A los que hayan seguido mi trabajo (1), sabrán que no tengo dudas sobre la calidad española en el mando y maniobra en los combates navales del siglo XVI, analizando la táctica de conjunto basada en una doctrina de mando superior, pero ni que decir tiene que la eficiencia de un combatiente depende de la táctica individual capacitada para desarrollar, de modo que de esta pende el potencial militar del conjunto de forma exponencial.

Así, para la táctica española de combate en galeras, una de ellas debía estar capacitada para acometer a dos galeras e incluso a tres, y esta capacidad individual llevada al conjunto revitalizaba el potencial militar, de manera que dos pudiesen con tres, tres con cinco y sucesivamente. Esta doctrina de combate es arrastrada de más antiguo y se debe al almirante Cabrera, al servicio de la corona aragonesa en el siglo XIV, y constata la agresividad del pensamiento en el combate naval. Este talante estaba presente en el XVI como bien dejó demostrado don Álvaro de Bazán al derrotar a la flota francesa en las Terceras, con la mitad de naves que sus enemigos.

Volviendo a la actitud individual de cada elemento, en el caso hispano se dictaminaba que había que dar caza al enemigo mediante un desgaste artillero en el tiempo, para finalizar en un abordaje si la ocasión lo ofrecía, pero siempre buscando este. El poder de fuego de la naves se utilizaba bajo una “táctica de armas combinadas”, donde la artillería tomaba su protagonismo en un primer tiempo para detener a la nave contraria, en un segundo tiempo (costado contra costado) para ablandar las defensas y voluntad del enemigo, y en el tercero pasaba el testigo a las armas de fuego individuales (arcabuces y mosquetes) como preludio del abordaje; así se conseguía una victoria decisiva con una actitud agresiva.

En los combates del Canal de la Mancha en el verano de 1588 esto no se pudo llevar a efecto, y no porque los hispanos no lo procurasen, sino porque los ingleses lo evitaban al saberse inferiores en este procedimiento, no sólo por la falta de infantería embarcada entrenada, sino por los propios medios navales utilizados. Así que esta debilidad les hizo, obligatoriamente, confiar más en su artillería como elemento decisivo, pero como bien sabemos no dio el resultado esperado: en los combates del Canal no se perdió ninguna nave de la Armada (a causa de la acción directa de los combates), y en el encuentro de Gravelinas solo una se hundió por la acción de la artillería y otras dos fueron dadas al través después de nueve horas de combate. Aquí viene a colación el pensamiento de David Howarth (2) sobre el potencial de fuego de la flota inglesa: “Para hundir o poner fuera de combate toda una flota de ciento treinta barcos hacían falta meses y más cantidad de pólvora y proyectiles de los que existían en Inglaterra”.

De estos sucesos la historiografía sajona sacó sus propias conclusiones, aunque los resultados no avalasen fehacientemente las mismas. Para Martin y Parker los ingleses demostraron desarrollar un concepto de nave armada el cual se basaba en “la idea del barco de guerra como plataforma de armas móviles cuya capacidad ofensiva descansaba no sobre sus soldados, sino sobre los cañones”. Para Angus Konstam la innovación inglesa se sustentaba: “Usando velocidad y agilidad podrían mantener a distancia a los barcos españoles y golpearlos con su superior potencia de fuego”.

En términos parecidos se manifiesta David Howard: “Desarrollaron un concepto de combate naval revolucionario que daría al traste con la antigua táctica de apresar y abordar, sustituyéndola por el combate a distancia basado estrictamente en la artillería”. ….

“Su estrategia [lo correcto es táctica] consistía en aprovechar la velocidad, su capacidad para bolinear y la rapidez de timón –y su propia habilidad náutica– para elegir el terreno y ganar siempre el viento al enemigo”.

“En realidad habían elegido una táctica y se habían armado con la artillería idónea. Concentraron su fuerza de fuego en cañones de largo alcance y culebrinas de tamaño descendente, eliminado los cañones gruesos de menor alcance.

Significaba disparar el mayor número de proyectiles posible, literalmente al azar, en dirección general al enemigo, con la esperanza de que alguno diera en el blanco”.

El último párrafo es esclarecedor del acierto de la táctica elegida en cuanto a su eficiencia en aplicación de la “doctrina” desarrollada. Y su reflexión es un fiel reflejo de la realidad del gasto de municiones que sus protagonistas (ingleses) manifestaron haber hecho en la campaña del verano de 1588.

Casando lo anterior con un suceso acontecido diez meses antes de los encuentros del Canal se podrá visualizar la táctica inglesa del uno contra uno. Corría el 14 de noviembre de 1587 cuando la nao Santa Ana, al mando del capitán maestre Tomás de Alzola, tuvo un encuentro con dos naves piratas inglesas. Realizaba la navegación de Cavite (en las Filipinas) a Acapulco, y para cortarle el paso se encontraba “por azar” Thomas Cavendish merodeando; avistadas las dos embarcaciones y consideradas enemigas el capitán ordenó puesto de combate, esto fue el 15 de noviembre. Sigamos el tropiezo según el propio relato de Alzola (3):

“…, arribó sobre la dicha nao Santa Ana una de las dichas naos que habían descubierto, que pareció ser la nao capitana de un corsario inglés rovador llamado Thomas Candrens de Tembley, mozo de poca edad, y disparando arcabucería y artillería abordó con la dicha Santa Ana por la banda de estribor al través del árbol mayor y hechó dentro más de cuarenta hombres armados; y la gente de la dicha nao Santa Ana ……..… los resistieron haziéndoles saltar en su nao y en la mar, de la cual refriega quedaron algunos dellos muertos y otros heridos; y uno de ellos se subió a la gavia mayor , …………., y con gran furia empezó a cortar los aparejos, ovencadura y trizas de la dicha nao haziendo gran daño, lo cual visto por el dicho capitán Tomás de Alzola le tiró con una escopeta y le derribó muerto, y así se retiró la dicha nao inglesa. Y habiendo cargado el artillería tornaron otra vez a abordar con la dicha nao Santa Ana, disparando la artillería y haziendo con ella mucho daño; y en esta segunda remetida disparó su artillería sin hechar gente, pareciendole que la dicha nao traía mucha. Y tercera vez tornó la dicha nao capitana inglesa a abordar con la dicha nao Santa Ana por la amurada de proa por la misma banda, adonde estaba Diego Meléndez Flores acompañado de capitán, que con su escuadra y gente que tenía, aunque el enemigo disparó la artillería y arcabucería y hechando gente por la amurada y espolón, con gran fuerza le resistieron hasta hazerlos hechar a la mar y saltar en su navío, y así se volvieron a retirar. Y habiéndose hecho afuera, empezó a batir la dicha nao con el artillería que traía, que después pareció traer veinte y nueve piezas de bronce y hierro colado gruesas y dos lombardas pedreras, con lo cual ofendía nao y gente della, llevándose mástiles y aparejos, y dieron a la lumbre del agua dos o tres balazos por donde entrava el agua;…..”

Dejamos aquí el relato de Alzona y realizaremos un breve análisis en la siguiente entrada.

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