a revivir fruto de la obcecada determinación de los incendiarios de y los intensos vientos reinantes.

Consumido casi todo el mes de octubre sin que Napoleón haya logrado arrancar la paz, decide retirarse de Moscú. Una interminable columna parte hacia el sur, en dirección a Kaluga. La intención es volver por una ruta no devastada y más benigna. Pero la batalla de Maloiaroslavets, pese a ser una victoria, hace dudar a Napoleón sobre la conveniencia de la ruta y decide replegarse y tomar la ruta devastada del verano anterior.

Fue un gran error. Junto a la estrategia de Kutuzov de ataque a los flancos y de mantener a los franceses en la carretera sin poder abastecerse, y la llegada del invierno con temperaturas de veinte grados bajo cero, la Grande Armée comienza a sumirse en el caos. Los carros se quedan atrás, los caballos resbalan en el hielo sin herraduras, los hombres, mal equipados pasan frío y hambre, y los cosacos acechan en cualquier recodo del camino.

Los regimientos comienzan a quedar diezmados por la muerte de sus hombres. Los que viven caminan sin orden ni concierto, desmayados, con los miembros congelados. Todos tienen la esperanza de poder caminar una legua más, de llegar a Smolensko, donde se dice que hay provisiones y que podrán acuartelarse durante el invierno a esperar a la primavera y al desquite. Es inútil. Smolensko es una ciudad destruida y los depósitos de provisiones han sido saqueados. Hay que continuar la retirada. Los soldados mueren por miles.

Bourgogne es testigo de primera mano de todas estas miserias. Se descuelga constantemente de su regimiento por su debilidad y queda vagando por caminos y bosques en solitario, o acompañado de algún amigo, con el que se enfrenta a los cosacos. Presencia escenas horribles que describe y relata en sus memorias.

Además de las penurias del camino, de alimentarse de sangre fresca de caballo recién sacrificado y de trozos de carne de equino asados ensartados en la punta del sable o crudos, ver como los soldados despojan a los moribundos de sus ropas antes de que estos fallezcan, ve como abandonan a los heridos en los caminos, y como, pese a la proximidad de la muerte, los soldados se paran a saquear carros con dinero, cuyas bolsas acabarán matándolos por el peso extra unos kilómetros más adelante.

Tomó parte en la batalla de Krasnoi, tanto en el combate de la madrugada del día 15 como en la batalla campal del 17, cuyos acontecimientos relata con detalle y vivacidad. Posteriormente vendrá el cruce del río Berezina, una catástrofe en la que un brillante Napoleón salvó los muebles acosado por una maniobra de envolvimiento de tres cuerpos de ejército rusos y un río que le cortaba el paso.

Las miserias, el hambre, la congelación y el hostigamiento de los cosacos continuarán hasta Vilna e incluso hasta Kaunas. Decenas de miles de soldados murieron de hambre, de frío, y del ataque de sus enemigos. Un relato desgarrador de un sargento que nos ofrece un punto de vista único y nos permite comprender y obtener una perspectiva sobre el terreno de lo que supuso la retirada de la Grande Armée de Rusia en 1812.

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