Para la mañana del 9 de enero, pese a no estar en condiciones de atacar, Duquesne podía dar gracias a Dios de haber salvado el convoy y de que de Ruyter no pareciese mostrar intenciones de continuar infligiéndole daños.

Ambos bandos fueron reforzados, Duquesne por diez naves de Mesina y de Ruyter por seis españolas que de Ruyter estimó de poco valor. El almirante holandés todavía impedía el paso a su oponente por el estrecho, y Duquesne, tras algunos días de maniobras y bordadas, se mantuvo a distancia hacia eloeste, siendo obligado a circunnavegar la isla de Sicilia antes de poder alcanzar la seguridad de Mesina.

De Ruyter había impedido el socorro de la ciudad durante muchos días, pero ahora que Duquesne había desaparecido, se retiró a Palermo a reequiparse y efectuar reparaciones a uno de sus navíos que había resultado dañado en una tormenta. Transcurrieron cuatro meses sin que se produjesen acciones de importancia, aunque De Ruyter estableció un eficaz bloqueo del puerto de Mesina e incluso llegó a amenazar la posición francesa en el puerto de Augusta.

El 22 de abril volverían a encontrarse De Ruyter y Duquesne frente a Augusta. Esta vez, los franceses tenían 29 navíos de línea y su ventaja era aún mayor que la del mero número, ya que la escuadra hispano holandesa, a la que se habían unido 10 navíos de línea españoles, estaba ahora al mando de dos almirantes, De Ruyter y Francisco Pereira Freire. El almirante español insistió en que su propia escuadrilla debía ocupar el centro de la línea aliada. Aunque, según las leyes formales de la guerra naval, ese era el sitio que debía ocupar, De Ruyter mostró su disconformidad, por separarlo de su vicealmirante Haen. El holandés hubiese preferido mezclar los navíos de ambas naciones.

Duquesne

De Ruyter llevaba la vanguardia y con el viento a favor, atacó como solía. Pereira Freire no le siguió. Los españoles lucharon en franca desventaja contra el centro francés, 700 cañones galos contra apenas 252 españoles, dejando que todo el peso de la acción recayese sobre el almirante holandés. Un disparo de cañón lo hirió gravemente y tuvo que ser bajado a su camarote. Una bala de cañón le había impactado a cuatro dedos del empeine rompiéndole la tibia y el peroné, una herida fea que acabaría provocándole la muerte. Algunas galera españolas remolcaron a navíos españoles y holandeses que se habían salido de la línea.

Duquesne aprovechó el barlovento para separarse de sus adversarios a la caída de la noche. El día siguiente amaneció lluvioso y con niebla. No había rastro de los franceses, que se habían dirigido a Mesina. La escuadra hispano holandesa se dirigió a Siracusa, donde falleció De Ruyter. Haen no tenía la categoría de De Ruyter y poco después se levantó el bloqueo de Mesina y los holandeses regresaron al mar del Norte.

Francia vendió la campaña como una gran victoria y el rey le dio un marquesado a Duquesne. Lo cierto es que durante el enfrentamiento en el que perdió la vida Ruyter no se perdió ningún navío y solo hubo unos cientos de bajas. Lejos de ser una victoria, no pasó de un mero empate técnico que se hizo famoso por la muerte del almirante holandés. Cabe preguntarse cómo es posible que la abrumadora superioridad del centro francés sobre el español no decantó una rápida victoria a favor de los franceses. Pero la maquinaria propagandística francesa se ocupó de convertirlo en una gran victoria.

Viene de Batallas navales – 1676 Augusta (I)

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